La gran paradoja: La Bomba Atómica

En toda la historia humana no existe fiasco comparable a la fabricación de la bomba atómica, un instrumento ideado para salvar a la humanidad del fascismo y que se ha transformado en su contrario. La propuesta partió de Albert Einstein, un judío refugiado en Estados Unidos, el más renombrado científico de todos los tiempos y el más influyente pacifista del siglo XX, a quien se le propuso la presidencia de Israel, cosa que declinó.

La historia de las bombas atómicas norteamericanas comenzó cuando, el 2 de agosto de 1939, a instancias de Leo Szilárd, Einstein escribió una carta al presidente Franklin D. Roosevelt advirtiéndolo de probables avances de los científicos nucleares al servicio de fascismo. Einstein que no quería confiar la carta al correo ni magnificar la solicitud pidiendo una entrevista al presidente, la envió con un amigo común, el banquero Alexander Sachs, quien dos meses después, el 11 de octubre, la puso en manos del destinatario.

A diferencia de lo que suele ocurrir en las guerras, la bomba atómica no fue fruto de la competencia sino de la colaboración, no de la dispersión de la ciencia sino de su integración. En la década del 40, ningún país hubiera podido lograrla por sí solo. Conscientes de eso Gran Bretaña y Canadá detuvieron sus respectivos programas nucleares y cedieron sus resultados a Estados Unidos, lo mismo hizo la dirección de la resistencia francesa.

El primer paso de Roosevelt fue crear, en secreto, el Comité del Uranio presidido por Lyman James Briggs, quien, o bien porque no creyó en la viabilidad del proyecto, magnificó las dificultades o equivocó la estrategia, tratando de involucrar a las empresas privadas de armamento, las cuales no se interesaron en el asunto, avanzó poco; por tal motivo el 17 de septiembre de 1942 se creó el Proyecto Manhattan.

No existe esfuerzo bélico ni empresa científica mejor respaldada que la idea de construir el arma atómica para liberar a la humanidad del fascismo: 150 000 científicos, ingenieros, matemáticos, especialistas y obreros altamente calificados, entre ellos casi 200 de los más reputados físicos del mundo, encabezados por 10 premios Nobel, trabajaron para lograrlo. Al empeño se vincularon además de las fuerzas armadas norteamericanas, más de 2000 empresas, los laboratorios de diez universidades y los servicios secretos aliados.

Para estos trabajos se desarrollaron tres ciudades: Oak Ridge en Tennessee, donde se levantó la enorme planta para el enriquecimiento de uranio, Hanford en el estado de Washington, en la cual se instalaron los reactores para producir plutonio 239 y Los Álamos, Nuevo México, sede del laboratorio para diseñar, fabricar y probar las tres primeras bombas atómicas.

Al frente de todo el trabajo estuvo el más brillante físico norteamericano del momento: Robert Oppenheimer. En Los Álamos, un campamento en medio del desierto, renunciando a sus proyectos personales, separados de sus familias, vigilados durante las 24 horas, con la correspondencia y las comunicaciones telefónicas censuradas, las lumbreras que dieron a Estados Unidos la superioridad nuclear, en su mayoría judíos y socialistas, algunos vinculados a los partidos comunistas, trabajaron con ejemplar consagración y lealtad. Ninguno recibió a cambio otro dinero que sus salarios.

No obstante, la mayor de todas las paradojas es que ya en 1943 se pudo comprobar que Szilárd y Einstein estaban equivocados y que Hitler no tenía la menor posibilidad de construir una bomba atómica. Al final de la guerra se verificó que no existía en Alemania ni en ninguna otra parte ocupada por ella planta alguna para enriquecer uranio, no habían rastros de reactores para producir plutonio y ni siquiera para investigaciones. De hecho, aunque algunos físicos realizaban investigaciones teóricas, no existía un proyecto nuclear alemán ni tampoco japonés.

Tan concluyentes fueron las evidencias que Leo Szilárd se dirigió nuevamente a Einstein para que dirigiera otra carta Roosevelt previniéndolo de la nueva situación creada. Einstein escribió una carta que Roosevelt no pudo leer porque falleció repentinamente el 12 de abril de 1945 y su sustituto Harry S. Truman nunca recibió a Szilárd.

La situación creada amenazó con dividir a la Administración Truman cuando Henry Stinson, Ministro de Guerra de Roosevelt, pidió que se convocara a los científicos. Finalmente en junio de 1945, el presidente aceptó que se reuniera a un selecto grupo de representantes de las mayores corporaciones norteamericanas para conocer su opinión acerca de la bomba atómica y su utilización. La mayoría estuvo de acuerdo en utilizarla.

En julio del mismo año, Arthur H. Compton, presidente del Comité de Defensa de los Estados Unidos, rector de la universidad de Washington, premio Nobel de Física en 1927 y director del laboratorio donde se produjo la primera reacción en cadena controlada, aplicó una encuesta que abarcó a 150 científicos.

A la pregunta de: ¿Cómo podemos utilizar la bomba atómica?, el 87 % estuvo a favor del uso militar, el 15 % opinó que se debía prohibir y la mitad de los aludidos coincidió en que, inicialmente se debía usar para una demostración de fuerza. Entre los militares consultados, el Comandante en Jefe en Europa y luego el presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower estuvo en contra del empleo de la bomba sobre Japón.

De todos modos, durante la Guerra Fría todos los países desarrollados, unos antes y otros después, por vía de la física atómica, hubieran llegado a los descubrimientos necesarios para producir la bomba, pero ya entonces no hubiera existido la guerra y su utilización no se habría justificado de ninguna manera.

En el presente, para asegurar la paz, sólo existe otro camino, eliminar las armas atómicas para lo cual ahora quedan dos recursos: la no proliferación y el desarme, ambos alcanzables mediante la movilización de la opinión pública y la diplomacia. Allá nos vemos.