LA VERDADERA MEDITACIÓN Y LA ORACIÓN

P: ¿Querría Ud. explicar en detalle qué es la verdadera meditación? Hay muchos Temas de meditación. ¿Son ellos realmente distintos en el fondo, o sus diferencias se deben a la idiosincrasia personal de sus partidarios?:…

R: Esta es en verdad una pregunta importante, y si se me permite la insinuación, examinémosla entre todos. “Porque la meditación tiene gran importancia. Puede ser la puerta del verdadero conocimiento propio, y puede abrir la puerta a la realidad; y en el hecho de abrir la puerta y experimentar directamente, está la posibilidad de comprender la vida, que es interrelación”. La meditación ‑ el verdadero tipo de meditación ‑ es esencial. Averigüemos, pues, cuál es el tipo correcto de meditación; y para averiguar qué; es lo verdadero, debemos abordarlo en forma negativa. Decir simplemente que ésta o aquélla es la verdadera meditación, os dará tan sólo una norma, que adoptaréis y pondréis en práctica; mas esa no será la verdadera meditación. De modo que, mientras hable de ello, tened a bien seguirme atentamente y experimentar a medida que prosigamos juntos. Porque hay diferentes tipos de meditación. No sé si alguno de vosotros los ha puesto en práctica o se ha entregado a ellos – retirándose a una habitación cerrada, sentándose en un rincón oscuro, etc. Examinemos, pues, el proceso total de lo que llamamos meditación.

Consideremos en primer lugar la meditación en la que está incluida la disciplina. Cualquier forma de disciplina sólo fortalece el “yo”; y el “yo” es fuente de contienda, de conflicto. Esto es, si nos disciplinamos para llegar a ser algo, tal como lo hace mucha gente – “este mes voy a ser bondadoso, voy a practicar la bondad”, etc. -, tal disciplina, tal práctica, no puede sino fortalecer el “yo”. Puede que seáis bondadosos en lo exterior, pero no hay duda de que un hombre que practica la bondad y tiene conciencia de su bondad, no es bondadoso. De modo que esa práctica que la gente también llama “meditación” no es, evidentemente, la verdadera meditación; porque, como ayer fue dilucidado, si practicáis algo, en eso la mente queda atrapada, y así no hay libertad. Pero la mayoría de nosotros desea un resultado, es decir, esperamos ser bondadosos a fin de mes o al final de cierto período, porque los instructores han dicho que al final debemos ser buenos para encontrar a Dios: Dado que nuestro deseo es encontrar a Dios como fuente definitiva de nuestra seguridad y felicidad, compramos a Dios mediante la benevolencia – lo cual evidentemente, es fortalecer el “yo” y “lo mío”, un proceso por el que uno se encierra en sí mismo; y nada que limite, ninguna acción que ate, podrá jamás dar libertad. Eso sin duda, es evidente. Quizá podamos discutirlo en otra ocasión, si ahora no resulta claro.

Luego viene todo ese proceso de concentración que también se llama meditación. Os sentáis con las piernas cruzadas (porque así se usa en la India), o en una silla, en un cuarto oscuro, frente a un cuadro o imagen, y tratáis de concentraros en una palabra, o en una frase, o en uno imagen mental, excluyendo todos los demás pensamientos. Estoy seguro que muchos de vosotros lo habéis hecho. Pero los demás pensamientos continúan afluyendo, y vosotros los rechazáis; y en esa lucha seguís hasta que sois capaces de concentraros en un pensamiento con exclusión de todo lo demás. Entonces os sentís complacidos: por fin habéis aprendido a fijar vuestra mente en un punto, cosa que creéis esencial. De nuevo os pregunto: ¿descubrís algo por medio de la exclusión? ¿Puede la mente aquietarse mediante la exclusión, reprimiendo, negando? Porque, como lo he dicho, sólo puede haber comprensión cuando la mente está realmente quieta, no reprimida, no tan concentrada en una idea que ésta llegue a ser exclusiva – ya sea la idea de un Maestro, o le alguna virtud, o lo que os plazca. La mente nunca puede estar quieta mediante la concentración. Superficialmente, en las primeras capas de la conciencia, puede que por la fuerza logréis quietud, que aquietéis perfectamente vuestro cuerpo, vuestra mente; pero, de seguro, eso no es la quietud de todo vuestro ser. Nuevamente: tampoco eso es meditación. Eso es mera coacción: cuando la máquina desea correr a toda velocidad, la sujetáis, le ponéis freno. Al paso que, si sois capaces de examinar todo interés, todo pensamiento que acuda a vuestra mente; si lo ahondáis de manera plena, completa; si reflexionáis sobre todo pensamiento, entonces la mente ya no divagará porque ella habrá descubierto el valor de cada pensamiento. Dejará, por lo tanto, de sentirse atraída, lo cual significa que ya no habrá distracción. Una mente susceptible de ser distraída y que se resiste a la distracción, no esté capacitada para meditar. ¿Qué es, en efecto, la distracción? Espero que pongáis a prueba lo que estoy diciendo, que lo experimentéis mientras hablo, para descubrir la verdad al respecto. Es la verdad lo que trae liberación, no mis palabras ni nuestras opiniones.

