ECOLOGÍA Filosofía y Ciencia IV

Para comprender nuestra situación, tomaré la parábola del matemático Spencer-Brown. El decía, poco más o menos: «Supongamos que el universo quisiera tomar conciencia de sí mismo. ¿Qué haría? Pues bien, el universo estaría obligado a desgajar de sí mismo una especie de pedúnculo, una especie de tentáculo que alejaría de manera que pudiese mirarse a sí mismo. Pero, en el momento en que este brazo se aleja, en que la extremidad de este brazo se vuelve sobre el universo para mirarlo, deja de formar parte de él verdaderamente y se le vuelve extraño. Así, el universo fracasa en conocerse ahí donde ha tenido éxito; en el momento en que ha logrado conocerse, es demasiado tarde: el que lo conoce se ha autonomizado de él, de alguna manera.» Esta parábola traduce nuestra situación. Algunos han pensado definir al hombre por la disyunción y oposición a la naturaleza; otros han pensado definirlo por integración en la naturaleza. Ahora bien, debemos definirnos a la vez por la inserción mutua y por nuestra distinción con respecto a la naturaleza. Vivimos esta paradójica situación.

Hemos llegado al momento histórico en que el problema ecológico nos demanda tomar conciencia a la vez de nuestra relación fundamental con el cosmos y de nuestra extrañeza. Toda la historia de la humanidad es una historia de interacción entre la biosfera y el hombre. El proceso se intensificó con el desarrollo de la agricultura, que ha modificado profundamente el medio natural. Cada vez más, se ha creado una especie de dialógica (relación a la vez complementaria y antagonista) entre la esfera antroposocial y la biosfera. El hombre debe dejar de actuar como un Gengis Jan del arrabal solar. Debe considerarse, no como el pastor de la vida, sino como el copiloto de la naturaleza. Desde ahora, la conciencia ecológica requiere un doble pilotaje: uno, profundo, que viene de todas las fuentes inconscientes de la vida y del hombre, y otro, que es el de nuestra inteligencia consciente.