MENTE Y CONSCIENCIA

Advertirá el lector que quien escribe ha tomado cuidado en usar vocablos que tienen más de dos milenios de vigencia. Esto porque, aunque parezca extraño, en aquellos tiempos había consenso sobre qué palabra aludía a qué cosa. Hoy ya no, pues los intelectuales y el fuerte dogmatismo religioso han arruinado hasta la terminología.

Al respecto, psique y alma son sinónimos, pues  Anima es la expresión latina de su equivalente griego Psyché. En cuanto a Espíritu, en términos generales es también sinónimo de Anima y Psyché, pues deriva del latín spiritus, que significa “aliento”.

Sin embargo, el vocablo Espíritu (con mayúscula) tiene una connotación bastante más profunda que alma y psique, tal como la relación entre género y especie. Espíritu vendría a ser “el Alma profunda”, versión coherente pues, en griego, el término pneuma (respiración, entendida como “influjo vital”) tiene mayor pureza esencial, por lo que spiritus se asimila más a pneuma que a psyché. El Cristianismo adhirió a ésta acepción, aludiendo como Espíritu Santo al Éter Inefable que sostiene al fenómeno universal, tal como las etnias piel roja (Sioux, Cherokees, Navajos, Blackfoot, Apaches, etc.) también llaman Gran Espíritu al Maestro de la Sinfonía Universal.

A modo de síntesis, las alegorías psychéalma aluden a una entidad atemporal inherente al hombre común, pero que tiene la cualidad de indestructible por no decaer jamás. En cuanto a Espíritu, la cuestión es más complicada, pues admite tres sentidos diferentes (aunque entrelazados). A secas, espíritu es sinónimo de alma y psyché, sin controversia. Más estrictamente, con Espíritu también se alude al “Alma profunda”, a la parte inmaculada e inmutable de nuestro ser etéreo. Por último, Espíritu (también con mayúscula) alude a la Médula del Universo, vale decir, el Absoluto, Dios, Yahveh, Atman, o Gran Espíritu.

Dejando de lado la terminología alegórica, y yendo exclusivamente al realismo que tal terminología indicase, entonces surgirán las preguntas de rigor:

¿Cuál es nuestra postura ante ese “alma”, ese frío monitor que nos habita hasta nuestra muerte, para allí dejarnos inertes y tomar vuelo hacia alguna parte?

¿Quién es qué?

¿Hay interacción? Y si la hay, ¿Quién comanda a quién?

Según vemos, subsisten más interrogantes que certezas.

Nótese que pasaron más de dos milenios y que, en tal lapso, la cultura e idiomas viraron abruptamente desde el Sur europeo (Imperio Griego e Imperio Romano) hacia el Norte europeo, cuyos bárbaros -Vikingos, Visigodos, Anglos, Sajones, etc.- literalmente se adueñaron de todo el mundo Occidental (los invasores hispanos y portugueses eran ambos visigodos), así generando profundos cambios.

A causa de ello, surgieron nuevas terminologías que hoy manejamos, aunque sin saber exactamente su significado. Por ejemplo, la dupla psyché = anima (alma) pasó a llamarseseele en alemán y soul, en inglés, sin alterar su acepción grecorromana.

Es singularmente relevante el vocablo inglés mind – del inglés medio mynde, y éste, a su vez, del inglés antiguo gemind – que literalmente significa “atención” (pero de alcance substancialmente mayor), el que a lenguas romances se tradujo como “mente”, un término de extraordinaria riqueza conceptual (ver más abajo).

A su vez, el inglés tomó el vocablo conciencia (del latín conscire, “saber con”, o, mejor dicho, “comprender”), traduciéndolo como Consciousness, sin mucho alterar su acepción latina originaria.

Habiendo introducido los términos menteconciencia, nos focalizaremos en desentrañar el primero, pues tiene la virtuosísima cualidad de aglutinar en un solo vocablo a los tres que veníamos manejando: psique, alma, y espíritu.

En cuanto a conciencia, es preciso aclarar que se percibe abismal la distancia que media entre saber (scire, en latín) y comprender (con-scire, en latín), puesto que quien comprende, obviamente sabe, pero puede uno saber algo sin verdaderamente comprenderlo. Esta aclaración viene muy al caso, pues nos ha de servir para aludir al grado de comprensión que uno alcanzase: Niveles de Consciencia, expresión bastante más específica que Niveles de Comprensión, por más que sean equivalentes.

Pues bien, el vocablo mente se asimila perfectamente a espíritu, pudiéndose decir que son verdaderos sinónimos. Al igual que espíritu, también mente tiene tres acepciones, con la notable ventaja de que esos “limites” (solo virtuales, se entiende) están delineados con mayor precisión.

A diferencia de cuando analizamos la noción de espíritu, con mente lo haremos “de arriba hacia abajo”, para discernir mejor.

Para aludir al Absoluto (Atman o Dios), el vocablo Mente Universal (con mayúscula) lo define con precisión. Tratándose de un Absoluto, ello involucra tanto al continente como a los contenidos, por lo que nada más podría decirse al respecto.

Pero es cuando refiere al mundo existencial del individuo donde la noción inglesamente exhibe todo su esplendor. En éste plano individual, almamente (con minúscula) son sinónimos, del mismo modo que Alma profundaMente profunda (el sustantivo con mayúscula) son también sinónimos. En apariencia, entonces no habría ningún inconveniente si usásemos ambas terminologías indistintamente.

Solo en apariencia, pues aflora un problema grave: el sesgo cultural.

Nótese que el vocablo alma tiene una severa connotación dogmático-religiosa que el término mente carece, es decir, las nociones Mentemente pueden asimilarse con total libertad cognitiva. En cambio, resulta harto difícil decir que el individuo tiene un alma sucia y un Alma profunda inmaculada, pues la connotación “alma sucia” no termina de cuadrar dentro del atributo de pureza que el término alma tiene en nuestra tradición judeocristiana.

Mas no ocurre lo mismo con mente, pues es más aceptable expresar que cada individuo tiene una mente operativa inmadura, cuyo núcleo basal es una Mente (con mayúscula) inmóvil e inmaculada, que es su Mente Original. No vemos aquí ningún impedimento dogmático para decir exactamente lo mismo que se expresó en el párrafo anterior, pero ahora sin utilizar los vocablos almaAlma.

Para colmo, la expresión alma impura (con minúscula) está íntimamente ligada a la noción de pecado, con tremendo lastre de culpa y pesadumbres, mientras que hablar demente inmadura implica expresar exactamente lo mismo, pero ya sin pesadumbres ni connotaciones peyorativas o culposas.

Nótese la magnitud del impedimento, pues desde niños hemos sido inducidos a sentirnos reos cuasi-diabólicos: “Yo pecador me confieso a Dios Todopoderoso que mi alma es la basura mas irremediable de todas. Asimismo, mi alma se declara culpable del Pecado Original de mis antecesores Adán y Eva, que irresponsablemente osaron fugarse del Jardín del Edén para pasarla muy mal en éste Valle de Lágrimas. También mi alma viene a asumir su culpa con Jesús, porque mi catequista y mi párroco me afirman que lo crucificaron en el Gólgota para que él pudiese salvarme ahora, y eso me convierte en cómplice de un asesinato a sangre fría perpetrado hace dos mil años…”.

Sin comentarios.

Mucho le debemos a los anglosajones por habernos legado el vocablo mente, una formidable muletilla expresiva, como también enorme deuda tiene Occidente con el Budismo Zen por venir siendo tan explícito y directo con respecto a dilucidar qué es qué y cual es el meollo en ésta temática tan difícil de abordar.

Por Horacio Casse