EL Debate Chomsky – III

El Macartismo mató a los Rosenberg. También castigo a fuertes organizadores y líderes sindicales, como Harry Bridges y el sindicato de la costa oeste [International Longshoremen & Warehouse], y otros militantes sindicales, que la AFL o CIO expulsaron de sus coaliciones sindicales.

También algunos educadores progresistas fueron su objetivo. Cientos de profesores, especialmente en el área de la Bahía de California, fueron despedidos. Al menos uno de los citados como testigos de la Universidad de Stanford, William K. Sherwood, se suicidó en 1957 antes que testificar ante el HUAC.

El Macartismo también gozaba de una “amplia y duradera influencia en política social y en el desarrollo de la profesión de trabajador social […] provocó que las organizaciones de trabajadores sociales se retirasen de la orientación progresista y reformista que se había adoptado durante el New Deal y la Segunda Guerra Mundial”, según dijo la nieta de Sigmund Freud, Sophie Freud (6).

No he podido encontrar estadísticas definitivas, pero la “segunda amenaza roja” arruinó el medio de vida de miles de personas y cientos fueron encarcelados por desacato, perjurio o por defender otras formas de economía o gobierno consideradas ilegítimas por los políticos capitalistas. El Macartismo también supuso la deportación de varios comunistas nac idos en el extranjero, y tuvo el efecto de reducir el número de miembros del Partido Comunista de EEUU de 50.000 que tenía al final de la guerra hasta 20.000 hacia mitad de los años 50.

Y de manera paralela al Macartismo, el gobierno federal apoyaba a la clase capitalista haciendo difícil organizarse en los lugares de trabajo y luchar por la negociación colectiva en la contratación. La Ley de Taft-Hartley de 1947 era (y es) un instrumento principal para los empleadores que les permite expresar puntos de vista anti-sindicales, que incluso llega a permitirles que exijan de sus trabajadores que asistan a reuniones anti-sindicatos con el mismo tiempo que las que se dedican a las que son pro-sindicatos. Si los empleadores violan algún punto de la Ley Nacional de Relaciones Laborales de 1935, que regula las relaciones laborales para la mayoría del sector privado, no hay ninguna indemnización por daños y perjuicios.

Según el abogado sindicalista Andrew Storm, estas leyes han ayudado a la clase capitalista a reducir el número de trabajadores organizados en 1947, desde un 40% a un 10%. EEUU es el país con el número más bajo de trabajadores sindicados de entre todos los países del primer mundo (7).

3.1. La represión en el post-macartismo.

Durante los años 60 se probó de nuevo el Macartismo. Chomsky dice que desapareció entre burlas. El ridículo fue una medida efectiva pero el Macartismo fue sustituido por el programa COINTELPRO del FBI (1956) que fue ampliamente usado durante la década de los 60 y los 70.

El programa de contrainteligencia del FBI “se convirtió en el vehículo extra-constitucional por el que organizaciones de activistas sociales como la del Dr. Martin Luther King, la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano, los Panteras Negras, el movimiento liberación gay/lésbico y la amplia y organizada oposición a la Guerra de Vietnam, fueron objeto de espionaje, i nfiltración y boicoteo por parte del gobierno de EEUU” (8).

Me tomo a mí mismo como un ejemplo concreto de cómo la represión se usó por el gobierno federal y el Escuadrón Rojo del Departamento de Policía de Los Ángeles, junto con empresas capitalistas.

Mi primer encontronazo con la interferencia del gobierno en mi vida económica fue el verano de 1962 cuando trabajaba temporalmente como empleado de correo en la Industria Aeroespacial, en El Segundo, California. Tuve que rellenar un “cuestionario de seguridad” que incluía seis preguntas sobre lealtad y una lista de 47 organizaciones consideradas como subversivas. Cualquier relación con alguna de ellas impediría mi contratación. Escribí un “no” a todas sus preguntas y afirmé no ser miembro de nada “subversivo”. Se me contrató el 25 de julio, quedando pendiente de una autorización final. El 31 de agosto fui despedido sumariamente. En 1977, cuando recibí alrededor de 1000 páginas de expedientes de agencias de seguridad nacional sobre mí, me enteré por primera vez de la razón de mi despido. Un informe interno del FBI decía que “había falseado sobre mi persona” en el cuestionario. No decía en qué aspecto en concreto lo había “falseado”.

Alguien podría decir que ser despedido de un trabajo no es represión y que es algo que le sucede a millones de personas. Es posible, aunque necesitamos el salario para sobrevivir. El FBI me incluyó dentro de sus listas de “demagogos” y “agitadores”, y un 15 de febrero de 1963, un informe del FBI me ubicó en su Índice de Seguridad con prioridad uno. Fue más tarde cuando se supo que Nixon había preparado las redadas de miles de nosotros, radicales revolucionarios, e incluso algún que otro académico y crítico mediático, para encerrarnos en campos de concentración al estilo americano-japonés. Pero el Watergate estalló y el escándalo le llegó antes de poder usar esa represión.

