TRES AGRICULTURAS: Keinesiana, Neoliberal, Ecológica

AAACATARATASTABLA DE CONTENIDOS:

0. Introducción

1. Raíces keynesianas

2. Una revolución agrícola mundial

3. Fracasa la revolución verde

4. Llega el neoliberalismo agrícola transgénico

5. La alternativa agroecológica

0. Introducción

El incesante conflicto entre la visión económica keynesiana y el liberalismo económico permea gran parte de la política y economía de los siglos XX y XXI. Y la agricultura no ha sido ajena a esta disputa. Argumentaré en este texto que la revolución verde, nombre dado a la mundialización del modelo agrícola industrial de Estados Unidos, fue una extensión de las políticas agrarias keynesianas del presidente Franklin D. Roosevelt y que ha sido devorada y asimilada por la agricultura neoliberal, representada por los cultivos transgénicos, semillas patentadas y el protagonismo de megacorporaciones de “ciencias de la vida”. Como conclusión, planteo que ninguno de estos dos modelos agrícolas son viables, y que la agroecología es la alternativa correcta ante las fallas de los modelos económico-agrícola keynesiano y neoliberal.

1. Raíces keynesianas

Mucho se ha escrito sobre la revolución verde, elogios al igual que críticas, y de cómo ésta fue parte de la estrategia anticomunista en la guerra fría. Pero los orígenes de esta revolución agrícola preceden la contienda Estados Unidos-Unión Soviética, inclusive se remontan a antes de la entrada de EEUU a la segunda guerra mundial.

Si existen signos astrológicos en la economía política, entonces se puede decir que la revolución verde nació bajo el signo del keynesianismo. Sus orígenes se encuentran en las políticas agrarias del Nuevo Trato, nombre dado a la política económica doméstica de corte keynesiano del presidente estadounidense Roosevelt, quien gobernó de 1933 a 1945.

Henry A. Wallace, miembro del círculo íntimo de Roosevelt y uno de los más importantes artífices de las políticas novotratistas, fue también uno de los principales progenitores de la agricultura moderna y la revolución verde (1). Wallace, cultivador de maíz, científico agrónomo, innovador agrícola y agroempresario, fue secretario de agricultura de la administración Roosevelt de 1933 a 1940 antes de ser vicepresidente del país en el tercer término de Roosevelt (1941-45). Dejó una huella profunda en el Departamento de Agricultura estadounidense (USDA) y en la investigación agrícola en el sector público en general. Fue bajo su dirección que se establecieron importantes programas como la Administración de Ajuste Agrícola (AAA), la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos (SCS), la Administración de Crédito para Fincas, y los programas de cupones de alimentos y almuerzos escolares. Como secretario de agricultura, dio un espaldarazo a la investigación científica e hizo de la estación experimental de Beltsville, Maryland, el mayor centro de investigación agrícola del mundo. Estas iniciativas de Wallace se fundamentaban sobre ideas keynesianas, como la planificación masiva y centralizada de la actividad económica, y el protagonismo del estado regulador en la economía nacional.

Es necesario entender el momento histórico. Entre las décadas de los 30 y los 70 del siglo XX las ideas económicas estatistas tenían supremacía absoluta, mientras que la prédica liberal de libre mercado yacía en el descrédito y el abandono. El desplome de la bolsa de valores de Wall Street en 1929 y la gran depresión mundial que le siguió fueron el resultado directo de las políticas económicas liberales promulgadas por el predecesor inmediato de Roosevelt, el republicano Herbert Hoover. Ante el reto económico de la depresión, prácticamente todas las vertientes políticas e ideológicas del mundo escogieron el camino estatista, desde el comunismo soviético y la socialdemocracia europea hasta el Nuevo Trato de Roosevelt y el fascismo corporativista practicado por Alemania, Italia y Japón.

La ideología liberal sobrevivió esas décadas solamente como una secta marginal, liderada por pensadores como el economista austriaco Friedrich Hayek y el profesor y filósofo austro-inglés Karl Popper. Hayek fue mentor de Milton Friedman, gurú del neoliberalismo, y Popper tuvo gran influencia sobre las ideas de su pupilo George Soros, magnate multimillonario convertido en crítico social y filántropo.

