EL CAMINO DE LA MENTE

El camino que ha transitado la mente a través de toda la historia de la humanidad es el camino de la confusión, la división, la guerra interna y externa, el fraccionamiento, es en definitiva, el camino del conflicto, el cual se da en la práctica de la vida diaria entre nuestra infelicidad, el parloteo incesante de nuestra mente por un lado, y la búsqueda permanente de felicidad y paz mental por el otro.
La mente busca esta paz y felicidad mediante la teorización y el análisis permanente de su estado de infelicidad, deseando que acontezca el milagro que deposite la armonía como premio, más que merecido, en su interior. La intelectualización de lo que desea y quiere llegar a ser en el futuro, obnubila a la mente y la introduce en una confusión mayor, puesto que aumenta el conflicto ya que se contradice a sí misma entre lo que es (conflicto e infelicidad) y lo que desea llegar a ser (paz y felicidad).
La mente usa al intelecto para buscar los motivos y analizar los hechos que son los responsables de su infelicidad, con lo cual se enreda a sí misma formando un laberinto de culpas y seres responsables de su desdicha. Este laberinto está compuesto por un enmañaramiento de pensamientos, el cual, es la confusión.
La mente en lugar de ver esto, descartarlo en su totalidad y por completo, deduce que tiene que ordenarlo y, es ésta mente confundida y conflictuada, la que se plantea ordenar su desorden. ¿Puede una mente conflictuada, dividida, ansiosa, confundida, ordenarse a sí misma? ¿Cuál o cuáles son los elementos o las herramientas que tiene para usar y que le servirán para ordenarse a sí misma? ¿Existen estas herramientas dentro de la propia mente o es otro invento de ella?
Cuando la mente intenta ordenarse a sí misma lo hace con las mismas herramientas que armaron su conflicto: el pensamiento y el intelecto. La función de estos es argumentar, justificar, teorizar, analizar, por lo tanto el propio teorizador es lo teorizado. Pero al realizar esta actividad mental, intenta ver lo que está teorizando como algo separado, como algo independiente de ella, sin darse cuenta que lo que teoriza no puede ser diferente del teorizador. Si el ser humano pudiera ver el hecho que no existe diferencia alguna entre el sujeto que analiza (analizador) y el objeto analizado (la mente) o sea, él mismo, descubriría este juego eterno de la mente enredándose a sí misma en el laberinto de pensamientos (que presupone cualquier análisis con su cúmulo de argumentos sin fin), que sólo termina por alimentar el miedo y el parloteo incesante de la mente. El ver ese hecho le permitiría estar fuera de ese círculo vicioso eterno.
El conflicto que arma el intelecto surge cuando nosotros mismos no percibimos a la mente y creemos que lo que está analizando es independiente del analizador, tratándolo como algo separado; transmitiéndonos la sensación de que esa separación es posible.
La conciencia con todo su contenido, recuerdos, experiencias, conocimientos, teorías, doctrinas, dogmas, conclusiones, creencias y todo lo demás, ve que no puede (por más que lo intente) ser diferente e independiente de su contenido y que además, no puede desprenderse de ello por medio de una decisión intelectual, lo que la lleva a no saber qué hacer. Esta desesperación, es la que impulsa al hombre a buscar por fuera cualquier tipo de muleta intelectual o psicológica en la cual apoyarse; teoría, doctrina, dogma, creencia, ya que es incapaz de encontrar y comprender todo el proceso que vive en su interior, e intentar comprender por ella misma, sin algún tipo de autoridad.
La mente generalmente se enceguece con lo que adopta, teoría, doctrina, dogma, creencia, tratando de encontrar los objetivos de su vida; luego (ante las decepciones) trata de encontrar en el análisis general las respuestas y soluciones para las metas que se propuso alcanzar: paz y felicidad. Al pasar al análisis general, la mente vuelve a enredarse a sí misma debido al hábito costumbre que tiene consigo, por lo tanto, pone en práctica el auto-análisis pensando que por medio de éste encontrará el camino que la lleve a las metas que no pudo alcanzar por medio de las ideologías. Pero lo que sí encuentra es confusión y esto la lleva a sacar nuevas conclusiones que ella supone la sacarán definitiva y permanentemente de ese estado de conflicto.
