SOBRE UNA NUEVA CULTURA

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Hoy, desde todos los sectores se plantea la crítica de nuestra cultura, nadie desconoce las crisis, catástrofes y conflictos que ha generado. En este contexto, se hace necesaria una nueva cultura. Las filosofías, teorías, doctrinas e ideologías han creado caos y confusión y no han llevado a ninguna transformación; han sido más bien espejismos que nos han velado la naturaleza, los hechos y las consecuencias nefastas de la cultura basada en la eterna mente miserable que nos domina.

            Ha sido la misma mente humana la que ha creado la cultura discriminadora, avarienta, conflictiva, cruel y destructiva que hemos vivido en nuestra historia conocida y en la cual vivimos hasta el día de hoy. Los seres humanos la hemos construido y los mismos seres humanos hemos reaccionado a sus consecuencias pretendiendo transformarla. Dichas pretensiones de transformación nunca han tenido éxito y, por el contrario, han contribuido a la mantención y al fortalecimiento de esta cultura y sus consecuencias: guerras, explotación, destrucción ambiental, etc., dado que nunca se ha transformado su verdadera causa: nosotros mismos, nuestro pensar y las creaciones del intelecto.

            Mediante el pensar y el intelecto se formulan las creaciones sociales, políticas, económicas y culturales. Las creaciones culturales han dado lugar a las diversas eras, entre ellas a las denominadas primitiva, esclavista, feudal, capitalista. La base y el sustento de las creaciones culturales ha sido proporcionado intelectualmente a través de las teorías y las filosofías de la historia, y esto ha sido posible debido a la confusión que transforma a la palabra en la “salvadora” de la realidad. El predominio del intelecto lleva a creer que la palabra es la cosa: no importa lo que pase o suceda, la palabra acomoda, condiciona, justifica, reconstruye, arma, crea o desconstruye la realidad. No importan ya los hechos, lo que importa son las palabras, las ideas que forjamos acerca de los hechos, con lo cual el pensar, el intelecto, establece su absoluto predominio. De este modo el pensamiento es endiosado, la razón es endiosada, y con ello sus creaciones como la ciencia, la técnica, la tecnología y el progreso material que nos conducirían al desarrollo y a la felicidad.

            Sin embargo, los hechos que la misma historia nos relata dan cuenta de que la razón y la ciencia, de ser quienes nos llevarían al progreso, a la civilización y a la felicidad definitiva, terminaron siendo las perfeccionistas de la crueldad y la destrucción humana. Con la construcción de la bomba atómica la ciencia acabó en los hechos de renunciar al papel que se le asignaba como herramienta salvadora de la barbarie humana. La era de la razón llegaba a su fin; la era de la irracionalidad civilizada comenzaba. Es decir, comienza la era de la irreflexión, que los avances técnicos, mecánicos, tecnológicos, logran disimular, pues estos avances se exhiben como la demostración empírica del desarrollo civilizatorio. Con esto, el avance de la civilización se reduce a lo material, pero psicológicamente no existe avance alguno, no hemos salido aún de las cavernas. Tal tipo de avance no refleja sino nuestra chatura mental, resumida y reducida a lo tecnológico, a lo material. Somos dominados por la irracionalidad civilizatoria de la misma psíquis primitiva de la cual han surgido las eras culturales que conocemos. Las filosofías y las teorías de la historia no son más que ideas; el hecho es que a la fecha ha sido la misma mente ambiciosa y cruel la que ha creado la cultura humana y que hoy día se enseñorea desde su irracionalidad, toda vez que las consecuencias de su aplicación, manifiesta y evidentemente, contradicen sus declarados, y también velados, propósitos: se declara buscar la paz, pero se hace la guerra; se persigue la seguridad, pero se generan desequilibrios sociales y ambientales; se quiere abundancia, pero se crea escasez, etc.

            Las condiciones y consecuencias a las que culturalmente los seres humanos nos hemos sometido han generado crítica y contestación desde la intelectualidad. No obstante, todas las supuestas alternativas creadas por el pensar y el intelecto sólo nos han dado más de lo mismo, porque se ha desatendido absolutamente que la causa de los problemas de la cultura no son las abstracciones del pensamiento tales como “la sociedad”, “la economía”, “la política”, etc., sino que quienes creamos la cultura: nosotros mismos. La posibilidad de una verdadera transformación cultural requiere de una transformación de nosotros mismos, y para que ello a su vez sea posible se hace en principio necesario el conocimiento propio, el autoconocimiento, de manera que la creación de una nueva cultura sólo podrá tener lugar en la medida en que nos encaminemos en la comprensión de nuestra propia mente, descubriendo y superando las verdaderas causas de la desdicha humana. Una efectiva transformación cultural y una nueva cultura sólo comenzarán a ser realidad por nosotros mismos, sus creadores, y en este sentido una nueva cultura será la que tienda hacia ello, pues en esa nueva cultura los medios y el fin han de ser inseparables.