LA MENTE Y LA NATURALEZA DE LA MENTE

 – Sogyal Rimpoché

El budismo propone una visión que aún es revolucionaria hoy: la vida y la muerte existen en la mente, y en ningún otro lugar. La mente se revela como la base universal de la experiencia; es la creadora de la felicidad y la creadora del sufrimiento; la creadora de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte.
De entre los numerosos aspectos de la mente, podemos destacar dos en particular. El primero es la mente ordinaria, que los tibetanos llaman sem. Un maestro la define así: “Aquello que está dotado de una conciencia discriminatoria, aquello que posee un sentido de la dualidad, es decir, que aferra o rechaza algo externo, eso es la mente. En esencia, es aquello que asociamos con un “otro”, con cualquier “Algo” percibido como distinto de aquel que percibe” Sem es la mente discursiva, dualista, pensante, que sólo puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior proyectado por ella y falsamente percibido.
Así pues, sem es la mente que piensa, trama, desea, manipula, que monta en cólera, que crea oleadas de emociones y de pensamientos negativos por los que se deja llevar. Es la mente la que necesita proclamar, corroborar y confirmar su “existencia” incansablemente mediante la fragmentación, la conceptualización y la solidificación de la experiencia. Inconstante y fútil, la mente ordinaria es la presa incesante de las influencias exteriores, de las tendencias habituales y del condicionamiento; los maestros comparan a sem con la llama de una vela dejada en una puerta abierta, vulnerable a todos los vientos de las circunstancias.
Desde cierto punto de vista, sem es vacilante, inestable y ávida, siempre entrometida en los asuntos ajenos; su energía se consume en una proyección constante hacia afuera. A veces, me viene a la mente la imagen de un frijol saltador mexicano o la de un mono encaramado a un árbol que brinca incansable de una rama a otro. Sin embargo, vista desde otro ángulo, la mente ordinaria posee una estabilidad falsa y apagada, una inercia autoprotectora y vanidosa, una calma pétrea hecha de hábitos arraigados. Sem es tan taimada como un político corrupto; escéptica y desconfiada, experta en el engaño y las artimañas, “ingeniosa en los juegos del engaño”, como escribiera Jamyang Khyenstse. En el seno de esta mente ordinaria caótica, confusa, indisciplinada y repetitiva, sem, experimentamos una y otra vez el cambio y la muerte.
Luego está la naturaleza misma de la mente, su esencia más profunda que nunca se ve afectada en absoluto ni por el cambio ni por la muerte. Por el momento, se halla oculta en el interior de nuestra propia mente, nuestra sem, envuelta y oscurecida por el rápido discurrir de nuestros pensamientos y nuestras emociones. Pero al igual que una fuerte ráfaga de viento puede dispersar las nubes y dejar al descubierto el sol resplandeciente y el ancho cielo, también alguna inspiración puede poner al descubierto vislumbres de esta naturaleza de la mente. Estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades, pero todos ellos proporcionan alguna luz de comprensión, de significado y de libertad. Ello es así porque la naturaleza de la mente es de por sí la fuente misma de la comprensión. En tibetano la llamamos Rigpa, la conciencia primordial, pura y prístina que es al mismo tiempo inteligente, cognoscitiva radiante y siempre despierta. Se podría decir que es el conocimiento del propio conocimiento.
No caigáis en el error de suponer que la naturaleza de la mente se limita en exclusiva a nuestra mente. De hecho, es la naturaleza de todo. No está de más hacer hincapié en que realizar la naturaleza de la mente es realizar la naturaleza de todas las cosas.
A lo largo de la historia los santos y los místicos han adornado sus realizaciones con distintos nombres y les han conferido distintos rostros e interpretaciones, pero lo que todos ellos experimentan fundamentalmente es la naturaleza esencial de la mente. Los cristianos y los judíos la llaman “Dios”; los hindúes la llaman “el Yo”, “Shiva”, “Brahman” y “Vishnú”; los místicos sufíes la llaman “la Esencia Oculta”, y los budistas la llaman “la naturaleza de buda”. En el corazón de todas las religiones se halla la certeza de que existe una verdad fundamental, y de que esta vida nos brinda una oportunidad sagrada para evolucionar y conocerla.
Cuando decimos Buda pensamos naturalmente en el príncipe Gautama Siddharta, que alcanzó la Iluminación en el siglo VI antes de nuestra era y cuya enseñanza se convertiría en un camino espiritual para millones de personas en toda Asia, hoy llamada budismo. El término buda, no obstante, posee un significado mucho más profundo: se refiere a una persona, cualquier persona, que ha despertado completamente de la ignorancia y se ha abierto a su vasto potencial de sabiduría. Un buda es aquel que ha puesto un final definitivo al sufrimiento y a la frustración y que ha descubierto una felicidad y una paz duraderas e imperecederas.
Sin embargo para muchos de los que vivimos en esta época marcada por el escepticismo, este estado puede parecer una fantasía o un sueño, o tal vez una hazaña absolutamente fuera de nuestro alcance. Pero es importante tener presente que el Buda fue un ser humano como vosotros o como yo. Nunca se atribuyó un estado divino; simplemente sabía que poseía la naturaleza de buda, la semilla de la Iluminación, y que todos los demás seres también la poseían. La naturaleza de buda es sencillamente un derecho natural de todos los seres sensibles y, como suelo decir siempre, “nuestra naturaleza de buda es tan buena como la naturaleza de buda de cualquier buda”. Esta es la buena nueva que el Buda nos transmitió con su Iluminación en Bodhgaya, y que infunde inspiración en tantas personas. Su mensaje, que la Iluminación está al alcance de todos, nos brinda una enorme esperanza. Por medio de la práctica espiritual, todos nosotros también podemos llegar a despertar. Si esto no fuera cierto, las innumerables personas que hasta ahora han alcanzado la Iluminación jamás lo habrían conseguido.
Se dice que cuando Buda alcanzó la Iluminación, lo único que deseaba era mostrarnos a los demás la naturaleza de la mente y hacernos partícipes por completo de lo que había conocido. Pero también vio, en su una infinita compasión, lo difícil que nos sería llegar a comprenderlo.
Aunque nuestra naturaleza interior es idéntica a la de Buda, no la hemos reconocido porque se encuentra sumamente encerrada y envuelta en nuestra mente individual ordinaria. Imaginaos un jarro vacío:el espacio interior es exactamente idéntico al espacio exterior; sólo sus frágiles paredes separan el uno del otro. De la misma forma, nuestra mente de buda está encerrada en el interior de las paredes de nuestra mente ordinaria. Pero alcanzar la iluminación es como romper el jarro en mil pedazos. El espacio “interior” se funde instantáneamente con el espacio “exterior”, convirtiéndose en uno. En ese preciso instante nos damos cuenta de que nunca habían estado separados o diferenciados: siempre habían sido idénticos.