Autococimiento: CHILE ¿EDUCACIÓN DE CALIDAD? XIII


LA EDUCACIÓN DE CALIDAD ¿APUNTA A LA PAZ MUNDIAL? I

Para descubrir que papel desempeñará la educación en la presente crisis mundial, debemos entender cómo ha ocurrido. Es evidentemente el resultado de los falsos valores en nuestras relaciones con la gente, con la propiedad, con la codicia y con las ideas. Si nuestras relaciones con otros se basan en el propio engrandecimiento, en el particular egoísmo y sí nuestra relación con la propiedad es adquisitiva, la estructura de la sociedad tiene que ser de competencia y de propio aislamiento individualista. Si en nuestra relación con las ideas justificamos una ideología en oposición a otra, los resultados inevitables son la mutua desconfianza y la mala voluntad.

Otra causa del presente caos es la dependencia del monetarismo, del lucro financiero ocioso y de la autoridad, de los líderes, ya sea en la vida diaria, en una pequeña escuela o en la universidad. Los líderes y su autoridad son factores determinantes en cualquier cultura. Cuando seguimos a otro, no hay comprensión, sólo temor y sometimiento, que eventualmente conducen a la crueldad del Estado totalitario, de la falsa democracia y al dogmatismo economicista o de una religión organizada.

Tener confianza en los gobiernos, buscar en las organizaciones y autoridades la paz que debe empezar por la comprensión de nosotros mismos, es crear nuevos y más complicados conflictos; y no puede haber felicidad duradera mientras aceptemos un orden social en el que hay lucha sin fin y antagonismo entre los hombres. Si queremos cambiar las condiciones existentes, tenemos que empezar por transformarnos nosotros mismos, lo cual significa que debemos comprender nuestras acciones, pensamientos y sentimientos en la vida diaria.

Pero nosotros realmente no queremos paz, no queremos poner fin a la explotación, al abuso, a la ambición, al lucro. No permitimos que nadie intervenga con nuestra avaricia, ni que se alteren los cimientos de nuestra estructura social elitista del presente; queremos que las cosas continúen como están, con sólo modificaciones superficiales, y así los poderosos, los astutos, inevitablemente gobiernan nuestras vidas.

La paz no se alcanza por medio de ninguna ideología; no depende de ninguna legislación; sólo vendrá cuando nosotros, como individuos, comencemos a entender nuestros propios procesos psicológicos. Si evitamos la responsabilidad de actuar como individuos y esperamos que algún nuevo sistema establezca la paz, nos convertiremos simplemente en esclavos de este sistema.

Cuando los gobiernos, los “mercados”,  los dictadores, las grandes empresas y el clericalismo político poderoso, comiencen a ver que este creciente antagonismo entre los hombres sólo conduce a la destrucción general, y que por lo tanto ya no es provechoso, entonces nos podrán obligar por medio de legislación u otros métodos compulsivos, a reprimir nuestros anhelos y ambiciones personales y a cooperar al bienestar de la humanidad. Así como ahora nos educan y estimulan para competir sin misericordia, nos obligarán luego al mutuo respeto y a trabajar por la nación y para la totalidad del mundo.

Y aunque estemos todos bien nutridos, vestidos y guarecidos, no esteremos libres de nuestros conflictos y antagonismos, que únicamente habrán cambiado de plano donde serán todavía más diabólicos y devastadores. La única acción moral o justa es la voluntaria, y solo la comprensión puede traer paz y felicidad al hombre.

Las creencias, las ideologías y las religiones organizadas, nos colocan frente a nuestros vecinos. Hay conflicto no sólo entre las sociedades distintas, sino también entre los grupos dentro de la misma sociedad. Debemos darnos cuenta de que mientras nos identifiquemos con un país, mientras nos aferremos a la seguridad, mientras estemos condicionados por los dogmas políticos o religiosos, habrá lucha y miseria dentro de nosotros y en el mundo.

Luego tenemos el problema total del patriotismo. ¿Cuándo nos sentimos patriotas? No es evidentemente una emoción de todos los días. Pero se nos estimula cuidadosamente a ser patriotas por medio de los libros de texto, de los periódicos y de otros canales de propaganda, que estimulan el egoísmo racial mediante el elogio de los héroes nacionales y diciéndonos que nuestro país y nuestro modo de vida son mejores que los otros. Este espíritu patriótico nutre nuestra vanidad y el odio clandestino contra las demás naciones, desde la infancia hasta la vejez.

La aseveración, constantemente repetida, de que pertenecemos a un determinado grupo político o religioso, de que somos de esta nación o de aquella, halaga nuestro pequeño ego, lo infla como la vela de una embarcación, hasta que nos sentimos dispuestos a matar o a morir por nuestro país, nuestra raza, o nuestra ideología. Es todo tan estúpido y antinatural. Indudablemente los seres humanos son más importantes que los linderos nacionales o ideológicos.

El espíritu separatista del nacionalismo se está extendiendo como el fuego por todo el mundo. Se cultiva el patriotismo y se explota hábilmente por los que buscan más expansión, más amplio poder, más grandes riquezas; y cada uno de nosotros participa en este proceso porque también deseamos estas cosas. La conquista de otras tierras y otros pueblos provee nuevos mercados para el comercio, como también para las ideologías políticas y religiosas.

Uno debe ver todas estas expresiones de violencia y antagonismo con mente libre de prejuicios; es decir, con mente que no se identifica con ningún país, ninguna raza o ideología, sino que procura hallarla verdad. Hay gran gozo en ver una cosa con claridad, sin la influencia de las ideas o instrucciones de otros, ya sea del gobierno, de los especialistas o de los grandes intelectuales. Una vez que veamos realmente que el patriotismo es un obstáculo para la felicidad humana, no tenemos que luchar contra esta falsa emoción en nuestro ser; nos habrá abandonado para siempre.

El nacionalismo, el espíritu patriótico, la conciencia de clase y raza, son todas expresiones de nuestra arrogancia y egocentrismo, y por lo tanto, separativas. Después de todo, ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que viven juntos por razones económicas y de propia protección? Del miedo y de la adquisitiva defensa propia nace la idea de “mi país”, son sus fronteras y barreras tarifarias que hacen imposible la hermandad y la unidad del hombre.

La ambición, el deseo de ganancia y de posesión, el anhelo de identificación con algo superior a nosotros, crea el espíritu de nacionalismo, y el nacionalismo engendra la guerra. En todos los países, el gobierno, estimulado por la religión organizada, sostiene el nacionalismo y el espíritu separatista. El nacionalismo es una enfermedad, y no podrá jamás realizar la unidad mundial. No podemos alcanzar la salud mediante una enfermedad, tenemos primero que libertarnos de la enfermedad.

CONTNÚA MAÑANA…