Propuesta Emancipadoras del Feminismo

Por EMPAR PINEDA:…

Referirse al movimiento feminista es hablar de dos etapas claramente diferenciadas en el tiempo.

Un primer movimiento, el sufragista, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX y que se
puede dar por liquidado para la Primera Guerra Mundial, y el movimiento feminista
contemporáneo, que surge casi un siglo después, en la década de los sesenta.
El movimiento sufragista hunde sus raíces ideológicas en el liberalismo burgués: en ello reside su
fuerza y su debilidad. Su fuerza, porque exige coherencia a la filosofía política de la igualdad, que
no podía sino extenderse a la igualdad entre los sexos. Su debilidad, porque el liberalismo de los
años posteriores a las revoluciones burguesas estaba obligado a moderar sus pasados “excesos” y
porque la igualdad formal, allí donde se alcanzaba, se mostraba más bien infecunda y escasamente
liberadora.
El movimiento feminista contemporáneo nace cortado de la tradición decimonónica, en las últimas
oleadas revolucionarias en Europa y en los EE.UU.: los movimientos del 68, la rebelión de los
negros, la guerra de Vietnam… Muchas de las mujeres que formaron el nuevo movimiento feminista
habían sido activas participantes en los movimientos del Mayo francés, en el levantamiento de los
negros norteamericanos, en las luchas estudiantiles de Italia, del Estado español… La posición
anticapitalista, antiimperialista y la formación marxista son constantes de la mayoría de las nuevas
feministas. El movimiento que se va conformando es un movimiento de oposición -más o menos
explícita- al sistema social, un movimiento subversivo que se nutre del marxismo, aunque
demasiadas veces choca fuertemente con los marxismos y los marxistas presos de la ortodoxia
dogmática de la izquierda, negadora de cualquier autonomía a la opresión de las mujeres. “El
camino de la liberación de las mujeres -se decía- está garantizado con la abolición de las relaciones
de producción capitalistas y la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado”.
El movimiento feminista rechaza de plano esta simplificación, tan repetida por la izquierda
tradicional. Pero tampoco la nueva izquierda, tan activa al calor de las luchas de los sesenta, se
muestra más abierta al reconocimiento de la autonomía de la lucha específica de las mujeres. En la
mayoría de los grupos que la conforman predomina la mayor incomprensión.
Por todo ello, el movimiento feminista, desconfiado y sintiendo la desconfianza de la izquierda, se
ve -felizmente- abocado a marcar su propio camino, a transitar por senderos propios y nuevos.
Hoy, al cabo de una veintena escasa de años de experiencia acumulada, podemos afirmar que el
movimiento feminista, con su propuesta emancipadora, plantea unos cuantos desafíos a la izquierda.
Desafíos en los más diversos terrenos y de la más diversa naturaleza. Después de la irrupción del
feminismo moderno, podemos exclamar con certeza: “¡Ya nada volverá a ser como antes!”.

Una forma de organizarse para la utopía feminista
El feminismo como movimiento social ha sido capaz de desafiar concepciones y hábitos ciertamente
arraigados en el seno de la llamada izquierda social. En las prácticas organizativas, en las
reivindicaciones y objetivos de lucha sociales y políticos, y en toda una serie de ideas y hábitos que
afectan a la teoría y a la estrategia revolucionarias.
El feminista se constituye organizativamente como un movimiento sólo de mujeres. No acepta la
presencia de hombres en sus organizaciones ni en sus asambleas, jornadas, encuentros…
Convencido de que un grupo oprimido debe tomar en sus manos su propia liberación, vigila con
particular celo su autonomía organizativa, política e ideológica. Se desarrolla, en todos los terrenos,
a partir de sus propias fuerzas y rechaza cualquier vinculación -que no colaboración- con los
partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales.
Esta autonomía -que hoy parece, en general, admitida- suscitó en un primer momento -quizá
todavía suscita- fuertes recelos y suspicacias, especialmente en los partidos de izquierda y en los
hombres de ideas radicales, a quienes costó aceptar este protagonismo de las mujeres.
Es cierto que en esta defensa de la autonomía del movimiento feminista se han manifestado, a
veces, posiciones de gran desconfianza hacia todo lo que tenga que ver con los partidos políticos y
con los hombres. También se han dado apasionadas y agrias polémicas sobre lo que se llamó “la
doble militancia”. Sectores de feministas llegaron a plantear el rechazo a mujeres que pertenecían,
además, a partidos políticos, por entender -de modo equivocado, en mi opinión- que su presencia
en el movimiento iba en detrimento de la autonomía del mismo.