Todas estas suposiciones la llevan a más confusión, porque la mente es incapaz de darse cuenta que la propia búsqueda de una meta, es tratar de convertir la vida en un punto fijo (observen que la meta, el objetivo, siempre es un punto fijo) y la vida por el contrario es un movimiento eterno, constante, dinámico, permanente. Ella nunca está estancada, quieta.
La mente no percibe que el movimiento que ella tiene no es el movimiento que tiene la vida. La mente en vez de tratar de seguir y comprender su movimiento llega a la conclusión, errónea por cierto, que parando ese movimiento y acabando con los componentes del ego y el miedo, obtendrá las metas de paz y felicidad. Aunque la mente lo haya intentado un sin número de veces, no concibe que no puede parar su propio movimiento y acabar con los componentes del ego y el miedo por medio del propio pensamiento, lo cual termina siendo su eterno deseo intelectual. La mente no comprende (y nunca se termina de convencer) que la no-intervención intelectual y el seguir con un atento mirar su propio movimiento, hace surgir la comprensión directa, instantánea, y en esa comprensión está la paz y la felicidad.
Como hemos visto, el camino que ha transitado la mente es el camino del conflicto, traducidos éstos en sus propios enredos mentales.
Esteban Sciola: ¿A qué se llama atento mirar?
R: Al observar los movimientos de la mente en su pensar, sin juicios de valor o morales, sin condenar los pensamientos. Sólo verlos. Tampoco debemos desear que ellos se vayan o se queden.
Es totalmente intrascendente juzgar los pensamientos, puesto que quien juzga o condena es él mismo que los piensa y ésta es la demostración de que el teorizador es la teoría y no algo separado e independiente de él. Lo cual, a su vez determina que toda condena o juicio de valor sean ejecutados de acuerdo a los intereses intelectuales, conceptos culturales, prejuicios sociales, que tenga el teorizador y esto es lo que hace a este tipo de condena algo totalmente intrascendente. Por lo tanto en todo juicio y condena, sobre los propios pensamientos, nunca hay ni existe una mente imparcial.
Adrián Liberman: La propia mente que arma el conflicto también desea desarmar el conflicto pero, al intentar esto se enreda más. ¿Tiene alguna herramienta específica que pueda usar para liberarse del eterno conflicto que la perturba?
R: Sí, la percepción. La memoria por medio de la acción de la intelectualidad crea el conflicto y luego intenta resolverlo con la misma herramienta que armó el conflicto: el pensamiento. La mente al examinarse a sí misma, encuentra nueva información que la acumula con el registro de nuevo conocimiento, lo cual será utilizado por el intelecto nuevamente para sus nuevas especulaciones y análisis eternos.
Verónica Liberman: ¿Qué es la percepción?
R: La percepción es aprender sin acumular información en la memoria, es captar instantáneamente, es comprender directamente, sin retener lo percibido como un dato más a ser procesado en la memoria. La percepción es ver sin juzgar, sin condenar, lo cual nos permite comprender el hecho desnudo, comprender el hecho en sí mismo sin connotaciones intelectuales, ni juicios de valor. Percepción es: comprensión desnuda, comprensión instantánea, comprensión directa, comprensión súbita.
Ofelia Hernández: La mente ha escrito el camino del conflicto en la historia humana ¿Quién o qué ha escrito el camino del amor en esa misma historia?
R: Nadie.
O.H.: ¿Nadie?
R: La historia humana ha sido una historia de luchas, conflictos, guerras, invasiones, derramamiento de sangre y, esa historia fue escrita y realizada por la mente con sus ambiciones, celos, orgullos, vanidades, doctrinas, teorías, creencias, dogmas, nacionalismos. La historia humana por lo tanto es la historia del conflicto, tanto interna como externamente y mientras el hombre no comprenda a su propia mente y a sí mismo, jamás podrá agregar a esa historia el capítulo del amor. Por el momento, como podemos comprobar, estamos muy lejos de ese lápiz llamado corazón que es el encargado de escribir esa historia.
