EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO – X

Durante las últimas cinco semanas, hemos dilucidado la importancia del conocimiento propio, pues si uno no se conoce a sí mismo plena e integralmente, no sólo en parte, no es posible pensar rectamente ni por lo tanto actuar como es debido. Sin conocimiento propio no puede haber acción completa, integrada. Sólo puede haber acción parcial si no hay conocimiento propio; y como la acción parcial conduce invariablemente al conflicto y al infortunio, resulta importante, para los que en verdad quisieran comprender los problemas de la vida completamente, que comprendan el problema de la convivencia – no sólo la relación con uno o con dos sino con el todo, que es la sociedad. Para comprender este problema de la interrelación, debemos comprendernos a nosotros mismos; y comprendernos a nosotros mismos es acción, no retiro de la acción. Sólo hay acción cuando comprendemos la interrelación – no sólo la relación con las personas y las ideas, sino con las cosas, con la naturaleza. La acción, pues, es interrelación con respecto a las cosas, a los bienes, a la naturaleza, a las personas y a las ideas. Sin la comprensión de todo ese proceso que llamamos vida, ésta tiene que ser contradictoria, dolorosa, un conflicto constante. Para comprender, pues, este proceso de la vida, que somos nosotros, tenemos que comprender toda la significación de nuestros pensamientos y sentimientos; y es por eso que hemos estado discutiendo la importancia del conocimiento propio. Tal vez algunos de nosotros hayamos leído unos pocos libros de psicología y tengamos cierto conocimiento superficial de frases psicoanalíticas; pero me temo que el mero conocimiento superficial no sea suficiente. La expresión verbal de un entendimiento que proviene del mero saber, del mero estudio, no es suficiente. Lo importante es comprendernos a nosotros mismos en la interrelación; y ésta no es estática, está en constante movimiento. Para seguir esa interrelación, por lo tanto, no debe haber fijación en una idea. La mayoría de nosotros somos esclavos de las ideas. Somos ideas. Somos un manojo de ideas. Las ideas informan nuestros actos y condicionan toda nuestra perspectiva. De modo que las ideas informan nuestras relaciones. Esa regulación de la convivencia por una idea impide que se comprenda la interrelación. Para nosotros la idea es muy importante, extraordinariamente significativa. Vosotros tenéis vuestras ideas, y yo tengo las mías, y estamos en conflicto constante sobre ideas, ya sean políticas, religiosas o de otra índole, cada una en oposición a las demás. Las ideas invariablemente crean oposición, porque son el resultado de las sensaciones; y mientras nuestra interrelación esté condicionada por las sensaciones, por la idea, no se comprenderá esa interrelación. En consecuencia, las ideas impiden la acción. Las ideas no promueven la acción; la limitan, cosa que vemos en la vida diaria.

Así, pues, ¿es posible que haya acción sin idea? ¿Podemos actuar sin ideación previa? Sabemos, en efecto, cómo las ideas separan a las personas; ideas que son creencias, prejuicios, sensaciones, opiniones políticas o religiosas. Ellas dividen a los hombres y despedazan al mundo en la actualidad. El cultivo del intelecto se ha convertido en el factor predominante, y nuestro intelecto guía e informa nuestra acción. ¿Es posible, pues, actuar sin ideas? Sí actuamos sin ideas cuando el problema es realmente intenso, muy profundo, cuando exige toda nuestra atención. Puede que tratemos de ajustar el acto a una idea; pero si penetramos el problema, si procuramos realmente comprender el problema mismo, empezaremos a descartar la idea, el prejuicio, el punto de vista particular, y encararemos el problema de un modo nuevo. Esto es ciertamente lo que hacemos cuando tenemos un problema: tratamos de resolverlo conforme a una idea determinada, o con sujeción a tal o cual resultado, etc. Cuando el problema no puede resolverse de ese modo, entonces echamos a un lado todas las ideas, abandonamos nuestras ideas y, por lo tanto, abordamos el problema de un modo nuevo, con una mente serena. Esto lo hacemos inconscientemente. Sin duda es eso lo que ocurre, ¿verdad? Cuando tenéis un problema os preocupáis por él. Queréis que de ese problema resulte algo en particular, o interpretáis el problema de acuerdo a determinadas ideas. Pasáis por todo ese proceso, y sin embargo el problema no se resuelve. De ahí que la mente, al fatigarse, deje de pensar acerca del problema. Entonces está quieta, aliviada; el problema no le preocupa. Y de pronto, como sucede a menudo, la solución del problema se percibe inmediatamente, surge una insinuación con respecto a dicho problema.

No hay duda, pues, de que la acción no estriba en ajustarse a una idea determinada. En ese caso es sólo una continuación del pensamiento; no es acción. ¿Y acaso no podemos vivir sin ajustar la acción a una idea? Porque las ideas continúan; y si ajustamos la acción a una idea, damos continuidad a la acción, y por lo tanto hay identificación del “yo” con la acción: yo y “mi” acción. De ahí que la ideación fortalezca el “yo”, origen de todo conflicto y miseria.

La inmortalidad no es, por cierto, una idea. Es algo que está más allá de la ideación, del pensamiento, más allá de ese has de recuerdos que constituye el “yo”. Y sólo hay vivencia de ese estado cuando cesa la ideación, cuando el proceso del pensamiento se detiene. La vivencia de aquello que llamamos lo inmortal, del estado atemporal, no es producto del pensamiento: porque el pensamiento es simple continuación de la memoria, la respuesta de la memoria; y la vivencia de ese estado extraordinario sólo puede surgir con la comprensión del “yo”, no tratando de alcanzar dicho estado, porque eso sería un simple intento de experimentar algo que uno mismo proyecta, y que, por lo tanto, es irreal. Por esta razón es importante comprender el proceso íntegro, total, de nuestra conciencia, que llamamos el “yo” y “lo mío”, que sólo puede ser comprendido en la convivencia, no en el aislamiento.

Por eso es imperativo que aquellos que realmente desean comprender la verdad, o la realidad, o Dios, o lo que sea, capten plenamente el significado de la interrelación; porque esa es la única acción. Si la interrelación se basa en una idea, entonces no es acción. Si yo trato de circunscribir mi vida de relación, ajustarla o limitarla a una idea, cosa que casi todos hacemos, entonces eso no es acción, no hay comprensión en la convivencia. Pero si vemos que ese es un proceso falso que conduce a la ilusión, a la limitación, al conflicto, a la separación – las ideas siempre separan – entonces empezaremos a comprender directamente la interrelación, y no le impondremos un prejuicio, una condición. Entonces veremos que el amor no es un proceso de pensamiento. No podéis pensar acerca del amor. Pero la mayoría de nosotros lo hacemos, y por eso resulta mera sensación. Y si limitamos la interrelación a una idea basada en la sensación, entonces descartamos el amor, entonces llenamos nuestro corazón con las cosas de la mente. Aunque podamos sentir la sensación y llamarla amor; no es amor. El amor, por cierto, es algo que está más allá del proceso del pensamiento, pero sólo puede descubrirse comprendiendo el proceso del pensamiento en la vida de relación; no negándolo, sino percibiendo toda la significación de las modalidades de nuestra mente y de nuestra acción en la convivencia. Si podemos proseguir más hondamente, entonces veremos que la acción no está relacionada con la idea. Entonces la acción es de instante en instante; y en esa vivencia, que es recta meditación, está la inmortalidad.