También ha caracterizado al movimiento la exploración de nuevas formas: el asamblearismo como
funcionamiento de mayor y más directa democracia, la búsqueda de participación, aprendizaje,
autovaloración e incorporación a cuantas más tareas mejor. El movimiento ha manifestado, desde el
principio, su rechazo a cualquier indicio de burocratización. En las organizaciones que lo conforman
no hay carnets, cargos, organismos dirigentes, elecciones… Las líneas de actuación, los ritmos, las
dinámicas, en fin, todo se decide de forma asamblearia y dando un gran peso a los debates y al
intercambio de ideas y opiniones. Sin duda, estas preocupaciones y prácticas no eran muy
frecuentes en las organizaciones que conformaban la izquierda.
El movimiento feminista tiene una serie de características que lo convierten en una realidad muy
particular en relación con otros movimientos. Su fuerza depende de que sea capaz de despertar las
conciencias dormidas y acalladas de tantas mujeres que viven y sufren lo que significa ser mujer en
esta sociedad, pero que no se atreven a expresar, ni tan siquiera expresarse a sí mismas, las
miserias que padecen y que son fruto, también, de las relaciones que mantienen con tantos hombres
-padres, maridos, hermanos, amantes, hijos…- que las arrinconan al papel de sus subordinadas.
Las dificultades para que las mujeres avancen, para que despierten al feminismo, son de una
entidad distinta a las del despertar de otras conciencias. Y ello no sólo es debido a la ausencia de
tradición de lucha feminista, históricamente hablando, sino también porque este despertar de las
mujeres se ve obstaculizado por el desprecio, y, a veces, oposición, a los que se tiene que
enfrentar. Los hombres, revestidos por la autoridad que les otorga su mera condición masculina,
por la superioridad que les concede su inserción en el mundo extrafamiliar, por la prepotencia
derivada de su situación de poseedores de sueldo, pueden dificultar, y de hecho dificultan, cualquier
forma de revuelta. La interiorización de esta minusvalía por parte de las mujeres puede acarrear,
también, que a ellas mismas les sea difícil dar pasos para los que no cuentan con la aprobación
externa y que merecen la reprobación social.
Para las mujeres, llegar a comprender de modo profundo su situación de oprimidas en tanto que
género requiere una introspección, requiere reflexionar sobre lo que han sido sus vidas, también en
los terrenos más íntimos, más vivenciales. Y esto exige un tiempo y unos caminos propios. No se
llega a ser feminista sólo a través de una reflexión política sobre lo que es el sistema social, sino,
también, a través de un cuestionamiento de lo que han sido las diversas opciones que las mujeres
han ido tomando en sus vidas, de las tensiones que han ido surgiendo; de una comprensión de hasta
qué punto sus vidas han venido marcadas por la idea de la feminidad que tan arraigada está en las
conciencias de mujeres y hombres, aún en la actualidad; de hasta qué punto lo masculino y lo
femenino marcan las posibilidades vitales de las mujeres y los hombres en estas sociedad y
subordinan aquéllas a éstos.
Comprender esto, comprender cómo los anhelos de libertad y autonomía de cada mujer entran
tantas veces en contradicción con su necesidad de protección y afecto, requiere de eso que en el
movimiento feminista se ha llamado autoconciencia: esa reflexión, ese cuestionamiento personal y
colectivo sin el cual ninguna mujer ha llegado a sentirse real y profundamente implicada en la lucha
feminista.
Este tiempo de maduración personal exige que los grupos feministas se doten de unos espacios
específicos, de unas dinámicas internas que posibiliten la autoconciencia de las mujeres que los
integran. Sin ello, el movimiento no sería lo que es. Saber combinar la práctica de la autoconciencia
con lo que son necesidades imperiosas de actuación pública del movimiento no es cosa fácil. El
peso a dar a una y otra cuestión, el conseguir un equilibrio entre unas y otras necesidades es
extremadamente complicado, pero la reflexión sobre todo ello transciende, con mucho, los marcos
estrictos del movimiento feminista, ya que plantea cuestiones de enorme importancia para cualquier
organización o movimiento que quiera mantener el entusiasmo de quienes lo integran.

