CIENCIA, POLÍTICA Y SOCIEDAD

¿Cuáles son las condiciones para que la ciencia se dé en una sociedad? Está claro que sociedades a lo largo de la historia ha habido unas cuantas, pero si queremos hablar de “avance científico” tal y como lo conocemos hoy día, sólo ha habido dos épocas en toda la historia: la primera fue la antigua ciencia griega y la segunda es la de hoy día y que empezó hace varios siglos. Sin darnos cuenta de ello, somos hijos de nuestro tiempo, lugar y formación en mayor medida de lo que creemos. Así que de ciencia, sociedad y política os quiero hablar en nuestra historia de hoy.

Podemos hacer la analogía entre la ciencia y una planta: necesita condiciones favorables. No puede crecer en el desierto, ni en cuartos oscuros. Necesita luz, aire y una tierra fecunda. Sólo que falte uno de esos factores, todo puede venirse abajo y desaparecer. Sin hacer ruido ni protestar. Y cuando nos diéramos cuenta, sería demasiado tarde.

No hay pruebas de que ningún país o raza sea mejor que cualquier otro en aptitud para el aprendizaje científico. Todo lo contrario: hay sobradas evidencias que todos somos muy semejantes. La tradición y los antecedentes técnicos parecen contar muy poco en esto. C. P. Snow decía que conoció muchas muchachas sicilianas sacando los primeros puestos en unos cursos muy exigentes en la Universidad de Roma, pero que treinta años atrás, esas mismas adolescentes hubieran estado casi recluidas y entre velos, como mahometanas. Cuando el Premio Nobel de Física de 1952, John Cockcroft volvió de Moscú allá por el 1930 corrió la voz de que había podido observar los laboratorios, fábricas y a los obreros especializados que en ellas trabajaban. Alguien le preguntó qué aspecto tenían aquellos trabajadores.

– Pues mire, son más o menos como los de Metrovick.

O sea, que es posible llevar a cabo una revolución científica con personas que pueda haber en India, en África, en el Sudeste asiático, América latina o en Oriente Medio. Sin ningún género de dudas.

La sociedad donde se dé el avance científico debe ser mínimamente rica. Por lo menos, no debe tener más población de la que pueda alimentar. En los países ricos la gente vive más tiempo, come mejor, trabaja menos. En un país pobre la expectativa de vida es menos de la mitad que en uno rico. Generalmente se admite que en todos los países no industrializados la alimentación no excede del puro nivel de subsistencia. Con la sociedad pasando hambre, difícilmente llegaríamos muy lejos. La ciencia sólo puede prosperar en sociedades lo bastante ricas como para permitir que muchas personas dediquen su tiempo a hablar y pensar.

Aunque tampoco todo depende de la economía y el dinero. Los romanos crearon una gran civilización y tenían una tecnología magnífica. Hicieron caminos, puentes, acueductos, baños de vapor, tenían buenas comunicaciones y un gran imperio. Pero no hicieron nada que merezca destacarse como avance científico: no inventaron la pólvora ni el papel. Tenían esclavos griegos y acceso a toda su ciencia, pero cuando los clásicos de la ciencia griega empezaron a ser traducidos al latín en el siglo XVI, para la mayoría de los textos, los traductores tuvieron que tirar de versiones árabes. No basta con ser una sociedad con recursos económicos. Hacen faltan más factores.

En general, en una sociedad en la que se pretenda que haya desarrollo científico, tiene que existir libertad. Hay que matizar este concepto. Como dice el maestro José Luis Sampedro:

La palabra “libertad” tiene distintos sentidos según el usuario. Cuando el poderoso exige libertad, la quiere para no encontrar ninguna traba que le impida conseguir más beneficios. Cuando el débil pide libertad, es para reducir la explotación a la que está sometido.

Pues bien, yo estoy hablando de la libertad del débil. Me refiero a libertad de expresión y de pensamiento. Si no se es libre de publicar y debatir abiertamente, difícilmente podremos avanzar. Esto no es exclusivo de la ciencia, pues con la cultura literaria sucede exactamente lo mismo. En una sociedad en que haya sacerdotes, políticos o cualquier otro tipo de personaje con el poder de encarcelar o suprimir aquellos que amenacen su monopolio de la explicación las ideas ya podemos sospechar que no hay mucho que hacer. Tenemos varios de estos ejemplos, pero quizás uno de los más recientes y conocidos es el de Lysenko, en la Unión Soviética de Stalin.

