Feminismo vs. Neoliberalismo

EL RACISMO QUE SUBYACE EN LA IDEOLOGÍA DOMINANTE AFECTA A CIVILIZACIONES ENTERAS QUE SE RESISTEN A LA IDEA DE QUE SU ACCESO A LA MODERNIDAD DEBERÍA PASAR POR SU ANIQUILAMIENTO COMO TALES….

Un espíritu de mudanzas flota en el aire de las nuevas acciones e ideas que, desde todos los horizontes del mundo, se levantan para responder al neoliberalismo globalizado. Y es que justo cuando parecía que se estaba homogeneizando la impotencia, resurge el pensamiento crítico, como un recurso inapelable para imaginar un nuevo mundo y actuar para cambiar el presente.

Lo novedoso de esto es, sin ninguna duda, la tentativa de romper con los sectarismos y levantar espacios abiertos, para poner en común las ideas alternativas, debatirlas y apostar por un devenir plural, que coloque la diversidad como un principio ético e inclusivo de la mil veces mentada: globalización solidaria.

Así, si el siglo nació en medio de una evidente agudización de las crisis que genera el neoliberalismo, es innegable que lo hizo también en medio de una procura de sinceramiento de múltiples fuerzas sociales, que están colocando firme y fuerte la necesidad de cambiar el paradigma del capital por uno de humanidad.

Uno de los actores de este proceso es el movimiento feminista, el mismo que surgió, creció y tomó fuerza cuestionando las relaciones de poder entre los géneros, sustentando la necesidad de cambiar de paradigma, y colocando esto al centro de múltiples y descentralizadas prácticas que llevaron a lograr lo que hace apenas un siglo parecía imposible: la obtención de derechos universales para las mujeres. Así, si este enfoque no es novedoso para el feminismo, sí lo son los nuevos desafíos.

Pues, la globalización neoliberal que, por su carácter excluyente, pone en riesgo la concreción de los derechos, coloca a las mujeres ante los retos de generar propuestas que apunten hacia una real apropiación de su ciudadanía y de participar directamente en los espacios colectivos de gestación de modelos que permitan su puesta en práctica; lo que está relacionado con la realización de cambios societales globales, que permitan el ejercicio de la igualdad, la diversidad, la justicia económica.

Para el movimiento feminista, esto implica la transición hacia una nueva manera de pensar y hacer las cosas, ampliando lo planteado en los decenios pasados hacia el universo de los llamados temas generales, pues es justamente allí donde se ubican los cuellos de botella del ejercicio de derechos y la ciudadanía de las mujeres.

Encarar problemáticas tales como la de la feminización de la pobreza, conduce directamente al cuestionamiento de la pretendida igualdad de oportunidades sustentada por la tecnocracia neoliberal, pues si las mujeres son el 70% de los mil doscientos millones de pobres, en el contexto de un modelo que se levanta potenciando la precariedad, si no se revierte la situación, las únicas oportunidades que saltan a la vista son las de caer en la exclusión.

Los mecanismos excluyentes de la globalización neoliberal se potencian justamente en la combinación de las múltiples formas de discriminación pre-existentes, entre las cuales la desigualdad entre los géneros es una de las de mayor masividad. Así, pretender que su erradicación sería posible con pequeños o medianos programas de asistencia o de alivio a la pobreza, mientras la realidad indica que la inserción de las mujeres a la economía global se ubica en las áreas de mayor precariedad, es una quimera.

De allí que, en los tiempos que corren, los asuntos económicos se han convertido en temas específicos de las mujeres, más aún, en un momento marcado por el empinamiento de lo económico como ideología, donde la cultura, la política, lo cotidiano, lo individual, lo colectivo, todo se percibe desde la óptica de una dinámica cada vez más focalizada en los éxitos del sector financiero y en los réditos del capital transnacional. En ello, el desarrollo de enfoques feministas críticos es ineludible.

En ese escenario, temas como el de la flexibilización laboral, que conspira contra el ejercicio de ciudadanía de las mujeres, ya no pueden seguir siendo percibidos como dominio de quienes se especializan en esos asuntos. La simple evocación de las condiciones salariales y laborales en la maquila o la inserción femenina en las áreas domésticas devaluadas en el contexto de las migraciones, ilustran las modalidades de inserción de las mujeres en la sociedad en el contexto actual.

La visible omisión de la perspectiva de género en el delineamiento de la economía neoliberal mundial augura una regresión potencial. Siendo que el propio diseño de acuerdos como los de libre comercio obvia la situación de las mujeres, proponer la inclusión de un agregado de género o de una cláusula social no basta. Para que éstos tengan enfoque de género tendrían que ser rediseñados, colocando lo humano, y en ello la situación de las mujeres, al centro de sus preocupaciones. No siendo así, participar en las resistencias contra los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio o los Acuerdos de Libre Comercio de las Américas, es un asunto de mujeres.