Lo personal es político
En lo que se ha venido llamando “la práctica política”, el movimiento feminista ha hecho
innovaciones de cierta trascendencia. Hay un lema que el feminismo ha puesto en circulación desde
sus comienzos (“lo personal es político”), por entender que en aspectos bien importantes de la vida
de las personas -que hasta entonces se venían considerando asuntos privados, ajenos por tanto al
quehacer público- se ejercía opresión, desigualdad y, en no pocas ocasiones, tiranía.
Consecuentemente, lanza a la arena de la batalla social y política muchos de esos elementos de la
vida “privada”.
La mayor parte de las consignas feministas -por fuerza, sintéticas, como toda consigna- aluden a la
necesidad de considerar asuntos de la vida cotidiana de las personas como merecedores de ser
considerados sociales, políticos, susceptibles, por tanto, de la actividad central del movimiento:
“Manolo, la cena te la haces tú solo”, “Yo también he abortado”, “De noche y de día queremos
caminar tranquilas”, “Sexualidad no es maternidad”, “Mujeres somos, mujeres seremos, pero en la
casa no nos quedaremos”, “Somos lesbianas porque nos da la gana”, “Democracia en la calle y en
la cama”… Expresión, todas ellas, de situaciones mucho menos privadas de lo que nos gustaría
(porque en ellas están interfiriendo continuamente las clases rectoras de la sociedad, a través de
cientos de mecanismos de lo más variado), y, finalmente, porque nuestras vidas, la totalidad de
nuestra vida, y no la vida dividida en parcelas, es lo que interesa al movimiento feminista. De este
modo se imprime un giro de muchos grados en las concepciones dominantes en la izquierda,
obligando a considerar, a partir de ese momento, como objeto del quehacer social muchas de las
cosas que, bajo el sello de lo privado, encubrían opresiones, insatisfacciones, sufrimientos y
miserias. Con ello, el movimiento lanza un gran desafío a una izquierda ciertamente anquilosada y
poco proclive a la curiosidad, a la crítica, a someter sus ideas y prácticas a constante debate,
estudio, crítica, renovación.
Así, junto a las grandes reivindicaciones sociales -contra la explotación de la fuerza de trabajo,
contra la guerra, los ejércitos, el servicio militar obligatorio, contra la OTAN, contra la
represión…-, el movimiento feminista plantea con idéntica fuerza y con el mismo nivel de
importancia cuestiones como el derecho al aborto, a una maternidad libremente decidida, la libre
opción sexual, la libertad personal, etc. Junto a la explotación en el mundo laboral plantea la
explotación en el mundo doméstico, desvelando, de este modo, el papel que juega el sistema de
familias en el mantenimiento del orden social burgués y patriarcal, y el carácter arbitrario de la
adjudicación a las mujeres -por el mero hecho de serlo- de las tareas domésticas, que tantos
beneficios reporta a los hombres de todas las clases y categorías sociales. No es gratuito afirmar
que, como resultado de todo ello, el movimiento feminista ha hecho cambiar, en buena medida, la
consideración de lo social y lo político con la irrupción de lo personal.

Algunos problemas teóricos
De todas estas concepciones puestas en solfa, de la búsqueda, exploración, debates, críticas,
estudios e investigaciones, del rechazo de tantas ideas aprendidas, y de su práctica organizativa,
social y política, el movimiento feminista ha ido construyendo otras seguridades y planteando
nuevos interrogantes, nuevas dudas que necesariamente obligan a la izquierda a replantearse y
plantearse muchos de sus presupuestos teóricos y estratégicos, de igual modo que a modificar sus
análisis de la historia y de la realidad social.
Hagamos un breve repaso de algunos de los problemas teóricos más importantes a los que el
feminismo ha tenido que hacer frente y que han dado lugar a importantes debates en su interior a lo
largo de estos años. Algunos de estos problemas tocan de lleno el análisis de la sociedad en su
conjunto, mientras que otros afectan más a la especifidad de la opresión de las mujeres.
Entre los que afectan al análisis social estarían, en primer lugar, los debates sobre los orígenes y las
causas de la subordinación y opresión de las mujeres. Las razones de la pervivencia del dominio
masculino y los mecanismos que lo hacen posible, así como la relación de este dominio con la
estructura social en su conjunto. Dicho de otro modo: cómo se da en una sociedad estamental, por
ejemplo, o en una sociedad de clases, la subordinación de las mujeres, qué función cumple, cómo
se va modificando a lo largo de la historia, etc.