Uno de los colaboradores más cercanos de Wallace en esta agricultura de talante keynesiano fue Rexford G. Tugwell, quien en el primer cuatrienio de Roosevelt fungió como secretario auxiliar del USDA y después como subsecretario, y luego en los años 40 fue gobernador de Puerto Rico. Tugwell, economista agrícola grandemente influido por las ideas de Scott Nearing y John Dewey, fue parte del “Brain Trust”, un grupo de intelectuales de la Universidad de Columbia que asesoraron al candidato Roosevelt en su primera campaña presidencial en 1932, y desde el USDA fue uno de los principales contribuyentes intelectuales al Nuevo Trato. Fue el primer director de la AAA, agencia planificadora creada para resolver el problema de sobreproducción agraria, y desempeñó un importante rol en la fundación del SCS, el cual tuvo la tarea de restaurar suelos degradados y erosionados por malas prácticas agrícolas.

Tras ser electo vicepresidente en noviembre de 1940, Wallace se despidió de sus oficios como secretario de agricultura, pero antes de asumir la vicepresidencia viajó a Ciudad México para asistir a la inauguración del presidente Manuel Avila Camacho. En el curso de ese viaje, en el cual dialogó extensamente con campesinos, agroempresarios y funcionarios, como el nuevo ministro de agricultura Marte Gómez, Wallace estableció los cimientos y fundamentos de la revolución verde (2).

2. Una revolución agrícola mundial

A su regreso a Washington, el ahora vicepresidente Wallace se reunió a principios de 1941 con Raymond Fosdick, presidente de la Fundación Rockefeller, para discutir maneras de ayudar a la agricultura mexicana. En la visión de Wallace, lo que México necesitaba era importar de Estados Unidos tecnologías y modelos de desarrollo agrícola, basados en la mecanización y la producción en monocultivo. De la reunión de Wallace con Fosdick salió el Programa Agrícola Mexicano, una colaboración entre la administración Roosevelt, el ministerio de agricultura mexicano y la Fundación Rockefeller. Fue en ese programa que el agrónomo Norman Borlaug desarrolló cepas de trigo de alto rendimiento, trabajo que le ganó el Premio Nobel en 1970. Comenzando la década de los 60, el programa fue reorganizado y convertido en el Centro Internacional para el Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), la primera estación experimental agrícola internacional, con operaciones por todo el mundo, incluyendo Africa y la India.

El CIMMYT fue el modelo para otros centros de investigación, como IRRI en las Filipinas, dedicado exclusivamente al arroz, el CIP en Perú, dedicado a la papa, y el Centro Internacional de Agricultura Tropical en Colombia, entre otros. Estos centros internacionales de investigación agrícola (IARC’s, por sus siglas en inglés) fueron el brazo operativo de la revolución verde. Esta revolución agrícola mundial fue orquestada y dirigida de manera extremadamente jerárquica y centralizada desde el Grupo Consultivo de Investigación Agrícola Internacional (CGIAR), un secretariado permanente y consorcio de financiadores fundado en 1971.

Siendo keynesiana, la agricultura de revolución verde se fundamentó más que nada sobre una enorme inversión del sector público a nivel nacional e internacional. A nivel nacional se sirvió de grandes apoyos financieros del estado para las ciencias agrícolas, canalizados hacia las universidades públicas, estaciones experimentales y servicios de extensión, y a nivel internacional del involucramiento de instituciones intergubernamentales como las Naciones Unidas y el Banco Mundial. En el sector privado el apoyo económico vino no de corporaciones capitalistas de insumos agrícolas sino de organismos filantrópicos como las fundaciones Rockefeller y Ford. El insumo más básico de la revolución verde, la semilla híbrida de alto rendimiento producida por los IARC, era de dominio público, se regalaba o se vendía a precios muy asequibles.

