LA POLUCIÓN DE LA MENTE

La defensa del planeta de toda la indiscriminada polución que el hombre se ha encargado de distribuir, se hace imprescindible pero a su vez termina siendo insuficiente porque nos coloca en una situación de tener que crear una policía permanente y eterna para que controle nuestros desatinos que justificamos con el llamado progreso.

El planeta está siendo masacrado por el mercado, pero de ello sólo tomaremos cuenta cuando ya no exista alternativa frente al daño causado. El hombre contamina el planeta porque el suelo y la base de su existencia está contaminada, su mente, su pensar, su intelecto. La ambición lo lleva a creer que puede dominar a la naturaleza y ello, por supuesto, se argumenta desde la nobleza que encierra el progreso.

Los movimientos ecológicos mundiales tratan de frenar la mayor cantidad de acciones indiscriminadas que existen en este sentido, pero si no es acompañada de la estrategia de la transformación absoluta del pensar humano sobre la base de la educación y el conocimiento de nosotros mismos, todo ese trabajo no alcanzara para librar al planeta de la inminente desgracia que estamos sembrando con su contaminación.

El cuidar de nuestra mente y de nuestro pensar es el principio elemental para despreocuparnos del daño al planeta, porque no podemos construir un mundo sensato y agradable para vivir si nuestras mentes están poluídas de antemano, con lo cual la contaminación del planeta se transforma en una consecuencia exterior de nuestro contenido interior. El mundo no es otra cosa que el reflejo de lo que somos por dentro. El querer ver el mundo como algo separado de nosotros obedece únicamente al hecho de no tener que asumir la responsabilidad que nos toca en la expansión de la desgracia y destrucción a la cual se encuentra sometido, y para sentirnos diferentes de los demás auto-considerándonos buenos y más virtuosos que los demás.

Premeditadamente los que más contaminan se niegan a firmar acuerdos internacionales para erradicar el recalentamiento del planeta, lo que nos permite, sin ser videntes ni profetas, el vislumbrar hacia donde vamos.

Aceptamos todo esto porque nuestra ocupación individualista se encuentra encarcelada en la exclusiva seguridad económica, y si la destrucción paulatina y silenciosa del planeta nos permite saciar nuestra inseguridad monetaria y satisfacer nuestros más ocultos deseos, que proyecta nuestra ambición, no nos sentimos motivados a cortar la fuente que nutre nuestro egoísmo y avaricia, así sea nuestra vida y la de nuestros hijos las que se encuentran en peligro.

Como podemos comprobar es la polución de nuestra mente la principal contaminadora del planeta y de la vida humana, y sin existir primero una profunda revolución en nuestro pensar, estaremos toda la vida pendiendo del peligro, no sólo de lo que significa la contaminación del planeta, sino que por sobre todas las cosas del desequilibrio de cualquier irresponsable que elegimos como nuestro representante, y eso no es responsabilidad del corrupto, mentiroso e hipócrita, que elegimos como autoridad, como gobernante, es simplemente nuestra falta de inteligencia para rechazar a tiempo a mentes ideologizadas, cuando sabemos que para ellos lo importante es la idea y no el hombre, por lo tanto, es nuestra falta de saber cómo pensar la que nos hace responsable de la crisis del mundo, la polución y la consecuente destrucción.

La lucha de las entidades ecológicas no sólo debe estar orientada a la preservación del planeta, sino que debe incorporar a ella la educación por el conocimiento propio, de lo contrario todo se reducirá a un enfrentamiento y conflicto en donde el poder será el único victorioso, dando de vez en cuando alguna concesión para aquietar los ánimos.

Si no purificamos, antes que nada, nuestra mente, de nada servirá luchar por la purificación del planeta, ya que eso es lo mismo que amenazar a un mono con una banana.