Trofim Lysenko fue un charlatán de conocimientos muy limitados que afirmaba que la genética era una ciencia burguesa y que la agronomía se podía enmarcar en doctrinas marxistas. Eliminó, muchas veces físicamente, a los científicos más valiosos de su país y su método de plantaciones de especies de clima cálido en zonas frías hizo que la Unión Soviética tuviera que importar cereales de los EEUU en 1964, en plena Guerra Fría. La biología rusa se retrasó, al menos 50 años.

Zhores Medvedev explicó su caída en un libro estremecedor, publicado en EEUU, desafiando las autoridades soviéticas. Medvedev fue internado en un hospital psiquiátrico porque sus críticas a Lysenko y Stalin “demostraban” que no estaba bien de la cabeza. Desde los EEUU se presionó para que lo liberaran, y Medvedev escribió otro libro. Esta vez, sobre su cautiverio.

El biólogo Roger Lewontin, en su libro “No está en los genes”, afirma que no hay diferencia esencial entre ser opositor a una dictadura y ser un enfermo mental. En ambos casos, se trata de gente que no se ajusta a las normas aceptadas por la mayoría. En las democracias, los enfermos mentales se encierran en los centros psiquiátricos y en las dictaduras se encierran disidentes como Medvedev. Es tan solo una cuestión de una relación defectuosa entre una persona y su entorno.

Sigamos. Las sociedades que tengan un exagerado respeto al pasado y no generen una actitud desafiante a las reglas establecidas tampoco permiten el avance, pues una de las facetas de la ciencia es cuestionarlo todo, sea lo que sea. Si el peso del pasado es demasiado fuerte, se esfuma el planteamiento de preguntas.

Y, por supuesto, la política juega un papel fundamental en el debate científico. El ambiente político de un país puede dar entornos muy diferentes. Por ejemplo los científicos árabes son perfectamente conscientes del poco progreso científico de sus países. Para intentar arreglar este problema se ha puesto en marcha la Fundación Árabe de Ciencia y Tecnología (ASTF), que ha de actuar para promover la investigación y el intercambio de ideas al estilo de Occidente desde hace unos tres siglos. La ASTF ha tomado forma de ONG con financiación privada para limitar las injerencias de los gobiernos árabes. Los intentos anteriores fracasaron por el poco entusiasmo de los gobiernos que se habían comprometido a financiarla. Hace falta que políticos y administradores sepan la suficiente ciencia como para saber qué están haciendo los científicos. Eso, desde luego, ayudaría. Como dijo Lord Cherwell de forma bastante áspera en la Cámara de los Lores que: la comprensión de los principios básicos de la ciencia debería formar parte de una cultura general del siglo XX.

Las dictaduras pueden cambiar los entornos de forma radical y los estudios que se hagan pueden depender de la personalidad de los que han de tomar las decisiones. Está documentado que los nazis llevaron a cabo exploraciones arqueológicas destinadas a la búsqueda de objetos de valor místico, como el Santo Grial. Seguramente, en países donde haya que justificar los gastos para investigación hubiera sido muy difícil justificar esto. La autoridad de quien ha tenido razón muchas veces da un poder más moral que efectivo. La autoridad de quien tiene el garrote tiene efectos inmediatos.

Por otro lado, las dictaduras son muy peligrosas también en este terreno. Por mucho bienestar o progreso material que puedan haber conseguido alguna (si es que alguna vez lo han hecho), poco a poco se abandonan los criterios éticos. Palabras como censura, tortura o corrupción aparecen rápidamente. Y el cambio puede darse tan poco a poco que puede ser hasta difícil de detectar. Empiezas sacando sangre a alguien sin su permiso y acabas haciendo experimentos con prisioneros. En una democracia, cualquier experimento que incluya una persona, debe pasar una serie de controles éticos estrictos. Si enganchan a alguien manipulando material de origen humano sin pasar por los comités éticos adecuados se le puede caer el pelo. En países con estructuras no democráticas como China, estos trámites se hacen por la vía rápida, como en la donación de órganos por parte de los ajusticiados en China.

