LA MENTE Y DIOS

 

        -Dios tiene nombre pero no tiene forma.

        –La mente tiene nombre pero no tiene forma.

        -El vivir tiene nombre pero no tiene forma.

        -La vida tiene nombre pero no tiene forma, de modo que la vida no es tratar de tener fortuna, sino sabiduría.

        El hombre está sujeto a vivir bajo la existencia de los tres mundos que lo circundan; el mundo de la ambición, el mundo objetivo y el mundo subjetivo. El mundo de la ambición es el mundo del pensamiento, el mundo objetivo es el mundo de la forma en el cual estamos y el mundo subjetivo es el mundo del espíritu, el mundo trascendental. Ahora voy a dar una explicación que sólo la podrán comprender si no utilizan todo su bagaje intelectual para intentar descifrarla, todo lo que deben hacer es percibir lo que quiero decir. Todo lo que aparece en los tres mundos proviene de la mente, lo que significa que ninguna explicación o definición intelectual nos llevará a la comprensión de la vida. ¿Comprendieron?

        El pensamiento pregunta, inquiere, responde, duda, cuestiona, afirma, analiza, investiga, opina, argumenta; esa es nuestra mente. Lo que hagamos o lo que seamos, esa es la mente. La mente no es ni sabia ni ignorante, nosotros le damos el alimento que tenemos a mano y ello la convierte en una u otra cosa: sabia o ignorante. Lo que significa que el buscar la sabiduría fuera de la mente es ignorancia; buscar lo trascendental fuera de la mente, es buscar lo que no conocemos con complicidad y auspicio de la ignorancia. La mente es el Dios interior, la mente es aquello que tiene nombre pero que no tiene forma, la mente es el espíritu indomado por el intelecto, pero que contiene al intelecto. La mente es el intelecto pero el intelecto no es la mente; de forma que el intelecto no puede encontrar a Dios; pero no encontraremos a Dios más allá de la mente.

        La mente busca la iluminación como si ello fuera algo ajeno a la mente, de modo que esa búsqueda se transforma en algo parecido a querer atrapar el vacío, porque se busca por fuera lo que se encuentra dentro, porque es obvio que nada se puede encontrar fuera de la mente, y en el caso que así fuera, todo lo que se encuentre afuera, será encontrado por la mente.

        La mente indaga y busca lo divino, lo inmaculado, por medio de la lectura de libros sagrados -lo que es búsqueda intelectual- pero la verdad sobre lo divino, sobre lo inconmensurable, es tan evidente por sí misma que lo único que termina provocando la explicación intelectual es su ocultamiento, creando con ello un mundo psicológico sobre lo desconocido que nos lleva a tener un punto de vista particular sobre lo que no conocemos, o sea, un punto de vista particular sobre nuestra ignorancia.

        El tener un punto de vista particular sobre lo sagrado, sobre lo inconmensurable, lleva a la mente ignorante a tener un punto de vista final al respecto, pero la posición final de la mente realizada es que no toma ningún punto de vista especial y sin embargo es capaz de adoptar cualquier punto de vista de acuerdo a las circunstancias.

       El deseo de tener un punto de vista particular, fijo, esquemático y definitivo sobre Dios, es el calambre psicológico que produce el intento de querer atrapar a la mente con el pensamiento. Este ejercicio eterno lo realizamos a partir de la creencia de que Dios existe fuera de la mente. Si así fuera, ¿dónde se encuentra? Lo que significa que nos imaginamos uno. Ahora bien, ¿cuál es el sentido de imaginarse uno? No podemos conocer a nuestra mente si nos estamos engañando a nosotros mismos. El ser humano ignora y es inconsciente de que su propia mente es el Dios interno, por ello es que busca a Dios fuera de su mente, de modo que usa su propia mente para encontrar a Dios. El usar la mente para encontrar a Dios, es la imposibilidad de encontrarlo, ya que se está buscando en cualquier otro lado menos donde Él esta, y por ello es que jamás podremos ver que la propia mente es el Dios interno que habita en nosotros.  