E.S: ¿Qué se puede hacer?
R: ¿Usted desea hacer algo con respecto a los demás o desea hacer algo consigo mismo?
E.S: A mí me gustaría hacer algo conmigo y con los demás.
R: ¿Qué haría usted consigo mismo y que haría para los demás?
V.L: Eso es lo que todos quisiéramos averiguar pero no lo sabemos.
O.H: En realidad creo que ese es el deseo de todo ser humano bien intencionado, pero no sabemos cómo empezar a trabajar con nosotros, por lo tanto, el hacer algo por los demás sólo queda en el ámbito de las buenas intenciones.
R: Lo cual es igual a nada ¿verdad? El tener deseos o buenas intenciones de querer mejorar a los demás y, por lo tanto, al mundo. En primer lugar es utópico cuando no se sabe qué hacer con uno y, en segundo lugar, es peligroso porque nos encontramos en el filo de la navaja, al quedar predispuestos para unirnos a cualquier creencia o secta religiosa o a algún partido político o crear nuestras propias propuestas que más nos agraden, identificándonos con ellas de acuerdo a nuestros propios deseos, inclinaciones sentimentales o connotaciones intelectuales. Las doctrinas y creencias sólo han servido para dividir al mundo, no para unirlo y si nosotros inventamos una nueva doctrina o nos plegamos a alguna de ellas, estamos colaborando con el conflicto que ellas han mantenido durante toda la historia humana. Quizás, y por razones muy específicas que hoy desconocemos, las creencias y las doctrinas en algún momento de la historia humana pueden haber sido necesarias, pero hoy es el momento de sepultarlas y de tirarlas al tarro de la basura porque han demostrado su inutilidad y fracaso como tablas de salvación para sacar al hombre de la crisis en que se encuentra.
Lo primero que deben hacer es ver dentro de ustedes mismos quién causa el conflicto, tanto interna como externamente. Verán que es la mente con sus mecanismos, esquemas y estructuras que fueron formadas por la tradición, la cultura, la educación, la política, la propaganda, o sea la sociedad. Una vez visto esto, la mente tratará de acabar con el miedo; tratará de acabar con los celos, la envidia, la vanidad, el odio, el rencor y todo lo demás; porque deducirá que terminando con todo esto, que es la razón de su sufrimiento, obtendrá la paz y la felicidad tan añorada. Lo que la mente hará a continuación, será empezar a buscar la fórmula secreta que sea capaz de extirpar todo esto de su vida. Como esa fórmula no existe, lo que terminará haciendo será pensar, pensar y pensar, en la supuesta fórmula, creando así un conflicto supuestamente nuevo, que se resume en tratar de resolver y solucionar su desorden.
El insistir en este viejo y antiguo mecanismo evidentemente cansará a la mente y al analizador (que son lo mismo) terminando por sacar como conclusión final que, el auto-conocimiento tampoco es el camino para encontrar su solución, para salir de su confusión, para salir de su crisis.
Todo lo que uno puede hacer es seguir el movimiento de la mente, el movimiento del intelecto, sin pretender y sin desear que eso se acabe, se termine, porque el propio deseo de finalización se convierte en el nuevo deseo a ser satisfecho y, por lo tanto, en la nueva fuente de sufrimiento; porque además es básico el saber que no se puede extirpar nada intelectualmente de la vida, de modo que pretender acabar con ello es, además de ilusorio, estúpido. Lo que sucede con nuestro vivir, al comprender, es la ausencia del miedo; simplemente no interviene en nuestro vivir, pero esto no significa que hayamos acabado con él, puesto que es una conformación psicológica, no física. Con una entidad física podemos acabar pero no con una entidad psicológica.
La alerta permanente y desnuda, exenta de cualquier opinión ya sea a favor o en contra, es la que nos permite ver la causa de nuestro conflicto, de la perturbación, del parloteo incesante de la mente. Esto requiere de toda nuestra energía, de toda nuestra vitalidad, de toda nuestra pasión y de una gran inteligencia.
V.L: No está claro ¿Qué es lo que causa el sufrimiento? Podemos ver eso.
