Feminismo y Neoliberalismo

POR: Marta Fontenla y Magui Bellotti:…

El modelo neoliberal El discurso neoliberal se basa principalmente en dos conceptos: economía de mercado y democracia en los términos de derechos individuales y representación política. Son conocidos los efectos de la redistribución regresiva de los recursos que han producido las políticas económicas basadas en estas concepciones que – al menos en el caso de nuestro país- podemos designar como fundamentalismo de mercado.

Disminución dramática del empleo y aumento de la pobreza y la exclusión social, altos niveles de concentración del capital y pérdida de derechos laborales y sociales.

En esta economía, que Nina López Jones (1) ha llamado “economía de genocidio”, las múltiples necesidades sociales insatisfechas se cargan sobre las mujeres, quienes gestionan la miseria y la sobrevivencia y brindan trabajo gratuito a la familia, a la comunidad, y a las campañas clientelistas de algunos/as políticos/as, como el caso de las “manzaneras” de la Provincia de Buenos Aires. Asimismo, como decimos en la Carta Abierta de la Asamblea Raquel Liberman que acompaña el proyecto que presentamos en la Constituyente de la Ciudad de Buenos Aires, “el modelo económico que organiza el mundo en los años 90 implica la globalización también de la “industria del sexo” y por consiguiente una expansión de la prostitución, a la que son incorporadas cada vez más adolescentes y niñas. Además del crimen organizado, son beneficiarias de esta próspera industria actividades legales como turismo, hotelería, transportes y medios masivos de comunicación, incluido el espacio cibernético. A sus intereses responde la actual promoción de la prostitución como adecuada profesión femenina y como supuesta estrategia sanitaria, incluso como ejercicio de la autonomía personal.”

En esta sociedad dual de incluidos/as excluidas/os, podemos hablar de una “feminización de la exclusión social” (baste recordar que, según el Informe de Desarrollo Humano de 1995 publicado por el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) las mujeres representamos el 70 por ciento de las mil 300 millones de personas más pobres del mundo).
Pero la sociedad dual significa también, en su violencia polarizante, una inducción al consumo permanente e ilimitada, que incluye cuerpos e identidades. No sólo se debe consumir mucho, sino portar los símbolos de la inclusión, que suponen -entre otras cosas- cuerpos cada vez más delgados, tostados, moldeados y jóvenes. Modelos de cuerpo que no se detienen ni ante la enfermedad ni la muerte. Cuerpos siliconados, lipo-aspirados, hambreados. Personas, especialmente mujeres jóvenes, anoréxicas, bulímicas, que muestran la superficie de una situación de tortura promovida por modelos culturales cada vez más opresivos en su función de control de cuerpos y vidas.

Cuerpos de mujeres gastados por el sobretrabajo, cuerpos consumidos por el disciplinamiento patriarcal de la figura femenina, cuerpos -instrumentos de reproducción y prostitución. Cuerpos y vidas de mujeres, en los que se articulan el principio capitalista de la maximización de la ganancia y la norma patriarcal de la heterosexualidad obligatoria.

Como señala Charlotte Bunch, al referirse a los diversos modos en que la heterosexualidad obligada sirve de apoyo a la feminización internacional de la pobreza, la idea de que cada “buena” mujer debe tener un hombre que la mantenga, sirve de apoyo ideológico para pagar menores sueldos a las mujeres. O, la concepción de las mujeres como seres que existimos para los hombres y estamos al servicio de sus necesidades y deseos, da lugar a especiales prácticas de disciplinamiento de los cuerpos femeninos, como analiza Sandra Lee Bartky, entre las que señala tres categorías de técnicas: las que pretenden conseguir un cuerpo de cierto tamaño y configuración; las que tiene como objetivo conseguir de ese cuerpo un repertorio específico de gestos, posturas y movimientos; y las que están dirigidas a mostrar el cuerpo como una superficie decorativa (2).

La propuesta neoliberal nos ofrece como marco de solución de los problemas que ella misma genera, el ejercicio de esta democracia representativa y de los derechos individuales, que, en sus versiones más progresistas, se entienden como derechos civiles, económicos, sociales y culturales. Se apela a las mujeres pobres como clientas y como proveedoras de servicios gratuitos para la familia y la comunidad. Al mismo tiempo, se presenta a las mujeres de clase media (las aún incluidas) como individuas titulares de derechos.