        Usar la mente para repetir oraciones, recitar sermones, hacer rituales, crear dogmas, teologías o para invocar a Dios es engañarse a sí mismo, puesto que nuestra propia naturaleza es la naturaleza divina, puesto que nuestra propia mente es Dios dentro de nosotros. Recitar oraciones y sermones; practicar rituales, normas y disciplinas; inventar dogmas, teologías y creencias o repetir las escrituras sagradas de memoria, es inútil si no conocemos nuestra mente, porque a menos que tengamos conocimiento de nosotros mismos, todo conocimiento posible sobre lo inconmensurable es nada más que autoengaño. El autoengaño nos lleva a querer encontrar nuestra naturaleza divina fuera de nuestra naturaleza mortal, lo que nos obliga a preguntarnos: ¿dónde está entonces? Lo que haya más allá de nuestra naturaleza ¿tiene algún sentido para nuestras vidas? De modo que preguntar dónde está Dios es producto de la ignorancia. La ignorancia se nutre de nuestra renuncia a la sabiduría; renunciar a la sabiduría para quedarse atado a la ignorancia es renunciar a lo trascendente para quedar atado a lo mundano, es creer que la vida es tener dinero y no sabiduría; en definitiva, es creer que la vida se trata de buena o mala suerte, y no de la libertad interior que transporta al ser humano hacia la trascendencia de esta vida limitada por el pensamiento codicioso.

        El pensamiento codicioso trae aparejado la miseria y el sufrimiento: sufrimiento, miseria y codicia que son creados por el falso pensar, por el pensar ausente de inteligencia. Ese pensar es incapaz de ver que la erudición y el conocimiento no sólo son incapaces de conocer nuestra naturaleza divina, sino que además nublan la conciencia creando el peso de la ignorancia, siendo ese peso quien no nos deja ver la realidad y, por lo tanto, nuestra naturaleza divina que se encuentra en nosotros. 

        Como la mente no tiene ni forma ni cuerpo, ni características ni particularidades, ni causa ni efecto, es confundida con sus actividades: lenguaje, comportamiento, percepción, conceptos, argumentos, además del ver, oír, gustar, oler; todo lo cual son simplemente funciones de la mente en actividad. Esa actividad de la mente es la que asociamos con la mente en su totalidad, debido a que es lo único que conocemos de ella, por lo cual se nos hacen muy simples las enseñanzas intelectuales, ya que las mismas son el producto de la actividad de la mente. Ello significa que alguien que entiende los consejos intelectuales es un intelectual, y quien comprende las enseñanzas de la inteligencia es un sabio, de modo que un intelectual que renuncia a los consejos intelectuales y sigue las enseñanzas de la sabiduría se convierte en sabio. La dificultad para que esta transformación se realice, radica en que los intelectuales no pueden comprender que no deben buscar la sabiduría en lugares distantes, lo que significa que deben experimentar que la sabiduría de su propia mente es… el sabio.

        Un sabio iluminado es una persona absolutamente holgazana, puesto que jamás corre detrás de fortuna, éxito, fama o poder, y ello se debe a una razón muy simple, porque en último término: ¿qué utilidad tienen todas esas cosas al final? Para él, el principio y el final es el presente.

        La mente busca a Dios pero la mente que busca a Dios no lo puede encontrar porque Dios no busca a Dios, ello es absurdo, o sea, que cuando con la mente quiere comprender la mente, ello se transforma en calambre psicológico, de modo que lo que podemos comprender es simplemente que la mente tiene nombre pero no tiene forma y que la vida se trata de tener sabiduría, no de tener fortuna, porque en definitiva es lo único que podemos tener sin que sea corrompido por el vivir ni destruido por la muerte ni oxidado por el orín de los perros.