¿QUÉ BUSCAMOS?

 

        ¿Buscamos a Dios, la verdad, la iluminación, la felicidad, la paz? ¿Qué haremos y como encontraremos lo que sea que busquemos? ¿Buscamos lo sagrado o buscamos placer? ¿Buscamos lo trascendental o buscamos como salir del sufrimiento y de la vida hueca, vacía y desdichada que tenemos? No sabemos nada de Dios, la verdad, la iluminación, de la felicidad y de la paz, entonces ¿cómo encontraremos? y ¿por dónde comenzar a buscar?

La verdad es que no sabemos lo que buscamos, pero lo que sí sabemos es que deseamos con toda el alma, la mente y el corazón, salir del sufrimiento que nos provoca la confusa e imparable verborragia parloteadora de nuestro  intelecto. Todo lo que tenemos en la mente sobre estas cosas es, absoluto desconocimiento y mucha confusión. ¿Buscamos la esencia de nosotros mismos? Pero ¿a que llamamos esencia de nosotros mismos?. Tenemos mil definiciones para ello pero la verdad es que no sabemos nada objetivo, concreto, real y verdadero sobre esa esencia. Pero… ¡la buscamos! O sea, nos dedicamos, no a buscar, si no que ha intentar encontrarnos por casualidad con cualquiera de esas cosas, de suerte que nuestra búsqueda se parece más a una lotería con mezcla de ruleta rusa que a una búsqueda de algo serio, trascendente, sagrado.

Buscar significa conocernos. Conocer al buscador es el principio de la búsqueda. Y conocer al buscador es conocer la cuna del conflicto que es a saber, su mente, su pensar, lo que significa el aprender sobre como ese pensar demanda, exige, sueña, desea, crea ilusiones, especula, ambiciona y parlotea mañana, tarde y noche. Todo este conocimiento es el principio de la búsqueda y, por lo tanto, el principio del conocerse así mismo. Todo conflicto y confusión se encuentran y son creados por la mente del buscador, de modo que nuestra búsqueda solo tiene nombres, presunciones, jactancias, conjeturas, suposiciones, sospechas, pero en la realidad nos encontramos totalmente perdidos, no solo de lo que buscamos sino que también de lo que queremos, y ello es todo lo que tenemos, es todo con lo que contamos y, obviamente, esa es nuestra realidad, eso es lo que somos: conflicto, complicación, problema, lucha, confusión, dualidad y contrariedad.

Buscamos lo que no conocemos y que además no sabemos lo que es, ni como es, o sea, buscamos fuera de nosotros mismos todo lo que se nos ocurra o que consideremos que vale la pena obtener, de manera que comenzamos entendiendo de mala forma lo que buscamos puesto que, buscar significa conocernos. Pero para nosotros el conocernos no significa el conocernos tal cual somos, lo que significa conocer nuestro conflicto, sino que evadimos nuestro conflicto y con ello nos perdemos la oportunidad de enfrentarlo y trascenderlo; a cambio de ello buscamos a Dios con la finalidad de que sea él quien realice el trabajo -lo resuelva y solucione definitivamente- a través de un milagro.

Para encontrar algo, primero debo saber lo que busco y segundo, porque lo busco. ¿Buscamos a Dios, la Verdad, la Iluminación o buscamos salir de cualquier forma de la vida insatisfecha, conflictiva y desdichada que tenemos? ¿Buscamos porque amamos la verdad o porque deseamos y queremos -más que nada en el mundo- salir del sufrimiento y la locura consecuente que nos agobia? Comprender el sentido de nuestra búsqueda es comprender al buscador y comprendiendo al buscador: sus ansiedades, desesperos, angustias y temores, comprenderemos lo que buscamos y el porqué.

El buscador no es ajeno a la búsqueda, es el centro, el principio y el fin de la búsqueda, de modo que no comprender primero el estado y el interés del buscador, es crear y fomentar la confusión ya reinante en él con el consecuente alejamiento de lo buscado.

Es primordial, imprescindible y esencial, comprender la mente del buscador, sus intereses, sus deseos, sus caprichos, sus ilusiones, sus traumas, sus desdichas, para luego desechar por si mismo lo que esta demás en su vivir. Buscar sin comprender al buscador [que somos nosotros mismos] es intentar conocer el fondo del océano en camello.