R: El sufrimiento es causado por el hábito de transformar todos los hechos en ideas
V.L: ¿Qué significa cuando habla del hecho y de la idea?
R: Por un lado existe el hecho, que en sí mismo no causa celos, por ejemplo…
V.L: ¿Cómo no? Si yo veo a mi marido con una mujer, eso me causa celos.
R: Por supuesto. Pero ¿cómo se llega a tener celos? Existe el hecho, de que su marido está con otra, ese es el hecho. Cuando a ese hecho se le introduce las ideas de lo que significa el ser suplantada, que haya elegido a otra, el pensar en el abandono, que ama a otra y no la ama más a usted, la sensación de soledad, el pensar en que no es más amada y todo lo de más, es lo que le causa celos.
V.L: Eso significa que los celos ¿no son un hecho?
R: Eso es otra cosa. Una vez que hemos introducido las ideas de no sentirnos amados, únicos, exclusivos, aceptados total y absolutamente por el otro, sin tener que competir nunca con nadie, entonces los celos se estampan y se establecen en nosotros. A partir de aquí los celos pasan a ser un nuevo hecho en nuestro vivir pero, lo hemos inventado nosotros. Todo este enjambre, producido por el miedo, evidentemente que me hace sufrir, pero para trascender los celos debo acostumbrarme a ver los hechos tal cual ellos son, sin introducirles las ideas que terminan haciendo que me sienta ofendido, rechazado, desplazado, porque es esto lo que me hace sufrir. El hecho es que su marido se ha ido con otra, lo demás son ideas sobre ese hecho.
V.L: O sea que los hechos nunca nos pueden hacer sufrir si nosotros no introducimos las ideas.
R: Así es.
V.L: ¿De qué manera uno puede ver los hechos sin introducir ideas?
R: Observando el movimiento y el mecanismo de la mente con todo su contenido. La mente ve el hecho e instantáneamente sin existir espacio de tiempo alguno, introduce las ideas que han sido preconcebidas por el miedo. Por lo tanto, el hecho y la idea se encuentran ligadas, van juntas, existen unidas y son dependientes el uno de la otra. De manera que lo primero que debemos observar es este mecanismo para luego poder ver el hecho, sin introducir ninguna idea.
V.L: Qué pasa si uno se empieza a acostumbrar a ver los hechos sin introducir ideas ¿eso no lo vuelve a uno un poco indiferente o insensible?
R: Es al revés. Por ser justamente indiferentes e insensibles es que introducimos en nuestra vida este mecanismo y esta forma de ver la vida, lo cual es nada más que posesión, deseo, ambición. Si realmente fuéramos sensibles, jamás habríamos dado origen al miedo y al egocentrismo, que lo único que realiza es vivir exclusivamente para sí mismo ¿Esto es sensibilidad? ¿Esto no es indiferencia? Sólo vivimos para nosotros mismos, hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos. Siempre, en definitiva, es para alimentar nuestro miedo y nuestro ego, o sea, vivimos para nuestro egoísmo. La tradición, la cultura, la sociedad en definitiva, ha cambiado tanto los valores y nos ha convencido que lo normal es lo anormal y que las virtudes son defectos, que hemos llegado a ver la locura que llevamos dentro como sinónimo de sensibilidad y preocupación
Para poder ver los hechos tal cual ellos son, debemos tener un estado permanente de sensibilidad porque si no es así, la mente introduce la teoría (la idea) con el fin de forzar a los hechos a ser como ella quisiera que fueran. La mente se vuelve completamente insensible porque vive exclusiva, única y absolutamente (24 horas al día, 365 al año y por todo el resto de la vida) preocupada de su seguridad personal, intentando protegerse, cuidarse, defenderse, con el fin de que no sea herida, dañada y esto hace que se vea obligada a llenar la memoria de argumento, teorías, creencias, auto-consideraciones, lo cual no la deja ser libre y sólo las mentes libres pueden ser sensibles; no así las mentes preocupadas de sí mismas.
V.L: O sea que la mejor manera de auto-engañarnos es la indiferencia.