Llamamos distracción cualquier movimiento que nos aleje de aquello en lo cual creemos que debemos estar interesados. Escogéis así, un interés determinado – lo que suele llamarse un “noble interés” – y fijáis vuestra mente en él; pero cualquier movimiento que os aleje de él es una distracción, y por lo tanto resistís a la distracción. ¿Por qué, empero, escogéis ese interés particular? Porque él os resulta grato, evidentemente; porque él os da una sensación de seguridad, de plenitud, una sensación de ser otro. Decís por lo tanto: “debo fijar mi mente en eso”, y todo movimiento que de ello os aleje, es una distracción. Pasáis vuestra vida batallando con las distracciones, y fijáis vuestra mente en algo distinto. Mientras que, si examináis toda distracción y no sólo fijáis vuestra mente en una atracción determinada, veréis que la mente ya no será susceptible de ser distraída, porque ha comprendido tanto la distracción como la atracción. Y, por lo tanto, la mente es capaz de percepción extraordinaria y extensiva sin excluir nada.

Así, pues, la concentración no es meditación, y disciplinar no es meditar.

Luego están las plegarias todo ese problema de orar y recibir. También a eso se le llama meditación. ¿Qué entendemos por orar? En su forma burda, la oración es súplica; y hay formas sutiles en distintos niveles de la oración. Todos conocemos la forma burda. Estoy en apuros, me siento desagraciado, física o psicológicamente, y necesito ayuda. Entonces imploro, suplico; y, evidentemente, hay una respuesta. Si no hubiera respuesta alguna, la gente no rezaría. Millones de personas rezan. Sólo rezáis cuando estáis en apuros, no cuando sois, felices, ni cuando hay en vosotros esa extraordinaria sensación de ser otro.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando, oráis? Tenéis una formula, ¿no es así? Con la repetición de una fórmula, la mente superficial se aquieta, ¿verdad? Intentadlo, y lo y veréis. Repitiendo ciertas frases o palabras, gradualmente veréis que vuestro ser se aquieta. Esto es, vuestra conciencia superficial se calma; y entonces, en ese estado, sois capaces de recibir las insinuaciones de algo diferente, ¿no es así? De tal modo, calmando la mente por medio de la palabra repetida, por medio de las llamadas oraciones, puede que recibáis indicaciones e insinuaciones no sólo del subconsciente, sino de cualquiera de las cosas que os rodean; pero eso, por cierto, no es meditación. Porque lo que recibís tiene que ser agradable; de lo contrario lo rechazaríais. Así, cuando oráis, aquietando de ese modo la mente, vuestro deseo es resolver un problema dado, o una confusión, o algo que os causa dolor. Por lo tanto, buscáis una respuesta que sea satisfactoria. Y cuando eso lo veis, decís: “No debo buscar satisfacción; me abriré a algo que sea doloroso”. A tal punto la mente es capaz de jugarse tretas a sí misma, que hay que darse cuenta del contenido total de este problema de la oración. Uno ha aprendido una treta: la de aquietar la mente de modo que pueda recibir ciertas respuestas, agradables o desagradables. Pero eso no es meditación, ¿verdad?

Está luego ese asunto de la devoción por alguien del amor que prodigáis a Dios, a una imagen, a algún santo o algún Maestro. ¿Es eso meditación? ¿Por qué fluye vuestro amor hacia Dios, hacia eso que no os es posible conocer? ¿Por qué nos sentimos tan atraídos por lo desconocido y le consagramos nuestra vida, nuestro ser? ¿Acaso este problema de la devoción no indica que, siendo desgraciados en nuestra vida, no teniendo relaciones vitales con otros seres humanos, tratamos de proyectarnos en algo, en lo desconocido, y adoramos lo desconocido? Bien sabéis que las personas devotas a alguien; a algún Dios, a alguna imagen, a algún Maestro, son generalmente crueles, obstinadas. Son intolerantes con los demás, dispuestas a destruirlos, porque se han identificado en grado sumo con esa imagen, con ese Maestro, con esa experiencia. Por tanto, lo repito, el fluir de la devoción hacia un objeto, creado por uno mismo o por otra persona, no es ciertamente meditación.

