LA TOTALIDAD DE LA VIDA

El deseo es energía, y eso tiene que comprenderse; no es posible limitarse a reprimir el deseo o hacer que se ajuste. Cualquier esfuerzo para coartar o disciplinar el deseo contribuye a la existencia del conflicto, el cual trae consigo insensibilidad. Todos los recursos intrincados del deseo deben ser conocidos y entendidos. No se nos puede enseñar ni podemos aprender los recursos del deseo. Comprender el deseo es estar alerta, sin preferencia alguna, a sus movimientos. Si uno destruye el deseo, destruye tanto la sensibilidad como la intensidad que es esencial para que la verdad pueda ser comprendida.

¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema…, ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el “yo” está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el “nosotros” está por completo ausente. Pero no estamos libres del “nosotros”; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del “yo” que lo desea, o el deseo es el “yo”, y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.

Uno puede mirar un árbol. “Árbol” es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra “árbol” no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra “deseo” no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor… El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respuestas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve

Ahora bien, veamos primero qué le ocurre a una mente que siempre se está controlando, que reprime, sublima el deseo. Una mente así, estando ocupada consigo misma, se vuelve insensible. Aunque pueda hablar de sensibilidad, bondad, aunque pueda decir que debemos ser fraternales, que debemos producir un mundo maravilloso y todas esas insensateces de que hablan las personas que reprimen el deseo, una mente semejante es insensible, porque no comprende aquello que ha reprimido. Es esencialmente lo mismo que uno reprima el deseo o que sucumba a él, porque el deseo sigue estando ahí. Podremos reprimir el deseo por una mujer, por un automóvil, por una posición social; pero el propio impulso de no tener estás cosas, impulso que nos hace reprimir el deseo por ellas, es en “sí mismo una forma de deseo. Estando, pues, atrapado en el deseo, un tiene que comprenderlo y no decir que es bueno o que es malo.

Entonces, ¿qué es el deseo? Ver un árbol balanceándose al viento, es algo hermoso de contemplar; ¿qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en observar el movimiento de un pájaro que vuela? ¿Qué hay de malo en mirar un automóvil nuevo construido maravillosamente y perfectamente pulido? ¿Y qué hay de malo en ver a una persona bella, con un rostro simétrico, un rostro que revela sensatez, inteligencia, calidad humana?

Pero el deseo no se detiene ahí. Nuestra percepción no es sólo percepción, sino que con ella viene la sensación. Al aparecer la sensación, queremos tocar, establecer contacto; y entonces surge el deseo de poseer. Uno dice: «Esto es bello, tengo que poseerlo», y así comienza la agitación del deseo.

Ahora bien, ¿es posible ver, observar, darse cuenta de las cosas bellas y feas de la vida y no decir: «Debo poseer eso», o «No debo poseer eso»? ¿Alguna vez han observado simplemente algo? ¿Comprenden, señores? ¿Han mirado alguna vez a su propia esposa, a sus hijos, a sus amigos, simplemente los han mirado? ¿Alguna vez han mirado una flor sin llamarla «rosa» o lo que fuere, sin querer ponerla en el ojal o llevarla a su casa y regalarla a alguien? Si son capaces de observar así, sin todos los valores que la mente atribuye a las cosas, entonces descubrirán que el deseo no es algo tan monstruoso. Pueden mirar un automóvil, ver su belleza, y no quedar presos en el desorden o la contradicción del deseo. Pero eso requiere una intensidad inmensa de observación, no una mera mirada casual. No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve. Se trata de poder mirar la Luna sin decir inmediatamente: «Esa es la Luna, ¡qué hermosa se ve», mirar de tal modo que no se entrometa el parloteo de la mente. Si pueden hacerlo, descubrirán que la intensidad de observación, de sentimiento, de verdadero afecto, de amor, tiene su propia acción que no es la acción contradictoria del deseo.

Experimenten con esto y verán qué difícil es para la mente observar sin parlotear respecto de lo que observa. No obstante, la naturaleza del amor es ésa, ¿verdad? ¿Cómo podemos amar si nuestra mente jamás está en silencio, si siempre estamos pensando en nosotros mismos? Amar a alguien con todo nuestro ser, con mente, cuerpo y corazón, requiere de una gran intensidad; y cuando el amor es intenso, el deseo pronto desaparece. Pero casi ninguno de nosotros tiene jamás esta intensidad en relación con nada excepto consciente o inconscientemente con su propio provecho personal. Jamás tenemos un sentimiento por algo sin buscar obtener de alguna otra cosa. Pero sólo la mente que tiene esta inmensa energía es capaz de seguir el movimiento veloz de la verdad. La verdad no es estática, es más rápida que el pensamiento, y la mente no puede concebirla. Para comprender la verdad, tiene que existir esta energía inmensa que no puede ser conservada ni cultivada. Esta energía no adviene mediante la negación propia, mediante la represión. Por el contrario, exige completa entrega de uno mismo, y uno no puede entregarse a sí mismo, o entregar todo lo que posee, si meramente desea un resultado.