R: Por supuesto. Así es.
V.L: ¿Qué pasa si uno acostumbra a su mente a ser indiferente a los hechos de la vida?
R: Se es insensible. Confundimos preocupación con análisis, con interpretación. Si uno la acostumbra premeditadamente, entonces está perdido porque caerá en el conformismo, la insensibilidad, la resignación, lo cual la convierte en zombi… vive de animismo.
V.L: Lo que dice realmente es peligroso si no se entiende bien, si uno sólo escucha las palabras y se queda en el ámbito verbal nada más, porque luego interpretamos de acuerdo a nuestro condicionamiento
R: Toda interpretación es peligrosa, por eso uno no debe interpretar las palabras porque las palabras nunca serán la cosa descrita. Las palabras sólo sirven para comunicarnos. Con cualquier interpretación que hagamos, corremos el riesgo de terminar mintiéndonos con la verdad.
V.L: ¿Cómo se da en nosotros el mentirse con la verdad?
R: Cuando entendemos algo intelectualmente, pero no es realidad dentro nuestro…
V.L: …pongamos un ejemplo. Yo digo que entiendo cómo funcionan los celos en mí. En ese caso sería como mentirse con la verdad.
R: Porque esa comprensión sólo se da en el ámbito intelectual. Cuando la vida trae un hecho que se relaciona con el peligro de perder lo que se posee, surgen los celos y todo el malambo mental (risas) que ello involucra. Por lo tanto, por un lado está toda la comprensión intelectual de los celos, el cómo, el cuándo y el porqué ellos existen y lo que ellos son, pero en la práctica de la vida diaria toda esa comprensión no sirve para nada porque nos siguen perturbando igual que cuando no comprendíamos nada. Eso es mentirse con la verdad.
El comprender intelectualmente, cualquier cosa de nuestro vivir, no significa el estar libre de ello.
V.L: Eso quiere decir que no podemos ir trascendiendo nuestros condicionamientos gradualmente.
R: No, no se puede. Si es gradualmente no hay trascendencia. Gradualmente significa evolución y la evolución sólo existe en la dimensión física, biológica, pero no en el ámbito psicológico.
V.L: Quisiera terminar de examinar lo anterior. La mente está acostumbrada, cuando entiende algo intelectualmente y tiene cierto estado de tranquilidad a decir, tal cosa yo ya la supere o la trascendí.
R: La mente siempre está detrás de algo que sea permanente y es por eso que hace auto-afirmaciones tratando de auto-convencerse de todo aquello que desea se convierta en verdad. No existe la superación de algo o el poder cortar algo. Lo que se denomina como trascender la mente, es a la comprensión de su mecanismo, a la comprensión de su movimiento, a la comprensión de su juego. La comprensión del contenido de la mente con todos sus trucos, es a lo que se denomina trascendencia.
V.L. Esto de conocer la mente ¿no tiene un final?
R: No existe un final
V.L: Si no existe un final ¿qué es lo que se puede hacer?
R: Lo único que podemos hacer es estar alertas, despiertos, para no introducir ideas ante los hechos que la vida nos trae. Observemos esto: cada vez que introducimos ideas a un hecho nos vemos impelidos a tener que elegir y esa elección nace, inevitablemente de nuestro conflicto, lo cual nos lleva a vivir siempre en los vaivenes de la dualidad y dividimos nuestra mente, la fraccionamos, la partimos en dos, de suerte que lo que elijamos será nada más que la continuación de nuestro conflicto y, por lo tanto, engrandecerá nuestra división interna y nuestra confusión, dando nacimiento al sufrimiento subsiguiente.
V.L: Supuestamente la iluminación es el fin de la mente, es el fin del ego y del miedo. Si la mente alcanza este estado ¿No es eso el fin de algo?
R: Lo que se denomina fin de la mente, fin del miedo, es nada más que una forma de poder comunicar el hecho, de que a partir de ese estado de iluminación, tanto la mente como el miedo, con todo su contenido de envidia, vanidad, celos antipatías, odios, etcétera, y el contenido de la conciencia, recuerdos, experiencias, conclusiones y todo lo demás, ya no interferirán más en nuestra mente y, por lo tanto, en nuestro diario vivir. O sea, la mente parlanchina está ausente. A esta ausencia, se le llama fin de la mente. Es la ausencia de aquella mente que nosotros conocemos, aquella mente que no tiene paz, armonía, etcétera.