Sobre las causas u orígenes se han planteado diversas hipótesis: desde algunas, más claramente
biologistas, otras más acordes con una interpretación alejada de lo biológico y más próxima a
causas sociales, o bien hipótesis que tienen en cuenta ambos factores (sociales y biológicos).
En cualquier caso, uno de los problemas con el que se encuentran las investigadoras feministas en
esta cuestión es la escasez de investigación empírica, la ausencia de fuentes o la parcialidad de las
mismas. Y así, podemos advertir tendencias a la generalización excesiva, a la historicidad en la
elaboración de los conceptos, a proyectar el presente en el pasado… cuestiones todas ellas que han
favorecido que las conclusiones aportadas resulten poco esclarecedoras.
Sobre la relación de la opresión de las mujeres con el conjunto social se constatan, en líneas
generales, dos grandes tendencias:
A) El llamado feminismo radical, que tiende a dar prioridad analítica a la contradicción
hombre/mujer y a ubicar en esta contradicción la raíz (de ahí lo de radical) de todo ulterior
desarrollo social, convirtiéndola en una constante histórica en torno a la cual se articularía la historia
de las sociedades humanas.
Esta tendencia utiliza, casi siempre, el concepto patriarcado, con el que designan esta constante:
todas las sociedades son, ante todo, sociedades patriarcales y se definen por serlo.
En mi opinión, este concepto resulta de escasa utilidad por su generalidad, porque se resiste a la
exploración histórica, porque se ha tendido a hipostasiar lo que, en último término, es poco más
que una palabra para designar la opresión de las mujeres, pero que carece de carácter científico si
se le quiere convertir en algo más, en un sistema social transhistórico.
B) La otra tendencia estaría formada por feministas más imbuídas de métodos materialistas e
históricos, de mayor formación marxista, que tratan de analizar la opresión de las mujeres
integrándola en un análisis global de la complejidad de las formaciones sociales, sin renunciar por
ello a afirmar la autonomía de una opresión milenaria.
En cualquier caso, abordar esta cuestión es un desafío permanente para quienes se dedican a la
investigación social, a la historia… especialmente para quienes desarrollan sus trabajos desde una
perspectiva de izquierda y liberadora. Y, sin embargo, desgraciadamente, estas investigaciones son,
todavía, en su mayor parte, trabajo exclusivo de mujeres o departamentos de estudios de la mujer
en las Universidades, pero están ausentes de otros focos de investigación y elaboración social y
política.

¿Cuáles son “los intereses” de las mujeres?
Para la izquierda, más urgente aún que lo anterior -a mi modo de ver- sería afrontar un análisis
cabal de la sociedad contemporánea , teniendo en cuenta la posición de las mujeres en ella. Lo
avanzado hasta ahora por las feministas afecta a las posiciones políticas de la izquierda y a sus
estrategias. Se trata, en definitiva, de establecer la relación de las mujeres con las clases sociales,
de responder a la cuestión de cuáles son los intereses de las mujeres.
¿Se puede hablar de intereses de las mujeres en su conjunto, como grupo diferenciado en virtud de
su pertenencia al género femenino? ¿Constituyen, pues, las mujeres un grupo social homogéneo
cuyos intereses prevalecen sobre otros intereses de clase, etnia, nación, religión, preferencia sexual,
edad, etc.? ¿Son, por el contrario, otros intereses los que condicionan la conciencia social de las
mujeres y no sus intereses específicos en tanto que género femenino? O bien, ¿es inevitable tener
simultáneamente en cuenta todos los factores (sexo, etnia, clase, ideas religiosas, políticas,
preferencias sexuales, habitat, etc.?).
La izquierda nunca antes se había planteado la enorme complejidad de la cuestión. Se había
limitado a asimilar a las mujeres a la clase social de sus maridos, equiparando los intereses de unos
y otras.
Por otra parte, en el movimiento feminista hay sectores que consideran que las mujeres constituyen
una clase social o grupo social homogéneo, cohesionado por una común opresión, y aún cuando
reconozcan la existencia de otros factores, consideran que éstos son secundarios, que es más lo
que une a las mujeres que lo que las separa.
