ECOLOGÍA:Filosofía y Ciencia – II

Volvamos a la noción de ecosistema. El ecosistema significa que, en un medio dado, las instancias geológicas, geográficas, físicas, climatológicas (biotopo) y los seres vivos de todas clases, unicelulares, bacterias, vegetales, animales (biocenosis), inter-retro-actúan los unos con los otros para generar y regenerar sin cesar un sistema organizador o ecosistema producido por estas mismas inter-retro-acciones. Dicho de otro modo, las interacciones entre los seres vivientes son, no solamente de devoración, de conflicto, de competición, de concurrencia, de degradación y depredación, sino también de interdependencias, solidaridades, complementariedades. El ecosistema se auto-produce, se autorregula y se auto-organiza de manera tanto más notable cuanto que no dispone de centro de control alguno, de cabeza reguladora alguna, de programa genético alguno. Su proceso de autorregulación integra la muerte en la vida, la vida en la muerte. Es el famoso ciclo trófico en el cual, efectivamente, la muerte y la descomposición de los grandes predadores alimentan no sólo a animales carroñeros, no sólo a una multitud de insectos necrófagos, sino también a bacterias; éstas van a fertilizar los suelos; las sales minerales procedentes de las descomposiciones van a alimentar a las plantas a través de las raíces; éstas mismas plantas van a alimentar a los animales vegetarianos, los cuales van a alimentar a los animales carnívoros, etc. De este modo, la vida y la muerte se sustentan la una a la otra según la formula de Heráclito: «Vivir de muerte, morir de vida». Es necesario maravillarse de esta asombrosa organización espontánea, pero es también preciso no idealizarla, pues es la muerte quien regula todos los excesos de nacimientos y todas las insuficiencias de alimento. La Madre Naturaleza es al mismo tiempo una Madrastra.

Podemos preguntarnos si los ecosistemas no son una especie de  computers, ordenadores salvajes que se crean espontáneamente a partir de las inter-computaciones entre los vivientes, los cuales (bacterias, animales) son todos seres cuya organización comporta siempre una dimensión computante y su actividad una dimensión cognitiva. Incluso las plantas poseen estrategias; algunas, por ejemplo, se esfuerzan en luchar unas contra otras por el espacio y la luz; así, los rábanos secretan unas sustancias nocivas para alejar a las otras plantas de su vecindad; los árboles se empujan en los bosques para buscar el sol; las flores disponen de estrategias para atraer a los insectos libadores. Existen incesantes fenómenos de intercomputaciones y de intercomunicaciones que, a mi parecer, establecen una entidad computante global. Al igual que el mercado económico es una especie de ordenador numérico espontáneo nacido de miríadas de cálculos  y computaciones individuales, que regula retroactivamente estos cálculos y computaciones, del mismo modo las intercomputaciones entre los seres vivientes crean una especie de supercomputación (no numérica) que regula las mismas interacciones.

Ésta es la única forma de comprender porqué son tantas las flores que, comenzando por las orquídeas, utilizan estrategias de atracción, de adorno, de seducción para con los insectos, de manera que éstos vengan a libar su polen, y de comprender también porqué los mismos insectos acudan a estas plantas. Muchas complementariedades podrían comprenderse concibiendo el ecosistema como una especie de ser natural espontáneo, con miles de millones de cabezas, de miembros, que se alimenta devorándose a sí mismo. Tal vez ocurre lo mismo en la biosfera, ecosistema supremo que contiene y engloba los ecosistemas de nuestro planeta. De todos modos, las nociones de ecosistema y de biosfera son extremadamente ricas y complejas e introducen sus riquezas y sus complejidades en la idea, hasta ahora solamente romántica, de Naturaleza.

Hasta una época reciente, todas las ciencias recortaban arbitrariamente su objeto en el tejido complejo de los fenómenos. La ecología es la primera ciencia que trata del sistema global constituido por constituyentes físicos, botánicos, sociológicos, microbianos, cada uno de los cuales depende de una disciplina especializada. El conocimiento ecológico necesita una poli-competencia en estos diferentes dominios y, sobre todo, una aprehensión de las interacciones y de su naturaleza sistémica. Los éxitos de la ciencia ecológica nos muestran que, contrariamente al dogma de la híper-especialización, hay un conocimiento organizacional global, que es el único capaz de articular las competencias especializadas para comprender las realidades complejas. Además, el diagnóstico de un mal ecológico apela, no a una acción destructora sobre un blanco, sino a una acción  reguladora sobre una interacción; así, se interviene ecológicamente contra un patógeno, no mediante el empleo masivo de pesticidas que, para destruir la especie considerada como nefasta, van a destruir la mayoría de las otras especies, sino mediante la introducción en el medio de una especie antagonista a la especie peligrosa, lo que va a permitir regular el ecosistema amenazado.

Estamos, pues, en presencia de una ciencia de nuevo tipo, sustentada sobre un sistema complejo, que apela a la vez a las interacciones particulares y al conjunto global, que, además, resucita el diálogo y la confrontación entre los hombres y la naturaleza, y permite las intervenciones mutuamente provechosas para unos y otra.