Un rasgo notable de la revolución verde fue su amplia aceptación por todo el espectro ideológico. Gobiernos de derecha y de izquierda fueron entusiastas adherentes por igual. De los partidarios de la Teoría de la Dependencia y el desarrollismo tercermundista, como Raúl Prebisch y Celso Furtado, e instituciones como la CEPAL y la UNCTAD, nunca salió ni una palabra de crítica al modelo agrario de la revolución verde. Ni tampoco hubo crítica o rechazo a ella por parte de líderes nacionalistas como Sukarno, Jawaharlal Nehru, Julius Nyerere, Getulio Vargas o Joao Goulart, o de organismos internacionales antiimperialistas como el Grupo de los 77 y el Movimiento de Países No Alineados, ni tampoco hoy día de tribunas de la izquierda latinoamericana como el Foro de Sao Paulo. El programa agrícola de la Unión Soviética no era alternativa pues a pesar de su discurso ideológico, su paquete tecnológico y premisas científicas eran esencialmente idénticas a las de la revolución verde.

3. Fracasa la revolución verde

Por muchos años la revolución verde tuvo supremacía total. Pero siete décadas más tarde, tras haber transformado la agricultura mundial, ésta ha fallado en su cometido principal, que fue combatir el hambre. Es un verdadero reto en un escrito breve como éste enumerar las deficiencias y fallas de la revolución verde y los agravios y entuertos que ha causado a nivel económico, social y ambiental, especialmente entre las poblaciones pobres del Sur global que se suponía fueran bendecidas por sus beneficios. Para estos fines, citaremos dos documentos.

Aquí extractos de un documento presentado por la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología a la cumbre mundial ecologista Rio + 20 en Brasil en 2012:

“Hoy en día, hay cerca de mil millones de personas hambrientas en el planeta, pero el hambre es causado por la pobreza (1/3 de la población del planeta gana menos de 2 dólares al día) y la inequidad (falta de acceso a tierra, semillas, etc.), no por la escasez debida a la falta de producción. El mundo ya produce suficiente alimento para nutrir a 9 a 10 mil millones de personas, la población esperada para el año 2050.

Setenta y ocho por ciento de todos los niños malnutridos menores de cinco años que viven en el Tercer Mundo se encuentran en países con excedentes de alimentos. Ya existe un abundante suministro de alimentos, mientras que el hambre crece en todo el mundo. No es el suministro el factor crucial, pero si la distribución y el derecho y acceso de las personas a tierra, ingreso, o redes de apoyo para lograr una dieta saludable. En lugar de ayudar, la sobreproducción de alimento, en realidad puede aumentar el hambre por la subvaloración de los precios y la destrucción de la viabilidad económica de los sistemas agrícolas locales.

La agricultura industrial ha acelerado la concentración de tierras y recursos en las manos de unos pocos que socavan la posibilidad de abordar las raíces del hambre.” (3)

Según Rosset, Collins y Lappe, de la organización Food First:

 

“El incremento de la producción, centro de la Revolución Verde, no alcanza para aliviar el hambre porque no altera el esquema de concentración del poder económico, del acceso a la tierra o del poder adquisitivo. Incluso el Banco Mundial concluyó en su estudio de 1986 sobre el hambre en el mundo que un rápido incremento en la producción de alimentos no implica necesariamente que se alcance la seguridad alimentaria.

…a mediados de la década del 80, los titulares de los periódicos aplaudían las historias exitosas de Asia: se nos dijo que India e Indonesia se habían vuelto autosuficientes en alimentos e incluso exportadores de alimentos. Pero en Asia, precisamente donde las semillas de la Revolución Verde tuvieron más éxito, viven dos tercios de las personas subalimentadas del mundo. Según la revista Business Week, “aunque los graneros de India están desbordantes” gracias al éxito de la Revolución Verde en las cosechas de trigo y arroz, “5.000 niños mueren a diario por desnutrición. Un tercio de los 900 millones de habitantes de ese país sufre de pobreza”. Como los pobres no pueden comprar lo que se produce, “el gobierno debe encontrar el modo de almacenar millones de toneladas de alimentos. Algunos se pudren, y hay cierta inquietud acerca de cómo serán vendidos en los mercados públicos”. El artículo concluye que la Revolución Verde redujo sustancialmente la importación de cereales de India, pero no el hambre.” (4)

También es necesario en toda discusión sobre la revolución verde abordar el tema ambiental. Los daños ambientales causados por ésta son de envergadura masiva y verdaderamente global, e incluyen la contaminación de los ecosistemas con agrotóxicos, erosión de la biodiversidad, y deforestación. Por la cuestión de la brevedad, atenderemos solamente el aspecto del cambio climático.