A mi entender, la cuestión es más compleja. No es difícil constatar que las trabajadoras asalariadas
tienen mucho en común con los trabajadores (la explotación de su fuerza de trabajo), ni que las
amas de casa de las familias obreras sufren todas las miserias de la clase obrera en la sociedad
capitalista (bajo nivel de vida, escasez de beneficios sociales, dificultades para encontrar trabajo
digno, para acceder a una educación superior…). Ahora bien, su posición no es exactamente la
misma: las primeras sufren una explotación más intensa y discriminaciones laborales diversas; las
segundas, por su condición de mujeres, ven agravadas las miserias descritas (su nivel de educación
será menor, mayores las dificultades para encontrar trabajo… Además, su vida circunscrita al hogar
y al barrio hace que padezcan más directamente la falta de equipamientos sociales, que sufran más
intensamente las carencias, problemas, etc. de sus hijos e hijas, que la escasez del salario que entra
en la casa repercuta más directamente en su forma de vida o en sus preocupaciones inmediatas,
etc.). Unas y otras se ven enfrentadas, con frecuencia, a los hombres de su propia clase social, a
los que están subordinadas, que las discriminan y, también con frecuencia, oprimen.
Sólo si se reconocen estas situaciones, si se tienen en cuenta estas contradicciones entre hombres y
mujeres, podrá la izquierda comprender las variadas razones que mueven a las mujeres, sus
porqués diversos que no se explican en las visiones reduccionistas a las que nos tienen
acostumbradas las diferentes teorías de la desigualdad social.
Por último, y también dentro de este bloque de problemas, estarían los debates sobre las mujeres y
el socialismo. Se ha escrito mucho y mucho se ha debatido sobre la situación de las mujeres en la
Rusia postrevolucionaria, en los países del llamado “socialismo real”; de los avances y retrocesos,
del mantenimiento de la subordinación de las mujeres y de la familia tradicional, de la presencia o
no de organizaciones feministas…
Se ha discutido, asimismo, sobre las prioridades revolucionarias -en países como, por ejemplo, la
Nicaragua sandinista-. Sobre cómo y en qué momento se deben abordar las reivindicaciones de las
mujeres, sobre la imprescindible existencia de amplias organizaciones autónomas de mujeres, en las
que la componente feminista esté presente con fuerza, etc.
En última instancia, estos debates tienen como telón de fondo la concepción del socialismo y de la
revolución y son, por lo tanto, de gran interés para todas aquellas personas interesadas en la
construcción de sociedades diferentes, más libres, más justas, más igualitarias, sin explotaciones ni
opresiones de ningún género.

Sexualidad y violencia machista, preocupaciones ajenas a
la izquierda
En el segundo bloque de problemas, los relacionados con la especifidad de la opresión de las
mujeres, los debates más centrales del movimiento feminista se han focalizado en asuntos
relacionados con la sexualidad y la violencia machista.
El sufragismo decimonónico había estado, mayoritariamente, marcado por fuertes dosis de
puritanismo (no hay que olvidar que su cuna es la Inglaterra de la época victoriana). Se insistía en
los peligros del sexo (embarazos múltiples, enfermedades de transmisión sexual…), el deseo sexual
aparecía vinculado en exclusiva a los hombres, mientras que para las mujeres el amor era una
inclinación espiritual.
El nuevo feminismo, muy al contrario, se enfrenta rotundamente con esta concepción de la
sexualidad y reivindica, sin pudor, el placer sexual para las mujeres. Afirma que las mujeres somos
seres sexuales con deseos propios, que la sexualidad femenina es, también, activa, al tiempo que se
critica la hegemonía masculina en las relaciones sexuales, su agresividad y el modelo falocrático.
Rompe la interesada equiparación entre sexualidad-maternidad y la no menos interesada entre
sexualidad y heterosexualidad, cuestionando ésta última como norma sexual impuesta, explorando
la conducción del deseo sexual de las personas en una única dirección y reivindica, así, el derecho a
una sexualidad libre y, por lo tanto, a la legitimidad del lesbianismo.