En esa misma línea, si hasta hace poco los posicionamientos sobre la globalización aparecían como alejados de las preocupaciones específicas de las mujeres, ya no lo son más. El avance acelerado de ese proceso, abarca todos los aspectos de la vida, los cotidianos, los macro sociales, los económicos, los culturales, todos en absoluto, y todos ellos tienen que ver con las mujeres. Así, desarrollar enfoques feministas para una globalización solidaria y diferente no es un asunto retórico, es parte de la propia evolución de esa propuesta y de su ubicación en el contexto.

Por tanto, la inclusión de las propuestas feministas en los escenarios donde se gestan ideas para el diseño de una globalización diferente, la participación del movimiento en la configuración de las alianzas, en la creación de los discursos críticos y de las propuestas nuevas, es un esfuerzo necesario para que la visualización de un mundo diferente sea incluyente y tenga enfoque de género.

El sexismo de la globalización

Con el proceso de globalización neoliberal está en juego nada menos que una reorganización de lo mundial en beneficio del capital. Bajo una pretendida racionalización de los recursos, los bienes, la población, el hábitat, y todo lo demás, está siendo transferido a las corporaciones transnacionales.

La suerte de las mujeres y de toda la humanidad es parte de esa transferencia y de ella resulta el desplazamiento de una visión de ciudadanía a una de consumidoras/es. Cada vez más la posición de las mujeres es calificada en concordancia con ese papel y con su posición en el mercado. No obstante, aún las posibilidades de ejercer esa ciudadanía restringida al consumo se diluye en el caso de las mujeres del Sur, pues si el 15% de la población mundial -concentrada en los países de ingresos altos representa el 56% del consumo total mundial, el 40% más pobre -cohorte en la cual se ubica la mayoría de mujeres, y que se concentra en los países de bajos ingresos- representa apenas el 11%.

Asimismo, bajo el ojo vigilante de la OMC, la famosa reorganización de lo mundial está marcada por un acaparamiento, sin precedentes, de las tierras y los recursos naturales por parte de las corporaciones transnacionales y en menor escala de las élites locales. La desaparición del campo como entidad social, que resulta de esa dinámica pone en peligro la vida de las mujeres del campo, quienes, desposeídas de los pocos recursos que hasta aquí tenían para alimentar a la humanidad, se ven forzadas a reinsertarse como trabajadoras agrícolas sin protección contra los agrotóxicos, que enferman y hasta matan a quienes producen y también a quienes consumen.

Así, la vida del planeta y la preservación de los recursos es también un asunto específico de las mujeres. Como lo es también la bio-tecnología productiva y reproductiva, pues la aplicación de la primera está convirtiendo a países enteros en terrenos de monocultivo de transgénicos nocivos para la salud y alejados de cualquier principio de sustentabilidad, mientras que la segunda conjura contra los derechos de las mujeres al control de sus cuerpos y su reproducción, especialmente de las pobres o de etnias discriminadas.

La globalización neoliberal escinde el mundo entre quienes tienen acceso a la tecnología y el conocimiento y quienes no lo tienen. La mayoría de mujeres están en el segundo caso y, por lo tanto, se ubican más bien en el grupo propenso a la exclusión, pues a pesar de haber logrado el acceso a la educación, la tecnología y el conocimiento todavía son áreas de fuerte control masculino y de muchas limitaciones para la población pobre, que, insistimos, está compuesta por una mayoría de mujeres.

Finalmente, la globalización neoliberal es sexista no sólo porque potencia la exclusión de las mujeres, sino también porque las margina de la gestión de lo mundial, pues, por un lado, ellas están casi ausentes de la toma de decisiones a esa escala, y, por otro lado, la globalización neoliberal está orientada hacia los réditos del capital financiero, rubro en el cual las mujeres están ampliamente subrepresentadas. Más aún, un modelo que coloca el capital al centro de su devenir relega lo humano y por lo tanto no tiene ningún enfoque de género.

El capital como ideología

Los réditos del capital rigen como ideología para la toma de decisiones de los poderes mundiales, en ello las corporaciones transnacionales son arte y parte, no así la ciudadanía. Quienes se alejan de esa perspectiva o tienen un enfoque crítico no participan directamente en esos escenarios, están por miles en las calles levantando las banderas por un mundo humano y digno.

El control ideológico es uno de los principales terrenos de disputas actuales, pues al centro de la consolidación de la globalización neoliberal está el despliegue de todos los recursos posibles, los mediáticos, los del marketing, los de la anti-información, y muchos más, para convencer a la humanidad que su porvenir y su felicidad sólo serán viables gracias a la aplicación total del modelo, presentado como irrenunciable.

