Psicología-Psiquiatría: ¿Qué causa la depresión? – III

Los mismos siquiatras que hacen su modus vivendi mandando a drogar a los adolescentes rebeldes o a los niños que no les gusta la escuela, también recetan antidepresivos a sus clientes adultos. Ni yo ni Szasz mismo proponemos abolir esta última práctica, la siquiatría voluntaria, siempre y cuando el profesional mantenga bien informado al cliente sobre los riesgos que conlleva la ingestión de psicofármacos, algo que muy rara vez hacen. En buena medida el poder económico de la siquiatría proviene de esta faceta no tan oscura de la profesión, la voluntaria: una faceta que a individuos como Solomon los ciega en ver que la profesión tiene otra faceta involuntaria e inquisitorial.

Parte de la siquiatría voluntaria no está en la lista de nuestro pliego petitorio abolicionista. Si un individuo quiere drogarse con antidepresivos, tranquilizantes, estimulantes y ansiolíticos, con drogas legales o ilegales, debe ser libre de hacerlo. Solomon va más lejos y menciona algunos casos de gente en pleno ataque de pánico que solicitaron que los electrochocaran. Aunque en estos casos el electroshock es voluntario, no creo que la terapia debiera ser legal. Solomon mismo cita el caso de una mujer joven que le confesó que salió de una sesión voluntaria de electroshocks “sin recordar nada de lo que había aprendido en la facultad de derecho”. Y también citó el grotesco testimonio de un individuo que pidió que le hicieran una psicocirugía para eliminar su persistente depresión y los neurosiquiatras se la hicieron —que ni le sirvió al pobre pues su problema siempre estuvo en el software y no en el hardware de su cerebro.  Ni qué decir que estos procedimientos radicales afectaron las facultades de estos solicitantes voluntarios, resultando el remedio peor que la enfermedad.

En lugar de estos lesivos tratamientos, yo le sugeriría al paciente que escribiera una furiosa y larga epístola al padre que causó su crisis. Y si la crisis es aguda le aconsejaría que hable con otros sobrevivientes de maltrato parental, como los del grupo de Susan Forward cuyo libro recomendé en la sección anterior. En el peor de los casos, digamos, una crisis psicótica, le sugeriría que pensara en una casa de medio camino tipo Soteria, aunque hay muy pocas en el mundo debido a que la institución médica monopoliza el tratamiento. Lo que ni Solomon ni los siquiatras que practican la siquiatría voluntaria pueden entender es que al tratar médicamente a la gente que ha sido agredida por el medio promueven un status quo que debiera cambiar. Quienes queremos una sociedad mejor no proponemos prohibir las drogas que se consumen voluntariamente: queremos eliminar las condiciones familiares y sociales que causan el pánico. Eso sí: señalamos que con el modelo médico nos estamos dirigiendo, a paso lento pero seguro, a la distopía farmacrática de Aldous Huxley. En octubre de 1949, cuando 1984 fue publicado, Huxley le escribió a Orwell diciéndole que el Estado totalitario controlaría a la población no tanto a través de la bota en la cara de 1984, sino a través de formas mucho más sutiles como las voluntarias drogas del mundo feliz.

La eficacia de los antidepresivos, que comenzaron a manufacturarse artificialmente desde los 1950, ha sido enormemente exagerada por la publicidad de compañías como la del padre de Solomon, y a lo largo de su bestseller resuena el eco de esta publicidad.  Solomon ignora que, al igual que los medicamentos homeopáticos, el antidepresivo que distribuye su papá funciona básicamente debido al efecto del placebo: el poder de la sugestión y autosugestión.  Los estudios muestran que un buen porcentaje de la gente que se le dice que un antidepresivo maravilloso acaba de descubrirse se curan de su depresión a pesar que les dieron píldoras de azúcar. A este efecto se le llama “placebo” en la profesión médica. Los efectos nocivos de los antidepresivos también son minimizados por empresas como la que enriqueció al padre de Solomon. En una sociedad de mercado salvaje como la nuestra, es muy difícil encontrar el estudio de un investigador independiente sobre los efectos nocivos de los antidepresivos. Los pocos estudios existentes, digamos los de Peter Breggin y Joseph Glenmullen, no han sido rebatidos ni por las compañías que los fabrican, ni por los siquiatras que recetan esas drogas.  En la literatura siquiátrica no existe una refutación punto por punto de lo que Breggin y Glenmullen dicen sobre los efectos nocivos de las drogas siquiátricas, incluyendo la treintena de psicofármacos que Solomon recomienda en su bestseller. De manera análoga a los parasicólogos, teólogos, marxistas y sicoanalistas que jamás leen a sus críticos, Solomon tampoco rebate estos estudios. Ni dice media palabra sobre los testimonios de los ex adictos a las drogas siquiátricas que han escrito reseñas en internet sobre los libros de Breggin con frases como: “Este libro me ha salvado la vida” (Breggin recomienda abandonar toda clase de droga siquiátrica, aunque gradualmente, a fin de evitar los síndromes de abstinencia). Es irritante que los admiradores de El demonio digan que Solomon es “compasivo y no paternalista” y que en la publicidad de la portada del libro en inglés se le declare “profundamente humano”. La realidad es que Solomon frecuentemente aconseja a la gente depresiva a no dejar las drogas que el siquiatra les recetó. Nos confiesa que le aconsejó eso incluso a su tía abuela y, sin ser médico, se enfureció con su gerontólogo porque le retiró Celexa (citalopram): la misma droga que distribuye su papá (en México el nombre comercial de Celexa es Seropram).