Acceso a las instituciones

Las vías privilegiadas por una amplia corriente feminista, para la obtención y ampliación de derechos, son: el acceso a las instituciones y las reformas legales. Asimismo, los ejes de muchos debates feministas actuales se relacionan con las teorías y prácticas liberales, utilizando una red de conceptos de ese cuño, como: derechos, intereses, contratos, individualismo, negociación, gobierno representativo, ciudadanía.

Originariamente, el concepto de ciudadanía se vincula a los derechos del ciudadano/a. Es un concepto político, que comprende el derecho a elegir y a ser elegida/o (derecho al voto, a ocupar cargos públicos, etc.).

La ampliación actual de este concepto, que contempla los obstáculos para el ejercicio de la ciudadanía y abarca el conjunto de derechos de que son (o debieran ser) titulares las individuas/os, no trasciende la concepción liberal y se engarza con la estrategia de acceso a lugares de decisión y de influencia en las políticas de los Estados nacionales y de los organismos internacionales.

En el proceso de globalización, los estados nacionales se han debilitado, sometiendo sus decisiones a las directivas de los centros de poder internacional y, especialmente, de los organismos financieros multilaterales: FMI, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etc. De allí que una parte importante de las políticas feministas están orientadas a participar en estos organismos e incluir en los mismos lo que denominan “perspectiva de género”. La teoría liberal de acceso igualitario al poder y a las instituciones, merece ser analizada, al menos, en dos aspectos:

1.  Sus alcances como herramienta para la lucha feminista y para mejorar la vida de las mujeres y corroer las bases patriarcales de la sociedad.

2. Sus límites éticos y políticos. Respecto al primer punto, acceder al poder político institucional, a nuestro juicio, no es en sí mismo un medio idóneo para la lucha antipatriarcal ni debiera ser la estrategia privilegiada de la lucha feminista.

Puede constituirse en una herramienta útil, en determinadas situaciones, para la obtención de reformas legales o de determinadas políticas públicas. Pero la lógica del poder y los mecanismos de disciplinamiento interno de las instituciones, generalmente se sobreponen a las mejores intenciones feministas.

Por otra parte, la inclusión de las/os excluidas/os del poder no puede reducirse, como dice Nancy Fraser, “a la presencia o ausencia de exclusiones formales”, ya que, aun en ausencia de las mismas, “existen impedimentos formales a la paridad participativa que pueden persistir incluso después que la gente esté formal y legalmente autorizada a participar”, como protocolos de estilo y decoro, lenguajes, horarios, etc.

El segundo aspecto se refiere a los límites éticos y políticos de la participación institucional. ¿Es lo mismo cualquier institución? ¿Todo sirve a la estrategia de “ocupar lugares de decisión”?. Vamos a analizar en particular los ejemplos de los Bancos Multilaterales de Desarrollo, en atención a la participación de feministas en ellos y al apoyo que la dicha participación ha recibido por parte de diversas publicaciones y oenegés de la región. (3)

En un artículo de Ricardo Carrere, publicado en Lolapress Nº 5 (mayo- octubre 1996), el autor señala que estos Bancos “responden a las directivas de los gobiernos miembros que son sus propietarios”, que “no se trata de organismos democráticos donde cada país detenta un voto, sino que…los votos dependen del número de “acciones” detentadas por cada gobierno (así, en el Banco Mundial, por ejemplo, EEUU tiene el 17 por ciento; Japón el 6,37 por ciento, Alemania el 4,92 por ciento y los países más pobres entre el 0,4 y el 0,5 por ciento.

Dichos Bancos -nos informa el autor- “son los que permiten implementar las políticas globales elaboradas en los centros de poder. La privatización, la reforma del sistema judicial, los sistemas jubilatorios, las políticas educativas y de salud, las políticas agrícolas, etc…”.

Como conclusión, propone tratar de influir en las políticas de los Bancos e informa de la creación, en ese sentido, de la Red de ONGs de América Latina y el Caribe sobre la Banca Multilateral de Desarrollo. Con similar orientación, en una carta de Laura Frade (México) publicada en mujer/fempress de octubre de 1996 (Nº 180), luego de denunciar al Banco Mundial como uno de los principales responsables del ajuste estructural dirigido a instaurar el modelo neoliberal y de señalar los efectos negativos que los programas implementados han tenido sobre las mujeres, informa que desde Beijing lanzaron la campaña de seguimiento y monitoreo al BM llamada “El Banco Mundial en la mira de las mujeres”.

Describe los objetivos estratégicos de dicha campaña principalmente:

1) El diálogo entre las oenegés y el Banco a través del documento llamado “Estrategias de asistencia a los países”, que es el marco general de acción del Banco sobre éstos, en el que “se definen las políticas económicas que los gobiernos llevarían a cabo hasta una nueva revisión ” (O sea trabajar sobre la base de las políticas que el Banco propone).
2) La institucionalización de la “perspectiva de género” en sus políticas y programas.