 

La agricultura industrial promovida por la revolución verde es el factor más importante en el cambio climático. Según la organización no gubernamental GRAIN:

 

“El modelo de agricultura industrial que abastece al sistema alimentario mundial funciona esencialmente usando petróleo para producir comida y, en el proceso, cantidades enormes de gases con efecto de invernadero. El uso de inmensas cantidades de fertilizantes químicos, la expansión de la industria de la carne, y la destrucción de las sabanas y bosques del mundo para producir mercancías agrícolas son en conjunto responsables de por lo menos 30% de las emisiones de los gases que causan el cambio climático.

 

Convertir los alimentos en mercancías mundiales e industriales entraña también una tremenda pérdida de energía fósil al transportarlas por el mundo, procesarlas, almacenarlas, congelarlas y llevarlas adonde las consumen. Todos estos procesos contribuyen a la cuenta climática. Al sumarlas, entendemos que el actual sistema alimentario podría ser responsable de cerca de la mitad de las emisiones de los gases con efecto de invernadero.” (5)

Según “Cocinando el Planeta”, un extenso documento conjunto de varias organizaciones europeas, incluyendo GRAIN y Veterinarios Sin Fronteras:

“Cuando consideramos la dupla cambio climático y sistema alimentario, en general pensamos en términos de transporte de alimentos o, en alguna ocasión, a la deforestación asociada a la agroganadería. Pero lo cierto es que pocas veces tomamos conciencia de que el manejo de los suelos agrarios, la utilización de fertilizantes sintéticos, la fabricación de piensos industriales, o la destrucción de los mercados locales de alimentos constituyen el núcleo central de las emisiones planetarias de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo las industrias procesadoras y de distribución de alimentos -que incluyen transporte, empaque, refrigeración y comercialización- son también grandes emisoras. Se calcula que el sistema agroalimentario llega a generar hasta un 50% de estas emisiones. El actual modelo de producción y consumo industrial de alimentos es un gran consumidor de energía, que contribuye significativamente al calentamiento global, además de profundizar la destrucción del medio ambiente y de las comunidades rurales.” (6)

Los artífices de la revolución verde han respondido de manera férrea y negativa ante estas críticas, negándoles la más mínima validez. Borlaug lanzó contraataques particularmente vehementes y punzantes contra los detractores de la revolución verde. Dijo al New York Times que algunos ambientalistas “son elitistas. Nunca han experimentado la sensación física del hambre. Hacen su cabildeo desde cómodas oficinas en Washington o Bruselas. Si vivieran sólo un mes entre la miseria del mundo en vías de desarrollo, como yo lo he hecho por 50 años, estarían pidiendo a gritos tractores y canales de irrigación y estarían escandalizados por elitistas de moda que están tratando de negarles esas cosas.” (7)

Los admiradores de Borlaug y partidarios de la revolución verde sostienen que los detractores ecologistas y progresistas de la revolución verde son iletrados y carecen de fundamentos científicos. Pero en 2008 un informe científico de una envergadura sin precedente sobre el presente y futuro de la agricultura mundial llegó a unas conclusiones nada halagadoras para la revolución verde. El informe, titulado Evaluación Internacional del Conocimiento Agrícola, Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (IAASTD), comúnmente conocido como la Evaluación Agrícola, es el resultado de un estudio concienzudo, basado estrictamente en evidencia, que se propuso a determinar qué se debe hacer para conquistar la pobreza y el hambre, lograr desarrollo sustentable y equitativo, y sostener una agricultura productiva y resiliente frente a las crisis ambientales.

Esta exhaustiva evaluación es a la agricultura mundial lo que el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) es al clima. La similitud entre ambos emprendimientos es más que casual. El director del IAASTD fue Robert Watson, quien presidió el IPCC de 1997 a 2002.