Nuestra confusión y nuestro conflicto se encuentran en la mente, quien desea es nuestra mente, quien se siente carente da algo es la mente, de manera que es nuestro desespero por escapar de la vida miserable y desdichada que tenemos lo que nos ínsita a buscar con la finalidad de exterminar con ese tipo de vida marcada por el sufrimiento y el temor.

Lo que buscamos en realidad es que nuestra mente deje de tener conflicto, culpa, confusión, condenas y miedo, o sea, lo que buscamos es tener claridad, inocencia, transparencia y lucidez en el pensar. Si nuestra vida no estuviera marcada por el eterno e imparable conflicto del pensar, no sentiríamos la carencia de Algo y, por lo tanto, no buscaríamos aquello que consideramos y creemos que puede llenar ese vacío y en consecuencia la vida insulsa y vacía que tenemos.

El sentir la carencia de algo es producto de la comparación y el balance que realiza la mente, tomando como referencia aquello que imagina es la felicidad, o sea, la mente se siente carente de algo por envidia. De esta comparación nace la ambición y el deseo, los cuales promueven, estimulan e impulsan al pensar a obtener lo deseado. Esto da como resultado el comienzo de la carrera del sufrimiento por no haber alcanzado lo que se supone lo deja a uno satisfecho con la vida.

El 100% de la humanidad busca encontrar algo. De ese porcentaje el mayoritario (95%) intenta encontrar fama, éxito, pareja, placer y por sobre todas las cosas dinero. Adquieran o no alguna de estas cosas, lo que si es seguro es que todos consiguen iluminarse en el temor. De la misma forma que el buscador de Dios, el buscador de estos tesoros -que todos pueden ser corroídos por el orín de los perros Madofianos- se transforma en un peligro para la humanidad porque la ausencia de conocimiento propio lo hace inconsciente e ignorante de que esta buscando poder por el poder mismo. Se transforman en peligro para la humanidad porque el 5% de este grupo es el que gobierna al mundo y obviamente lo hace desde sus miedos. Los buscadores de estos tesoros fútiles se caracterizan por su vida regida por el temor, la violencia (son los que inventan las guerras) y el eterno miedo al anonimato y a la pobreza que los aterroriza, de modo que para estar seguros explotan despiadadamente a otros y no tienen escrúpulos en llevar adelante todo y cualquier acto irracional que consideren necesario para seguir manteniéndose en el lugar y con el status que han alcanzado.

La ignorancia que les produce el temor que los agobia, es la totalidad de su capital interior y espiritual, lo cual gobierna sus mentes, y con ese mismo pavor gobiernan el mundo, disfrazando su miedo con grandes, elocuentes y conmovedores discursos sobre colosales y nobles causas. Pero la historia ha demostrado que la única causa real que los motiva es el auto enriquecimiento para mantenerse en el grupo de poder, lo que ha significado para la humanidad el terminar sacrificada en el altar de la servidumbre democrática y esclavitud global que ha regido el ritual de estos siglos el avaro sacerdote Codicia, con sus acólitos Avaricia, Violencia, Ambición, Vanidad y Temor. La pregunta básica, primordial, primitiva es ¿Cuál es la necesidad del éxito, la fama y el ser millonario? Ninguna ¿verdad? Pero ¿existe la posibilidad de curar la ignorancia y la estupidez humana cuando uno se encuentra atrapado en la red del terror y del temor?

Al ser la codicia su alimento eterno -y la única herencia que dejan a sus hijos- los fuerza a la insensibilidad y la indiferencia, de modo que les imposibilita ver, percibir -o por lo menos sospechar- que existe una vida por completo diferente a ser vivida, en donde lo innecesario es innecesario. Convertir lo innecesario en necesario es firmar un pacto eterno con la insatisfacción y el sufrimiento. Esta es la razón fundamental por la cual nada les alcanza y que, además, no les permite ver lo básico y elemental de la vida.

Todo buscador, de Dios o Dinero, desea encontrar paz y felicidad, o sea, todo buscador lo que busca en realidad es encontrar aquello que le permita tener una mente sin conflicto, satisfecha, sin dualidad ni confusiones.