Otra carta, de agosto de 1994, fue publicada por el Servicio Informativo de ALAI (Ecuador) y reproducida por la revista Mendocina, Las chicas (Nº 42, junio/julio 96). Se trata de la renuncia de Pierre Galand, secretario general de OXFAM-Bélgica, al Grupo de Trabajo de ONGs. Lleva por título: “Banco Mundial: una maquinaria imposible de humanizar”.

Denuncia cómo las políticas que el Banco Mundial impone a los países, son “socialmente criminales”. Señala la contradicción entre los discursos sobre participación popular – particularmente de las mujeres- y sus prácticas, a las que califica de “escandalosas”. Uno de los párrafos dice:
“Mis deseos para el Banco son simples: ya basta con 50 años. Ustedes son uno de los principales enemigos de los pobres y de los derechos que ellos defienden en el marco de la maquinaria más extraordinaria y sofisticada hoy en el mundo para imponer a todos un angustioso sentimiento de fatalidad, que les resigne a aceptar que el desarrollo está reservado a unos pocos y a todos los demás, a los que no son considerados ni suficientemente competitivos ni domesticables, sólo les espera una inevitable pobreza”.

Las dos primeras posturas responden a la idea de trabajar desde dentro de las instituciones, tratando de producir algunos cambios. La tercera muestra el fracaso del intento, la imposibilidad de modificar nada cuando se juegan fuertes intereses económicos, financieros y políticos.

¿Qué significa incluir la “perspectiva de género” en una institución cuya función es “implementar las políticas globales elaboradas en los centros de poder” (Carrere)? ¿Tal vez obtener préstamos o subsidios para algunas mujeres afectadas por la feminización de la pobreza y la exclusión social producidas por esas mismas políticas?. Algo así como la versión internacionalizada de aquel párrafo de la canción de María Elena Walsh: “primero invento pobres y enfermos, después regalo un hospital”.

Nosotras consideramos que hay instituciones en las que no se puede intervenir con políticas feministas, salvo que consideremos que el feminismo consiste en obtener cierta cuota de poder para algunas mujeres, sin cuestionar el sistema patriarcal y capitalista que genera y reproduce la opresión de género.

Ideas, propuestas, políticas

Trataremos de esbozar algunas de nuestras ideas sobre las políticas feministas en el actual contexto. Una política feminista debiera contemplar -a nuestro juicio- :
1.- Un análisis crítico de las formas actuales del patriarcado y sus relaciones con el capitalismo -que incluya los efectos del neoliberalismo en la vida de las mujeres, en su trabajo y sexualidad y en sus relaciones-
y

2) una crítica de la “democracia realmente existente”, utilizando una expresión tomada de Nancy Fraser. La recuperación y construcción de la autonomía y del carácter de movimiento del feminismo, es un requisito necesario para dar espacio intelectual y práctico a la formulación de teorías críticas y de propuestas propias.

Retomar la subversión, la crítica al poder patriarcal, a la lógica de la dominación, implica darle a este espacio un contenido de cambio radical de la sociedad y no de integración de una determinada “perspectiva de género” a un modelo económico, social y político global que nos oprime y segmenta, en un movimiento de inclusión/exclusión que, a la vez que nos confiere algunos derechos políticos y civiles y sume (y recupera) en mayor o menor medida nuestros discursos, convierte a millones de mujeres en las principales víctimas de las reformas neoliberales, que implican pérdida de derechos sociales, empobrecimiento y empeoramiento general de las condiciones de vida, y manipulación de nuestros cuerpos.

En este marco, criticar la “democracia realmente existente”, implica poner en cuestión su capacidad para resolver los problemas que plantea el modelo neoliberal, los límites de una participación reducida al voto y a una representación cada vez más alejada de la relación representada/os/representante y más clientelista, la reducción del ámbito público al espacio institucional, la tajante y particular separación privado/público.

Por otro lado, esta crítica no implica abandonar el concepto de democracia, sino formular nuestra propia propuesta democrática, para lo cual, como dice Marcela Lagarde (4), “requerimos comprender que enfrentamos un sistema de dominación múltiple, simultánea y organizada, y reconocer que no es independiente la libertad política de la libertad personal de la vida privada”.

Asimismo, supone -entre otras cosas- definir el papel político de los movimientos sociales, e incluir formas de democracia directa y semidirecta. Una cuestión fundamental es la construcción/reconstrucción de nuestros ámbitos públicos, entendidos como espacios propios de deliberación y decisión.

