LIBERÁNDONOS DE LA AMBICIÓN

P: Estoy libre de ambición. ¿Hay algo malo en eso?:..

R: Si es Ud. consciente de que está libre de ambición, entonces hay algo malo. Entonces uno se vuelve afectado, “respetable”, falto de imaginación, irreflexivo. ¿Por qué habríais de estar libres de ambición? ¿Y cómo sabéis que estáis libres de ambición? Tener el deseo de estar libre de algo, es por cierto el principio de la ilusión, de la ignorancia, ¿no es así? Observad esto: encontramos que la ambición resulta dolorosa: deseamos ser algo y hemos fracasado. Ahora decimos, pues: “es demasiado doloroso, me libraré de ello”. Si triunfarais en vuestra ambición, si lograrais vuestro íntimo anhelo en aquello que queréis ser, entonces este problema no se plantearía. Pero al no tener éxito, y al ver que en eso no hay realización, lo descartáis y condenáis la ambición. Evidentemente, la ambición no es cosa que valga. Un hombre que es ambicioso, no puede, por cierto, descubrir la realidad. Puede llegar a ser presidente de algún club, de alguna sociedad o de algún país. Pero él, sin duda, no busca la realidad. La dificultad, en la mayoría de nosotros, está en que si no triunfamos en lo que deseamos, nos amargamos y nos volvemos cínicos, o tratamos de hacernos espirituales. De modo que decimos: “eso está mal hecho”, y lo descartamos. Pero nuestra mentalidad es la misma. Tal vez no triunfemos en el mundo, y en él no seamos grandes personas, pero “espiritualmente” seguimos deseando el éxito – en una pequeña agrupación, como dirigentes. La ambición es la misma, ya sea en el mundo o dirigida hacia Dios. Saber conscientemente que estáis libres de ambición, es ciertamente una ilusión, ¿verdad? Y si estáis realmente libres de ella, ¿puede acaso surgir el problema de si estáis libres o no lo estáis? Cuando uno es ambicioso, lo sabe sin duda en su fuero íntimo, ¿no es cierto? Y todos los efectos de la ambición en el mundo son bien visibles: su carácter despiadado, su crueldad, el deseo de poder, de posición, de prestigio. Pero si uno está conscientemente libre de algo, ¿no existe el peligro de volverse muy “respetable”, de ser afectado, satisfecho de sí mismo?

Yo os aseguro que es cosa muy difícil estar alerta, darse cuenta, actuar con delicadeza y sensibilidad, sin verse atrapado en los opuestos. Se requiere gran vigilancia, inteligencia y observación. Además, aun cuando estéis libres de ambición, ¿qué hay con eso? ¿Sois más bondadosos, más inteligentes, más sensibles a los acontecimientos externos e interiores? Hay, por cierto, un peligro en todo esto, ¿no es así? Es el peligro de embrutecerse, de volverse estático, torpe, pesado; y cuanto más sensible, alerta, vigilante, mayor posibilidad existe de que uno sea realmente libre, no libre de esto o aquello. La libertad requiere inteligencia, y la inteligencia no es cosa para ser asiduamente cultivada. Es algo que puede experimentarse directamente en la vida de relación, no a través del tamiz de lo que creéis que debe ser la convivencia. Después de todo, nuestra vida es un proceso de interrelación. La vida es interrelación. Y ella requiere una vigilancia y atención extraordinarias, no el especular acerca de si estáis o no libres de ambición. La ambición pervierte la convivencia. El hombre ambicioso es un hombre aislado; no puede, por lo tanto, convivir ni con su esposa ni con la sociedad. La vida es relación, ya sea con uno o con muchos, y esa relación se pervierte, se destruye, se corrompe por la ambición; y cuando uno se da cuenta de esa corrupción, no surge por cierto el problema de si estamos libres de ella.

De suerte que, en todo esto, nuestra dificultad estriba en estar vigilantes, atentos a lo que pensamos, sentimos, decimos, no para transformarlo en alguna otra cosa, sino tan sólo para darnos cuenta de ello. Y si así nos damos cuenta – en lo cual no hay ni condena, ni justificación, sino mera atención, pleno conocimiento de lo que es – esa percepción tiene en sí misma un efecto extraordinario. Pero si sólo tratáis de llegar a ser menos, o más, entonces hay torpeza, hastío, una afectada respetabilidad; y un hombre que es “respetable” nunca puede, evidentemente, descubrir la realidad. La alerta percepción exige una gran dosis de descontento intimo, el cual no se canaliza fácilmente a través de ninguna satisfacción ni de ningún placer.

Ahora bien, si todo esto lo vemos, si vemos todo lo que hemos discutido esta tarde, no sólo en el nivel verbal sino experimentándolo realmente, no a ratos perdidos ni cuando se nos arrincona como tal vez algunos de vosotros estéis ahora, sino todos los días, de instante en instante; si nos damos cuenta, observando en silencio, entonces nos volvemos en extremo sensibles – no sentimentales, lo cual sólo sirve para confundir y tergiversar. Para ser interiormente sensible se necesita gran sencillez, no vestir de taparrabo, o poseer poca ropa, o no tener automóvil, sino la sencillez en la que el “yo” y “lo mío” no son importantes, en la cual no hay sentido de posesión; que ya no existe el que hace esfuerzos. Entonces es posible experimentar esa realidad, o que esa realidad se manifieste. Después de todo, esto es lo único que puede traer felicidad verdadera y perdurable. La felicidad no es un fin en sí misma. Es un producto accesorio, y sólo nace con la realidad. No se trata de ir en pos de la realidad; no lo podéis. Ella ha de venir a vosotros. Y sólo puede venir a vosotros cuando existe completa libertad y silencio. No que uno se vuelva silencioso. Ese es un proceso erróneo de meditación. Hay una enorme diferencia entre ser silencioso y volverse silencioso. Cuando hay verdadero silencio, no un silencio artificial, entonces surge algo inexplicable, entonces la creación se manifiesta.