Autoconocimiento – IV

SER LIBRES:…

P: Habla Ud. a menudo de vivir, de “vivenciar”, y, no obstante, ser como la nada. ¿Tiene esto algo que ver con la humildad, con el estar abierto a la gracia de Dios?:…

R: Ser conscientemente a algo, es no ser libre. Si soy consciente de que no soy codicioso, de que he superado la ira, no estoy, ciertamente, libre de la codicia ni de la ira. La humildad es algo de lo cual no podéis ser conscientes. Cultivar la humildad es cultivar la autoexpansión en forma negativa. Es obvio, por lo tanto, que cualquier virtud deliberadamente cultivada, practicada, vivida, no es virtud. Es una forma de resistencia, una forma de autoexpansión que encierra su propio placer. Pero eso ya no es virtud. La virtud es simplemente una libertad en la que se descubre lo real. Sin virtud no puede haber libertad. La virtud no es un fin en sí misma. Ahora bien, no es posible “ser como la nada” por esfuerzo deliberado y consciente, porque entonces sería otra adquisición. La inocencia no es el resultado de un cultivo esmerado. Ser como la nada, es esencial. Así como una copa es útil solamente cuando está vacía, solo es posible recibir la gracia de Dios, o la verdad, o lo que sea, cuando uno es como la nada. ¿Es posible no ser nada en el sentido de llegar a ello? ¿Podéis lograrlo? Tal como habéis construido una casa, o acumulado dinero, ¿podéis también conseguir esto? Sentarse a meditar acerca de la nada, desechando conscientemente todas las cosas, haciéndonos receptivos, es, por cierto, una forma de resistencia, ¿verdad? Esa es una acción deliberada de la voluntad, y la voluntad es deseo; y cuando deseáis no ser nada, de antemano, ya sois algo. Por favor, ved la importancia de esto: cuando deseáis cosas positivas, sabéis que ello implica lucha dolor, y por eso las rechazáis y os decís a vosotros mismos: “ahora no seré nada”. El deseo sigue siendo el mismo, es el mismo proceso en otra dirección. La voluntad de no ser nada es como la voluntad de ser algo. De suerte que el problema no consiste en no ser nada, o en ser algo, sino en comprender el proceso íntegro del deseo: el anhelo de ser o de no ser. En ese proceso, la entidad que desea es diferente del deseo. No decís “el deseo soy yo”, sino “yo estoy deseoso de algo”. Existe por lo tanto, una separación entre el experimentador (el pensador) y la experiencia (el pensamiento). No hagáis de esto, por favor, algo metafísico y difícil. Podéis mirarlo muy sencillamente – sencillamente en el sentido de que uno puede, con cautela, hallar el modo de penetrar en ello.

Así, pues, mientras exista el deseo de no ser nada, sois algo. Y ese deseo de ser algo os divide en experimentador y experiencia; y en esas condiciones no hay posibilidad de vivencia. Porque, en el estado de vivencia, no hay experimentador ni experiencia. Cuando tenéis la vivencia de algo, no pensáis que vosotros estáis experimentando. Cuando sois realmente felices, no decís “soy feliz”. En el momento en que lo decís, la felicidad ya ha desaparecido. De suerte que nuestro problema no estriba en cómo no ser nada, lo cual, en realidad, es muy pueril, ni en cómo aprender una nueva jerga y tratar de ser esa jerga, sino en cómo entender el proceso total del deseo, del anhelo. Y él es tan sutil, tan complejo, que tenéis que abordarlo muy sencillamente, no con todos los conflictos que implica la condenación, la justificación, lo que debería ser, lo que no debería ser, cómo ha de ser destruido, cómo debe ser sublimado – todo lo cual habéis aprendido de los libros y de las organizaciones religiosas. Si podemos descartar todo eso y sólo observar en silencio el proceso del deseo, que es uno mismo – no es que vosotros experimentéis el deseo; es la vivencia del deseo – entonces veremos que nos libramos de esa ansia constante y ardiente de ser o de no ser, de devenir, de ganar, de ser el Maestro, de tener virtud, y de toda la idiotez del deseo y sus actividades. Entonces puede haber una vivencia directa, es decir, la vivencia sin el observador. Sólo entonces existe la posibilidad de ser completamente abierto, de ser como la nada; y es entonces que ocurre la recepción de lo real.