Lo que debemos comprender es que, la iluminación no es un punto fijo que acaba o termina con todo aquello que le es desagradable a la mente. La iluminación es simplemente comprender todo el embrollo, el conflicto que arma la mente. La propia comprensión de esto, es la iluminación. Si la iluminación fuera un punto fijo, estático sería el fin de todo y en realidad es el principio del vivir total e íntegramente.
La iluminación es nada más que comprender. La mente es la que busca puntos fijos porque así los convierte en metas a alcanzar, y considera que una vez que llegue, acabará con todo lo que le desagrada y, por lo tanto, no sufrirá más.
Estas proyecciones las realiza por su eterna búsqueda de seguridad, lo cual la lleva a vivir en la eterna inseguridad, porque la propia búsqueda de una seguridad permanente (que no existe) la hace ingresar en la desesperación al no encontrarla.
De manera que se llama fin de la mente, fin del ego, fin del miedo, al estado mental donde el conflicto no está presente.
V.L: O sea que el conocerse a sí mismo es…
R: …es descubrir y comprender el miedo y la imagen que éste se encarga de formar sobre nosotros mismos y cómo la mente vive para alimentar permanentemente ese estado de insatisfacción que exige de los demás, la demanda permanente a ser reconocido, alabado, amado, tomado en consideración, sin preocuparnos por dar lo mismo que exigimos.
V.L: La última pregunta ¿La realidad está fuera de la mente?
R: La realidad no está ni fuera ni dentro de la mente. Lo que la mente hace es interpretar esa realidad de acuerdo a sus condicionamientos y es, a partir de esa interpretación, que se separa de la realidad. Cuando la mente le agrega ideas a los hechos, ideas a la realidad, es cuando se separa del hecho, es cuando se separa de la realidad.
Ahora vean la realidad y el hecho que muestra esa realidad y ello es que mientras ustedes no se comprendan a sí mismos, es totalmente vano que intenten hacer algo por los demás, ya que ello será única y exclusivamente deseos e ideas nacidas de vuestra propia confusión, con lo cual sólo aportarán más conflicto a la historia de la humanidad, porque todas ellas nacerán del camino que ha transitado la mente humana: el conflicto.
O.H: Usted habla de conocerse a sí mismo y de comprenderse a sí mismo ¿existe alguna diferencia?
R: En realidad no, pero prefiero usar el comprenderse a sí mismo antes que el conocerse, por lo que involucra y por la connotación que tiene la palabra conocimiento. Para nosotros y para todo el mundo es sinónimo de acumular, guardar en la memoria, y eso es factible sólo en el mundo práctico y científico pero, como el aprendizaje de la vida se da en el campo perceptivo, en ese campo no se debe guardar nada y esto es por una muy sencilla razón: no podemos aprendernos la vida de memoria y si así lo hacemos o lo hiciéramos, no nos sirve para nada porque no podemos vivirla de memoria; es imposible. Pero además no debemos guardar nada (recuerdos, experiencias, etc.) por la sencilla razón de que esa es la fuente en donde la mente busca los recuerdos y los argumentos del pasado para armar el sufrimiento. Por eso de ahora en más usaré la palabra comprenderse a sí mismo como sinónimo de aprender sin acumular en la memoria.
A.L: ¿Qué hay de malo en acumular?
R: No hay nada de malo ni de bueno, sólo que si en la memoria intelectual, sentimental, emocional, acumulamos experiencias, recuerdos, conclusiones, teorías, creencias, suposiciones, opiniones, juicios, imágenes psicológicas de los demás, etc., nuestra mente y nuestro vivir serán caos y conflicto inevitablemente. La acumulación de información en la memoria la debemos realizar sólo con respecto a las cosas prácticas, técnicas, científicas, pero no en la dimensión psicológica porque nos construirá un lastre de cicatrices y de imágenes mentales, las cuales determinarán la manera que tengamos de ver la vida.