También en relación a la sexualidad se darán importantes debates en el movimiento feminista. Un
sector del llamado feminismo radical (con fuerza, sobre todo, en los EE.UU.) adoptará una
posición divergente de la mayoritaria, internacionalmente considerada. Para estas feministas la
opresión de las mujeres quedará reducida, casi exclusivamente, a la opresión sexual, delimitando así
fácilmente al enemigo: los hombres. El poder de los hombres procedería del falo y los géneros
femenino y masculino se construirían sobre las diferentes formas de vivir o practicar la sexualidad:
violencia en la sexualidad masculina, pasividad en la femenina. Con esta simplificación reduccionista
queda, en mi opinión, descartado un análisis más complejo y multifacético de la opresión de las
mujeres y de su integración en los mecanismos de la sociedad de clases: el poder económico, la
familia, la ideología, los prototipos de género presentes de mil formas en la sociedad… todo queda
reducido al poder del sexo.
Simultáneamente, en este sector del feminismo radical se manifiesta una inseguridad en torno a la
sexualidad. Inseguridad motivada, en parte, por el descubrimiento -hecho por el propio movimiento
feminista- de la magnitud de la violencia machista. Pero, también, por la presencia de un cierto
puritanismo heredado de la tradición feminista decimonónica y por una tendencia al moralismo, a
fijar “lo que es correcto y lo que es incorrecto”, a establecer prescripciones en lo que a la práctica
sexual se refiere, y, finalmente, por un cierto temor a la disidencia, a la diversidad de expresiones de
la sexualidad -muchas de ellas satanizadas socialmente-. El sexo se convierte, así, de nuevo, en
“cosa de hombres” y “un peligro para las mujeres”.
Estas dos maneras de concebir la sexualidad; esta tensión entre placer y peligro centran hoy gran
parte de los debates del movimiento y condicionan su actividad.
Pero cualquiera que sea nuestra posición ante la sexualidad, nada puede hacernos olvidar la
magnitud de la violencia contra las mujeres en nuestras sociedades. Violencia sexual cuyo máximo
exponente es la violación, y violencia física, en general, atestiguada cotidianamente por los malos
tratos a las mujeres en la familia. La magnitud de esta violencia machista, sus causas, las formas de
combatirla son hoy los principales centros de debate y actuación de los movimientos de mujeres.
También en estos debates sobre las causas de la violencia masculina hay voces que denuncian la
agresividad como una fuerza -innata o construida socialmente- general e incontrolable. Otras
posiciones sobre la cuestión insisten en que las causas de esta violencia no pueden separarse del
análisis más global de las manifestaciones de la opresión de las mujeres, de su dependencia
económica y afectiva, de su papel en la familia, de la desvalorización que el ser mujer comporta
aquí y ahora, del desprecio hacia ella y hacia su papel social, de los componentes del género
masculino en el que son socializados los hombres… Relacionado con todo esto se hace necesaria la
reflexión (aquí la sicología proporciona ayudas muy estimables) sobre la construcción social del
deseo sexual con sus componentes de agresividad y dominio. Si en los problemas que enunciaba en
el primer bloque -los relacionados con el análisis social- el movimiento feminista planteaba
novedades y exigencias, en este segundo bloque, la desconexión con las preocupaciones habituales
de la izquierda aparece más marcada todavía. Fuera de algunas influencias, ya lejanas, de H. Ellis y
Carpenter, de W. Reich y, más modernamente, de Foucault, la izquierda no se había planteado
nunca la cuestión sexual como un asunto serio y de trascendencia social y política.
Y llegan las feministas lanzando al aire estos asuntos, rompiendo tabúes y elevando el sexo a la
categoría de problema social y político. Aún podemos hacer otra reflexión. Cuando las feministas
hablamos del origen de la opresión de las mujeres, de sus intereses, del socialismo o del derecho al
aborto… los hombres pueden sentirse interesados, pero no directamente implicados. En cambio, si
nos referimos al terreno de la vida personal (trabajo doméstico, violencia machista o al modelo
sexual) la implicación de los hombres es más evidente.
Así, desde que el nuevo movimiento feminista ha planteado estos desafíos, ciertamente
apasionantes, a la izquierda, tenemos que un hombre de convicciones democráticas, socialistas, de
ideas radicales, de izquierda consecuente, no es ya sólo un hombre que no acepta la explotación,
que rechaza el militarismo, combate la represión policial, defiende la naturaleza, no ve con buenos
ojos al Estado, se opone al racismo y a la xenofobia… Es, también, un hombre que se replantea la
vida privada, su trato con las mujeres, su propia sexualidad, porque el movimiento feminista ha
modificado, entre otras cosas, la ética revolucionaria. ¿No es realmente audaz? ¿No aporta mucha
riqueza de registros y matices a la Utopía?