Cuando volví de la cárcel durante una semana en Costa Rica, por haber participado en una manifestación en contra de la subida de las tarifas eléctricas por parte de la compañía eléctrica de UK-EEUU, mi pasaporte fue confiscado por agentes federales. No pude viajar durante cinco años, hasta 1968.

Más tarde el FBI consiguió que me despidieran de mi cargo como editor del periódico de California, el Riverside Press-Enterprise. Acababa de ser elogiado y promocionado por el dueño. Sin embargo cuando dos agentes del FBI le visitaron y le hicieron saber que yo era un subversivo, que apoyé al Partido de los Panteras Negras y que también estaba intentando organizar el periódico, fui despedido inmediatamente. Se me vetó para trabajar en la asociación de empleadores de la prensa.

Yo fui uno de los diez mil que fueron apaleados y encerrados por oponerse a la Guerra de Vietnam y luchar por los derechos civiles. Algunas veces los agentes federales asistían a la policía local; otras veces se usó a la Guardia Nacional. Al menos siete estudiantes fueron asesinados y 21 resultaron heridos por los guardias nacionales y la policía en las universidades estatales de Ohio y Mississippi y en el People’s Park of Berkeley.

Al igual que otros miles de personas, fui objeto de detención ilegal. La primera vez fue en Mississippi durante la campaña por el derecho de los negros a votar, conocida como el “largo y caluroso verano” de 1964, y las marchas organizadas por el Comité Organizado de Estudiantes por la No-violencia, que forzaron al estado a reconocer a los negros simplemente el derecho a votar. La policía local me arrastró por el césped de mi anfitrión y me golpearon en la cárcel. Esto fue al mismo tiempo que otros policías de Mississippi, miembros del KKK, asesinaban a tres de nuestros colaboradores: James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

Durante los movimientos por los derechos civiles de los años 50 y 60, la policía y sus aliados civiles golpearon, encerraron y asesinaron a un sinfín de negros y a algunos blancos. El FBI solía ayudar, especialmente bajo las órdenes de su director J. Edgard Hoover. Narraré una experiencia horrible.

Tomo el informe de la United Press International del 15 de septiembre de 1963, en Birmingham, Alabama donde 4 chicas fueron asesinadas: Denise McNair (de 11 años); Carol Robertson, Cynthia Wesley y Addie Mae Collins (todas de 14 años).

“Una bomba lanzada desde un auto en movimiento estalló contra una atestada iglesia de negros, causando la muerte de cuatro niñas que asistían a sus clases de catecismo y desatando brotes de violencia que han resultado en dos muertes más en plena calle.”

Cuatrocientas personas, incluyendo 80 niños, estaban dentro de la iglesia cuando estalló la bomba. Ésta fue la cuarta bomba en cuatro semanas con motivaciones racistas que estalló en Birmingham, y la número 21 en ocho años. Varios miembros del KKK, incluyendo su líder Robert Chambliss, fueron arrestados e interrogados por la policía y agentes del FBI, pero fueron dejados en libertad. Uno de los miembros del FBI relacionado con los sucesos de ataques racistas era un informador del FBI, Gary Rowe. Hoover describió entonces a Rowe como “el mejor agente encubierto que jamás hayamos visto.”

Rowe escribió una autobiografía en la que afirma que en 1963, le propusieron ser un informante dentro del KKK. Él accedió. En Birmingham mató a un hombre negro sin identificar en 1963. Sus enlaces le dijeron que guardara silencio sobre el asunto. Rowe también transportó armas que serían usadas para impedir la integración en las escuelas. Su superior en el KKK era Robert Chambliss. Los registros del FBI, y la investigación del Departamento de Justicia de 1980 revelan que el FBI estaba al tanto de todo y que encubrió los actos criminales de Rowe y los ataques mortales contra negros. Concretamente Hoover, escondió las pruebas sobre la ejecución de estos niños. Pensó que era más importante preservar la identidad de su informante.

Solo tras la muerte de Hoover, pudieron las autoridades de Alabama acceder a los registros del FBI que les permitieron llevar a Chambliss ante los tribunales por aquellos asesinatos, pero este desenlace fue un caso aislado. La mayoría de los asesinatos de personas negras apenas fueron investigados y casi nunca hubo acusaciones o castigos sustanciales por estos crímenes racistas. Desde 1882 hasta 1954, cuando el Tribunal Supremo puso fin a la segregación en las escuelas con la Decisión Brown, a la que Hoover se opuso, 4500 asesinatos por linchamiento fueron registrados por las autoridades. Muchos más no se llegaron a registrar. Mientras que Hoover estuvo en el cargo como el director de la principal agencia encargada de hacer cumplir la ley en el país se llegaron a contabilizar 2000 asesinatos por linchamiento. Apenas hubo cargos o condenas.