El IAASTD fue redactado por sobre 400 expertos- de agencias internacionales, la comunidad científica, organizaciones no gubernamentales y la empresa privada- que recopilaron datos e informaciones de miles de otros colegas de todas partes del mundo, y fue sometido a dos procesos independientes de revisión por los pares. La evaluación fue financiada por organismos intergubernamentales como el Banco Mundial, el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, la UNESCO y la FAO.

En resumidas cuentas, el informe concluye que el modelo dominante de agricultura moderna está devorando el patrimonio del planeta y poniendo en peligro el futuro de la humanidad. “La agricultura moderna, tal como hoy se practica en el mundo… está explotando excesivamente el suelo, nuestro recurso natural básico, y es insostenible porque hace un uso intensivo tanto de la energía proveniente de los combustibles de origen fósil como del capital, al mismo tiempo que básicamente no tiene en cuenta los efectos externos de su actividad”, declaró Hans Herren, co-presidente del IAASTD. “Si seguimos con las actuales tendencias en materia de producción de alimentos agotaremos nuestros recursos naturales y pondremos en peligro el futuro de nuestros niños.” Al ser publicado el informe en una actividad en Johannesburgo, Robert Watson declaró categóricamente que mantener el estatus quo en la agricultura no es una opción (Business as usual is not an option).

4. Llega el neoliberalismo agrícola transgénico

En las últimas dos décadas la revolución verde ha sido sacudida hasta su raíz no por la crítica ecologista y progresista sino por el surgimiento de una agricultura neoliberal. Esta es la agricultura de los transgénicos y las semillas patentadas. La semilla deja de ser un bien público, ahora está privatizada y sujeta a derechos de propiedad intelectual, los cuales se hacen valer mediante tratados de libre comercio que tienen fuerza de ley.

Pero más que nada, la agricultura neoliberal es una agricultura controlada por corporaciones transnacionales. El agronegocio ahora está consolidado en un cartel global prácticamente sin precedente en la historia del capitalismo. Sólo media docena de agroempresas fabricantes de agrotóxicos controla el negocio de la biotecnología agrícola y gran parte del comercio de semillas transgénicas y convencionales. Una sola corporación, la estadounidense Monsanto, controla sobre 80% del negocio mundial de semilla transgénica mientras que en el negocio de la semilla en general tiene una tajada de 27% del mercado mundial. Puede sonar poco comparado con 80%, pero el que una sola empresa tenga control de 27% del comercio global de semillas es algo sin precedente histórico.

La industria de biotecnología argumenta en su defensa que la agricultura transgénica neoliberal que promulga tiene unos beneficios que superan cualquier objeción, principalmente menor uso de agrotóxicos, mayores rendimientos, y que es una herramienta valiosa en la erradicación del hambre. Estos alegados beneficios son objeto de controversia, como veremos más adelante.

El proyecto neoliberal implica la destrucción de las instituciones públicas de investigación científica y la transferencia de sus funciones al sector privado corporativo. En la agricultura esto ha significado drásticos recortes a los presupuestos de universidades públicas, estaciones experimentales y servicios extensionistas, y también de los IARC y el CGIAR. Las instituciones de la revolución verde, que una vez fueron colmadas de fondos y gozaron de la alta estima y apoyo de los grandes poderes políticos y económicos, ahora están dilapidadas y buscan fondos desesperadamente. No se salvaron del azote del neoliberalismo.

Pero los artífices de la revolución verde no tienen las herramientas políticas e intelectuales o la fuerza moral para oponerse a la agricultura neoliberal. Nunca vimos ni veremos decanos universitarios o administradores de estaciones experimentales emitiendo discursos de barricada tipo Occupy Wall Street o unirse a protestas de indignados contra el neoliberalismo y la privatización. Su respuesta ante la situación ha sido de resignación y adaptación mediante acuerdos con corporaciones transnacionales, las llamadas alianzas público-privadas.

Basta con presentar dos ejemplos de estas nuevas alianzas: En 2007 la petrolera BP firmó con el recinto de Berkeley de la Universidad de California, el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley y la Universidad de Illinois un acuerdo de $500 millones, una suma sin precedente en la historia de la academia, para el desarrollo de biocombustibles mediante biotecnología (8). Y en 2010 la empresa biotecnológica europea Syngenta y el CIMMYT anunciaron una alianza público privada para el desarrollo conjunto de variedades de maíz y trigo (9), un emprendimiento que no excluye la producción de variedades transgénicas.