El llamado buscador de Dios va detrás de lo inconmensurable sin conocerlo porque ya experimento que lo primitivo (búsqueda de fama, dinero, éxito) es vano e intrascendente para el mundo interior y significa correr eternamente detrás de lo que no existe: Seguridad. El buscador de Dios es innegable que busca lo que no conoce, además que, ese Dios al cual busca ya se encuentra previamente diseñado en su mente por su propio intelecto de cómo es y las cualidades que tiene y no tiene. Esto nos revela la causa del porque no puede encontrar lo que busca, además del consecuente conflicto que ello arma en su mente.

Todo diseño intelectual, sobre lo que no se conoce, es ilusión, deseo, y por lo tanto, mera proyección de que eso sea así como se sueña que es y cómo se desearía que fuera. De manera que esto nos demuestra que el buscador de Dios no está buscando a Dios tal cual él es, sino que ha sus propias ideas sobre Dios, lo que aclara la razón de la dificultad de encontrarlo porque nadie puede encontrar una idea, y a la idea que tenemos de Dios, mucho menos.

Desechar toda proyección intelectual que se tenga sobre lo que no se conoce, es el segundo paso del buscador para encontrar lo que busca tal cual es. Proyectar en la mente cualquier cosa sobre lo que no se conoce, sobre lo sagrado, lo sublime, lo incontaminado, lo inconmensurable, es mentirse así mismo, y el conocer como nos mentimos, es conocerse así mismo. Este conocimiento obviamente que nos da la posibilidad de desechar toda y cualquier tipo de mentira que hubiésemos formado, lo cual es la única opción y oportunidad de encontrar. Sin desechar primero todas nuestras mentiras es imposible encontrar nada.

No buscamos conocer las causas de nuestro conflicto, buscamos algo o alguien que asombrosamente lo solucione; no buscamos conocer la causa de nuestros defectos, buscamos algo o alguien que prodigiosamente nos convierta en virtuosos; no buscamos las raíces de nuestra arrogancia, buscamos algo o alguien que milagrosamente nos convierta en humildes. En resumen, no indagamos sobre lo real, lo que tenemos, lo que somos, no indagamos sobre nuestras miserias; a cambio de ello tratamos de enfocar nuestra búsqueda sobre algo o alguien que nos pueda salvar del infierno cotidiano en que vive nuestra mente.

El fraude que nos hacemos, al buscar por fuera quien pueda solucionar todo lo que consideramos nos hace falta por dentro, lo realizamos porque ignoramos que el problema somos nosotros mismos, nuestro intelecto, nuestro pensar y que ese conflicto lo hemos sembrado nosotros mismos en el tiempo, de modo que al ignorar al creador de la confusión, terminamos por desviar el camino de la búsqueda.

Toda búsqueda se hace infructuosa cuando ni siquiera tenemos claro lo que buscamos. El conflicto y la confusión que nos lleva a la búsqueda es nuestro, es parte de nuestro vivir cotidiano, pero a pesar de ello, lo menos que se nos ocurre, es pensar que dicho conflicto y confusión es lo que debemos comprender para resolver nuestra vida y todo el desatino y desdicha que ello arrastra. En cambio buscamos el esperanzador milagro que nos resucite a una vida íntegra y digna de ser vivida.

No buscamos encontrarnos a nosotros mismos, buscamos que nos encuentren, y quien sea que lo haga, deberá resolver todo nuestros dilemas, problemas, avatares, confusiones, desconciertos, desordenes, desarreglos, desequilibrios y complicaciones que anarquizan nuestra vida, lo cual ha sido producido por nuestro enjambre intelectual, nuestro pensar.

En realidad el buscador no sabe lo que busca, él solo desea salir del tormento que le produce su mente confusa, salir de la desdicha de su vida, de la angustia permanente que le impone la insatisfacción de su vida hueca y vacía. Sí el buscador supiera lo que busca sabría que el arte de la búsqueda consiste en no esperar nada, no poseer nada, no ambicionar nada, o sea, consiste en NO BUSCAR NADA. Buscar lo que sea es, ambición, y si se quiere encontrar la verdad, a Dios, es innegable que debe existir ausencia absoluta de cualquier miseria humana y por sobre todo la relacionada con la avaricia, la codicia, o sea, la ambición. Para recepcionar a lo desconocido se debe estar completamente vacío de esperanzas, sueños, ilusiones, deseos, doctrinas, teorías, creencias, dogmas y de toda y cualquier tipo de ambición; intelectual, material, emocional y etc.