E.S: Cuando uno acumula, asocia los hechos con las ideas…
R:…No, no. Cuando uno ya acumuló la información en la memoria, uno deja de asociar hechos con ideas, puesto que la acumulación son puras ideas, por lo tanto, lo que se asocia son ideas con ideas. Ahora, cuando la vida nos trae un hecho, es ahí que utilizamos las ideas guardadas para asociarlas con el hecho.
E.S: Sí, es así y, en esa asociación uno busca encontrar la forma o la fórmula para acabar con ello, para acabar con el proceso de asociación ¿Qué se puede hacer?
R: ¿Por qué cree que puede hacer algo?
E.S: Porque sino estamos perdidos…
R: Observen que el deseo de querer hacer algo involucra esfuerzo, voluntad, lo cual inevitablemente se transformará en una técnica, en un método lo que a su vez significa tiempo, “mañana lo alcanzaré”, futuro y todo eso. Ahora, si cuando estamos asociando ideas nos damos cuenta de lo que estamos haciendo, ello se acaba, el proceso de asociación se detiene y este, es un acto de la inteligencia, lo cual no involucra ningún esfuerzo ¿verdad? No involucra ningún tiempo, es instantáneo, es súbito, es directo. Todo lo que realiza la memoria es gradual, evolutivo, paso a paso, y esto sólo es necesario para ir de aquí hasta allá, para aprender a conducir, un idioma, etc., pero no para aprender sobre nosotros mismos.
E.S: ¿Qué pasa cuando la mente está habituada a asociar?
R: Si la mente ya tiene incorporado este hábito costumbre, nos será más fácil poder ver que nada se puede hacer con respecto a ello, lo cual significa no intervenir. Todo lo que podemos hacer es observar, mirar, estar atentos al mecanismo de nuestro pensar, y es en éste ver, donde no debemos intervenir con nuestros juicios de valores (bueno, malo, etc.) ni tampoco introducirle categorías (positivo, negativo, virtuoso, defectuoso) ni corrección alguna, es simplemente ver sin elección, es un vigilar sin elección o juicio alguno. Si a este observar le queremos llamar “hacer algo” pues entonces hagamos algo… observemos, miremos, veamos sin juzgar. Alguien dijo por ahí, hace ya mucho tiempo, no juzguéis. Todavía no lo hemos aprendido ni siquiera con respecto a nosotros mismos… ¡ni qué hablar con respecto a los demás!
A.L: ¿Se necesita alguna característica especial para llevar a cabo este observar sin intervenir?
R: Sí. Ser serios con la vida y el vivir.
O.H: ¿A qué llama ser serios con la vida?
R: Al acto de investigar, no así al acto de aceptar ciegamente lo que otro dijo. Cuestionen todo, pongan todo en duda con el fin de averiguar por ustedes mismos lo verdadero y lo falso del mundo, de nuestro vivir y de la vida. Nos acepten, ni crean, de buenas a primera lo que digan otros. Ni siquiera acepten esta conversación, cuestiónenla, investiguen, vean por ustedes mismos. Es muy liviano y cómodo el aceptar ciegamente lo que otros dicen o afirman. Investíguenlo por ustedes mismos y confirmen lo verdadero o lo falso por su propio vivir, debido a su propia indagación.
Investigar significa el descubrirse a sí mismo: los hábitos, las costumbres y la forma de nuestro pensar , de actuar, de sentir, de reaccionar, de amar que tenemos y, si pudiéramos ser serios en esta acción, produciríamos en nosotros una insurrección de la mente convencional y esto se transforma en un cambio total de la conciencia humana.
V.L: ¿Esto también es el camino de la mente?
R: No. Esto es el camino del vivir… el cual no tiene caminos.
El camino del vivir consiste simplemente en vivir sin ninguna diagramación interna o externa premeditada, es simplemente ser como los niños; vivir sin creencias, teorías, doctrinas, dogmas políticos o religiosos, argumentos, justificativos y todo lo demás. Vivir es simplemente vivir y eso no es un camino.

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