Al igual que la revolución verde, la agricultura transgénica tampoco ha cumplido sus promesas. No ha hecho mella contra las malezas y plagas (10), no ha reducido el uso de agroquímicos tóxicos (11) ni aumentado rendimientos (12), y no ha ayudado a combatir el hambre. Y encima de eso, la inocuidad de los alimentos transgénicos dista de ser demostrada (13).

5. La alternativa agroecológica

Frente a las fallas de los modelos agrícolas keynesiano, de revolución verde y neoliberal transgénico, la agricultura ecológica, o agroecología, se perfila como alternativa válida y viable.

En este escrito no entraremos en detalles sobre los méritos y ventajas de la agroecología ante la revolución verde y la agricultura transgénica. Esto ya lo han hecho de manera extensa y erudita estudiosos como M. Alteri, C. Nicholls, V. Toledo, E. Holt-Giménez, P. Rosset, S. Gliessman, F. Funes y N. Alvarez Febles, entre otros. Pero presentaremos a continuación sus rasgos básicos.

“La idea principal de la agroecología es… desarrollar agroecosistemas con una mínima dependencia de agroquímicos e insumos de energía”, explican Miguel A. Altieri y Víctor M. Toledo. “La agroecología es tanto una ciencia como un conjunto de prácticas. Como ciencia se basa en la aplicación de la ciencia ecológica al estudio, diseño y manejo de agroecosistemas sustentables”. (14)

En su presentación a la cumbre Río + 20 en 2012, Altieri y Clara Nicholls plantearon que:

“Miles de proyectos en África, Asia y América Latina demuestran de forma convincente que la agroecología proporciona la base científica, tecnológica y metodológica para ayudar a los pequeños agricultores a mejorar la producción agrícola de manera sostenible y resiliente, lo que les permite satisfacer las necesidades alimentarias actuales y futuras. Los métodos agroecológicos producen más alimentos en menos tierra, utilizando menos energía, menos agua, mientras que mejoran la base de recursos naturales, prestan servicios ecológicos como la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.” (15)

Es importante señalar que la agroecología no es meramente un conjunto de técnicas y tecnologías, divorciado de contexto social o de aspectos económicos y éticos. La agroecología ofrece una tercera vía entre el estatismo keynesiano y el neoliberalismo, es una expresión concreta y práctica de economía ecológica, y es además una valiosa herramienta teórica y práctica para los nuevos movimientos sociales que buscan la reforma agraria, la transformación de la ruralía y la creación de nuevas relaciones sociales.

Según Alteri y Nicholls, “Como ciencia la agroecología constituye la base productiva de los movimientos rurales que promueven la soberanía alimentaria y que se enfrentan a las causas que perpetúan el hambre, por lo tanto esta no puede ser apropiada por las instituciones convencionales.” (16)

Dicen Altieri y Toledo:

 

La agroecología está aportando las bases científicas, metodológicas y técnicas para una nueva “revolución agraria” a escala mundial (Altieri 2009, Ferguson and Morales 2010, Wezel and Soldat 2009, Wezel et al. 2009). Los sistemas de producción fundados en principios agroecológicos son biodiversos, resilientes, eficientes energéticamente, socialmente justos y constituyen la base de una estrategia energética y productiva fuertemente vinculada a la soberanía alimentaria (Altieri 1995, Gliessman 1998).

Las iniciativas agroecológicas pretenden transformar los sistemas de producción de la agroindustria a partir de la transición de los sistemas alimentarios basados en el uso de combustibles fósiles y dirigidos a la producción de cultivos de agroexportación y biocombustibles, hacia un paradigma alternativo que promueve la agricultura local y la producción nacional de alimentos por campesinos y familias rurales y urbanas a partir de la innovación, los recursos locales y la energía solar.” (17)

El crecimiento de la agroecología y su confrontación con los modelos fallidos de la revolución verde keynesiana y el transgénico neoliberal promete ser uno de los procesos más importantes del siglo XXI, que tendrá ramificaciones sociales y ecológicas decisivas para el futuro de la humanidad.