En ese contexto, la participación política de las mujeres es cada vez más circunscrita a la adhesión al modelo. La inserción marginal de algunas mujeres, de cualquier denominación partidista, a algunos espacios de poder, tiene que ver apenas con un elemental ejercicio de ciudadanía, no representa en sí mismo un posicionamiento político feminista. La procura de una participación igualitaria, que es parte de la apropiación de la ciudadanía plena, tiene que estar acompañada del fortalecimiento de pensamiento crítico, como elemento indispensable para el desarrollo de nuevas visiones de la democracia.

Las bravuras machistas de la globalización neoliberal

En los tiempos que vivimos es particularmente visible la arremetida de los países del Norte para controlar territorios, zonas y recursos estratégicos y ponerlos a la orden del mercado. La guerra, la violencia y los aspavientos de machismo que se están desplegando para lograrlo, colocan a las mujeres de los países afectados ante la impunidad de las llamadas reglas de juego que se manifiestan en el contexto de esos yerros. Las torturas, violaciones y acosos a niñas y mujeres son omnipresentes hasta en los campos de refugio.

Y, mientras los hombres hacen la guerra, sobre las mujeres recae la sobrevivencia de todo el grupo afectado, la atención de los/as heridos/as, la procura de soluciones diarias y a mediano plazo. La inobservancia del derecho humanitario, en la llamada lucha contra el terrorismo, ilustra la gravedad de una situación de alcances imprevisibles.

Es así mismo notorio el recurso a la tradicional utilización de las mujeres como pretexto, botín de guerra o justificativo de ellas. La pretendida liberación de las mujeres afganas sostenida por el presidente de los Estados Unidos, mientras a todas luces ellas se encuentran contra la pared, ilustra como en la era de los misiles inteligentes, que deciden sus blancos en lugar de los hombres, los viejos estereotipos siguen vigentes. Por eso, la lucha por la paz es un asunto de mujeres como lo es también la procura de aplicación de los derechos humanos integrales.

El perfil racista de la globalización

El riesgo de la exclusión pende sobre las mujeres indígenas, afrodescendientes o de otros grupos relegados, por el simple hecho de que ya eran parte de los grupos discriminados y sin oportunidades, sobre los cuales el capital rentabilizó, pero que ya no los necesita más. La introducción de nuevos recursos tecnológicos que suplantan a los seres humanos dejan fuera de juego a todos aquellos grupos de personas que por su posición en la sociedad no pueden competir bajo esa modalidad.

Por otro lado, es de actualidad colocar en el pasado a todas las sociedades y civilizaciones distintas a la dominante, como lo es también suponer que sólo en esta última las mujeres tendrían oportunidades de evolucionar, educarse, trabajar, en fin, ser libres, bajo el supuesto agregado de que la libertad se mide por el acceso al consumo. El racismo que subyace en esta ideología afecta a civilizaciones enteras, a pueblos y grupos humanos, que se resisten a la idea de que su acceso a la modernidad debería pasar por su aniquilamiento como tales.

Otro síntoma del perfil racista del actual proceso se manifiesta en el contexto de las migraciones, donde además de todas las restricciones impuestas a las mujeres del Sur, su inserción laboral en el Norte se produce en las áreas devaluadas, por lo general asociadas al trabajo doméstico o sexual. Pero, si bien estas funciones atribuidas a las mujeres no son novedosas, sí lo es la configuración de un mercado internacional, donde las calificaciones laborales de las mujeres del Sur se circunscriben, cada vez más, a sus atributos físicos y a la etnia, elementos que se usan incluso para sustentar la inserción de éstas a áreas del trabajo industrial devaluadas, minuciosas o repetitivas, donde se confunde la necesidad de trabajar que motiva a las mujeres con supuestos atributos naturales o culturales.

La política y la economía global son asuntos de mujeres

El devenir de la humanidad es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de un puñado de transnacionales y de las élites que dominan el mundo. Máxime si con ello está en juego también la sobrevivencia del planeta, pues al ritmo de la depredación impuesta por el mercado, éste está a punto de no abastecer más y llevarse con él todo principio de vida.

Así, la oposición a la globalización neoliberal no es sólo ideológica sino que reviste matices de vida o muerte. Permitir que el capital, y no los intereses humanos, rija el futuro sin oponer resistencia sería un absurdo imperdonable, y por eso la política y la economía global son asuntos de mujeres, actuales e impostergables.

POR IRENE LEÓN – Irene León es comunicadora y socióloga ecuatoriana. Directora del Area de Mujeres de ALAI.