Los procesos de institucionalización, privatización, fragmentación y oenegización del feminismo que atravesamos, constituyen obstáculos para la construcción de espacios comunes que nos den existencia como movimiento social.

El ámbito público ha quedado reducido a los lugares institucionales, definiendo de esa manera una prioritaria y casi exclusiva interlocución con las instituciones, que ha “juridizado” nuestro lenguaje y ha adaptado discursos y prácticas a la lógica institucional, rebajando contenidos y quitando radicalidad.

Como dice la feminista dominicana Denise Paiewonsky, “Desde adentro las cosas se ven muy diferentes de cómo se ven desde afuera, por lo que hay un síndrome inevitable de moderación política involucrado en el proceso de acceder al sistema…” (5).

Reconstruir el propio ámbito público implica también recuperar un diálogo con la sociedad, especialmente con las mujeres, no mediatizado por las leyes y las instituciones, aun cuando el campo del derecho y las relaciones entre la vida y la ley, siguen siendo -a nuestro entender- lugares de lucha y reflexión, pero no los principales ni exclusivos.
Muchos de los problemas más agudos con que nos enfrentamos, requieren más de cambios sociales y culturales que de reformas legales.

Incluso estas últimas, si no van acompañadas de esos cambios, pueden ser -y de hecho son- rápidamente recuperadas y transformadas por el poder hegemónico, que nos devuelven muchas veces, un producto desalentador y, en ocasiones, contrario a nuestro deseos y necesidades.

También a quienes son/somos lesbianas y apostamos al movimiento feminista, nos encontramos con dificultades adicionales en la construcción de nuestros espacios. Esa “vieja pareja en crisis añeja”-cómo se llamó el taller realizado en la 5ª Jornada de Lesbianas feministas organizada por Las Lunas, en el que se analizaba la relación entre feminismo y lesbianismo- requiere de un movimiento de unión/separación, que permita la inclusión política de las lesbianas en el movimiento feminista, la crítica al heterosexismo, el debate de los puntos de vista de las lesbianas, la asunción del carácter político del lesbianismo, y -a la vez- la construcción de un espacio propio lésbico-feminista.

Este ámbito enfrenta, como dijimos, problemas adicionales. Uno de ellos es el diálogo, muchas veces tenso y difícil, con las compañeras feministas heterosexuales; otro, el paso de la deliberación y decisión a la interlocución con la sociedad, que requiere visibilidad pública, cuestión que ha comenzado a abrirse hace unos años, pero que aún resulta  problemática por los temores y los reales problemas de discriminación, rechazo, exclusión y opresión.

Detectar las dificultades es un paso necesario para la búsqueda de nuevos caminos. La construcción de ámbitos públicos propios y autónomos es una condición para generar teorías y prácticas, formular utopías y propuestas y producir nuevos sentidos, significados y valores, capaces de cuestionar y desarticular el orden patriarcal.

El fortalecimiento de los espacios locales y nacionales son fundamentales para construir relaciones y ámbitos internacionales democráticos, desde la perspectiva de un internacionalismo feminista basado en la rebelión, en la solidaridad y en la autonomía.

Y por último, como dice la convocatoria del VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe: “Desde nuestra autonomía crecen las utopías”.

NOTAS
(1) Nina López Jones: “Trabalho nao remunerado”, Cuadernos do Cim:
“Mulheres, igualdade e desenvolvimento”.

(2) Sandra Lee Bartky: “Foucault, feminismo y la modernización del poder patriarcal”, en: Mujeres, derecho penal y criminología, Elena Larrauri (comp.), Siglo Veintiuno de España Editores S.A., 1994.

(3) Según informa la revista Mujer Internacional (Año 1, Nº 1), Virginia Vargas forma parte del Consejo Asesor sobre la Mujer en el Desarrollo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) desde abril de 1995 y del Consejo Asesor en Género del Banco Mundial (desde abril de 1996).

(4) Marcela Lagarde: “Una nueva propuesta democrática”, en Perspectivas, Nº 2, 1996.
(5) Denise Paiewonsky: “Cavilaciones de una feminista abatida. De crisis personales y políticas”, La Correa Feminista, Nº 12, primavera-verano
(*) Este artículo ha sido preparado para la 15ª Jornada sobre “Feminismo y neoliberalismo” por las integrantes de ATEM, quedando su redacción final a cargo de Marta Fontenla y Magui Bellotti, Buenos Aires, Argentina, 1997.