Es posible vivir sin envidia en este mundo que se basa en la envidia, la codicia y la persecución del poder, de la posición, pero ello requiere una intensidad extraordinaria, claridad de pensamiento, de comprensión. Uno no puede librarse de la envidia sin comprenderse a sí mismo; de modo que el comienzo está aquí, no en alguna otra parte. A menos que uno comience consigo mismo, haga lo que haga jamás dará con la terminación del dolor.

Uno no puede estar atento al deseo si lo condena

Es indispensable, pues, comprender el deseo. Uno ha de “comprender el deseo”, no “vivir sin deseo”. Si ustedes matan el deseo, están paralizados. Cuando contemplan esa puesta del Sol que tienen frente a ustedes, el solo contemplarla es un deleite, si es que son algo sensibles. Ese deleite también es deseo. Y si no pueden deleitarse contemplando esa puesta del Sol, no son sensibles. Si no pueden deleitarse viendo a un hombre rico en un gran automóvil -no porque lo deseen sino simplemente porque les deleita ver a un hombre en un automóvil grande-, o si no pueden ver a un hombre pobre, desaseado, sucio, ignorante, desesperado, y sentir una enorme piedad, afecto, amor, no son sensibles. ¿Cómo pueden, entonces, dar con la realidad si no tienen esta sensibilidad y este sentimiento?

Tienen, pues, que comprender el deseo. Y para comprender cada impulso del deseo, deben tener espacio, no tratar de llenar el espacio con sus propios pensamientos o recuerdos, o pensando cómo satisfacer ese deseo o cómo destruirlo. Entonces, gracias a esa comprensión, llega el amor. Muy pocos de nosotros conocemos el amor, no sabemos lo que significa. Conocemos el placer, conocemos el dolor. Conocemos la inconsistencia del placer y, probablemente, el dolor constante. Y conocemos el placer del sexo y el placer de alcanzar fama, posición, prestigio, así como el placer de tener un control tremendo sobre el propio cuerpo, como ocurre con los ascetas, de mantener un récord; conocemos todas estas cosas. Estamos hablando perpetuamente de amor, pero no sabemos lo que significa, porque no hemos comprendido el deseo, comprensión que es el principio del amor.

Sin amor no hay moralidad; hay ajuste a un patrón, ya sea un patrón social o el así llamado religioso. Sin amor no hay virtud. El amor es algo espontáneo, vital, verdadero. Y la virtud no es una cosa que pueda engendrarse por medio de una práctica constante; es algo espontáneo, emparentado con el amor. La virtud no es un recuerdo conforme al cual uno funciona como ser humano virtuoso. Si no conocemos el amor, no somos virtuosos. Podemos asistir al templo, llevar una muy respetable vida de familia, practicar las moralidades sociales…, pero no somos virtuosos, porque nuestro corazón está desierto, vacío, es torpe, estúpido; no somos virtuosos porque no hemos comprendido el deseo. En consecuencia, nuestra vida se convierte en un interminable campo de batalla y el esfuerzo termina siempre en la muerte; termina siempre en la muerte, porque eso es todo lo que conocemos.

Por lo tanto, un hombre que quiera comprender el deseo tiene que entender, tiene que escuchar cada sugerencia de la mente y del corazón, tiene que prestar atención a cada disposición del ánimo, a cada cambio del pensar y del sentir, tiene que vigilar todo eso; debe volverse sensible, alerta a ello. No podemos estar atentos al deseo si lo condenamos o lo comparamos. Tenemos que cuidar del deseo, porque ello nos dará una comprensión enorme. Y gracias a esa comprensión hay sensibilidad. Entonces somos sensibles no sólo físicamente a la belleza, a la suciedad, a las estrellas, a un rostro sonriente o a las lágrimas, sino también a todos los murmullos y susurros de nuestra mente, a las esperanzas secretas, a los temores ocultos.

De este escuchar y observar surge la pasión, esta pasión que es de la misma naturaleza que el amor. Sólo este estado puede cooperar. Por eso, gracias a esta profundidad de comprensión, a este Observar, la mente llega a ser eficiente, clara, plena de vitalidad, vigor; sólo una mente así puede viajar muy lejos.