¿Qué es, pues, la meditación? Si ninguna de esas cosas lo es ‑ la disciplina, la concentración, la devoción ‑ ¿qué es entonces la meditación? Esas son las formas que conocemos, con las cuales estamos familiarizados. Mas para descubrir aquello con lo cual no estamos familiarizados, primero hemos de estar libres de las cosas que nos son familiares, ¿no es cierto? Si no son verdaderas, deben desecarse. Sólo entonces seréis capaces de descubrir qué es la verdadera meditación. Si nos hemos acostumbrado a los falsos valores, esos falsos valores deben cesar ‑ ¿no es así? ‑ a fin de encontrar el nuevo valor, y no porque yo lo diga, sino porque vosotros mismos lo habéis pensado y lo habéis sentido. Y cuando esos valores se han ido, ¿qué os queda? ¿Qué residuo queda del examen de esas cosas? ¿No revelan ellas el proceso de vuestro propio pensar? Si os habéis entregado a esas cosas y veis que son falsas, descubrís por qué os habéis entregado a ellas; y, por lo tanto, el examen mismo de todo eso revela el rumbo de vuestro propio pensar. De modo que el examen de estas cosas es el principio del conocimiento propio. ¿No es así?

La meditación, pues, es el principio del conocimiento propio. Sin ese conocimiento, podéis sentaros en un rincón, meditar en los Maestros, desarrollar virtudes; todo ello es ilusión y no tiene sentido alguno para la persona que realmente desea descubrir qué es la verdadera meditación. Porque, no habiendo conocimiento propio vosotros mismos proyectáis una imagen que llamáis el Maestro; y esa imagen se convierte en el objeto de vuestra devoción, por el cual estáis dispuestos a sacrificaros, a construir, a destruir. Por consiguiente, tal como lo he explicado, sólo hay una posibilidad de conocernos a nosotros mismos en la medida en que examinamos nuestra relación con esas cosas, lo cual revela el proceso de nuestro propio pensar; y por lo tanto surge la claridad en todo nuestro ser. Este es el principio de la comprensión, del conocimiento de uno mismo. Sin conocimiento propio no puede haber meditación; y sin meditación no puede haber conocimiento propio. Encerraros en un rincón, sentaros frente a un cuadro, desarrollar virtudes mes tras mes – una virtud distinta cada mes: verde, púrpura, blanco y todo lo demás – ir a la iglesia, celebrar ceremonias: ninguna de esas cosas es meditación o verdadera vida espiritual. La vida espiritual nace al ser comprendida la interrelación, con lo cual comienza el conocimiento propio.

Ahora bien, cuando habéis pasado por eso y habéis abandonado todos esos procesos, que sólo revelan el “yo”, la “arrogancia” y su actividad, existe una posibilidad; la de que la mente pueda estar serena no sólo en a superficie sino también interiormente, ya que entonces cesan todas las exigencias. No se persigue la sensación, no hay sentido alguno de devenir, de que llegue a ser algo en el futuro, en el mañana. El Maestro, el iniciado, el discípulo, el Buda: ya sabéis que eso es escalar los peldaños del éxito, llegar a ser algo. Todo eso ha cesado porque implica el proceso del devenir. Sólo hay cesación del devenir cuando existe la comprensión de lo que es, y la comprensión de lo que es nos viene por medio del conocimiento propio, el cual revela exactamente lo que uno es. Y cuando cesa todo deseo (lo que sólo puede ocurrir mediante el conocimiento propio), la mente está serena.

La terminación de todo deseo no puede ser obra de la coacción, de la devoción, de la oración de la concentración. Todo ello acentúa simplemente el conflicto del deseo en los opuestos. Más cuando todo eso cesa, la mente está de veras serena, y no sólo de manera superficial, en los niveles superiores, sino en lo íntimo y profundo. Sólo entonces es posible que ella reciba aquello que es inconmensurable. La comprensión de todo esto, no sólo de una parte, es meditación. Porque si no sabemos meditar, tampoco sabremos actuar. La acción, después de todo, es el conocimiento propio en la vida de relación; y el mero hecho de encerrarse en un recinto sagrado quemando incienso, leyendo acerca de ajenas meditaciones y de su significación, es absolutamente inútil, carece de sentido. Es una maravillosa evasión. Pero el percibir toda esa actividad humana que somos nosotros mismos: el deseo de lograr, el deseo de triunfar, el deseo de tener ciertas virtudes todo lo cual acentúa el “yo” cómo lo importante ahora o en el futuro, el devenir del “yo” – el percibir todo eso en su totalidad, es el principio del conocimiento propio y el comienzo de la meditación. Entonces, si estáis realmente alertas, veréis que ocurre una transformación maravillosa que no es una expresión verbal, que no es “verbalización”, mera repetición, sensación. De un modo efectivo, real, vigoroso, ocurre algo que no se puede denominar, que no se puede definir. Y eso no es el don de unos pocos, ni un don de los Maestros. El conocimiento propio es posible para todos, si estáis dispuestos a experimentarlo, a intentarlo. No tenéis que ingresar a ninguna sociedad, leer libro alguno ni sentaros a los pies de ningún Maestro, pues el conocimiento propio os libra de todos esos absurdos, de las estupideces de invención humana. Y sólo entonces, mediante el conocimiento propio y la verdadera meditación, surge la libertad. En esa libertad se manifiesta la realidad, pero no podéis lograr la realidad por medio de procesos mentales. La realidad debe venir a vosotros; y sólo puede venir a vosotros cuando estáis libres del deseo.