El año 2007 (no sé cómo estará la cosa hoy día) había un vigoroso mercado de órganos para trasplantes provenientes de condenados a muerte. Su piel era muy apreciada por la unidad de quemados de los hospitales. Los responsables la cobraban por centímetro cuadrado. Los prisioneros eran sometidos a pruebas de compatibilidad para ver si sus órganos podían servir a alguien de las listas de espera, y las ejecuciones se programaban de acuerdo con las necesidades del hospital. Los receptores eran normalmente personas con cargos importantes y sus familiares, o chinos ricos que vivían en el extranjero y que pagaban un montón de dinero por ellos.

Sea por convicción o por cobardía o por pura y simple inercia, muchos científicos que se han visto viviendo en dictaduras han continuado practicando ciencia. En algunos casos se han puesto directamente al servicio del poder y en otros casos han aprovechado para hacer experimentos que en circunstancias normales hubieran sido éticamente inaceptables.

Joseph Mengele investigó, entre otras cosas, la susceptibilidad genética a partir de infecciones. Sus experimentos tenían una base científica, pero al llevarlos a la práctica con seres humanos quedó en una simple exhibición de crueldad. Pero hay más. Sigmund Racher sometió a prisioneros a bajas temperaturas durante horas. Dichos experimentos eran científicamente correctos, pero no hace falta decir que fueron injustificables. Los experimentos posteriores que se hicieron con protocolos éticos mostraron que Racher había descrito con todo detalle la muerte por hipotermia.

La tortura con electricidad en Chile y Argentina se llevó a cabo por médicos que sabían controlar los aparatos con precisión. Hoy día, la terapia electroconvulsiva es un tratamiento habitual para ciertas enfermedades mentales. La aplicación de corrientes eléctricas en diferentes puntos del cráneo y en enfermos de depresión tiene una eficacia demostrada. En aquellos países, algunos expertos en esta técnica lo hicieron muchas horas en personas que no tenían ninguna enfermedad mental y ni siquiera estaban anestesiadas.

Aun así, quiero pensar que los científicos que se implican de esta manera en estas causas tan en contra del ser humano son una excepción. Yo no los llamaría ni científicos, sino torturadores. Los científicos tienen (tenemos, si me permitís) una serie de actitudes comunes, criterios y normas de comportamiento comunes, supuestos básicos y manera de ver también comunes. Esto no quiere decir que una persona, dentro de su cultura, pierda su individualidad y libre albedrío. Los científicos acostumbran a interesarse por la vida psicológica, moral o social. Y en lo moral, son en conjunto el grupo de intelectuales más sanos que tenemos; en el carácter mismo de la ciencia entra un componente moral, de compartir, de contarnos la verdad unos a otros, y casi todos los científicos forman sus propios juicios éticos sobre la vida.

Una abrumadora mayoría de la cultura científica tendrá por incontestable, sin necesidad de reflexión ni examen de conciencia, que la investigación es la función básica de una universidad. Hoy día existe el Advanced Institute of Princeton. No tiene profesores, ni estudiantes ni aulas, ni laboratorios, ni extraños aparatos llenos de tubos: sólo habitaciones, despachos, libros, hierba, árboles y muchos ciervos. Demasiados. Unos arqueros con buena puntería se encargan de mantener el equilibrio entre los ciervos y los sabios. Matando ciervos, por supuesto.

Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, fue su director durante 20 años y lo definió como “un hotel para intelectuales”. Y es que no es más que eso. Los que residen allí no deben preocuparse por nada: disponen de un apartamento, un despacho, desayuno y comida cinco días a la semana y cenas de los miércoles y viernes; y té con pasas cada día laborable a las tres de la tarde.

Nadie debe rendir cuentas a nadie. Nadie debe publicar en ninguna solemne revista científica. Nadie debe redactar informe alguno justificando algún trabajo. Y por si fuera poco perciben el equivalente a 90.000 euros anuales. Algunos lo llamaban, y todavía lo hacen “Insituto de Sueldos Avanzados”.

Allí han residido los cerebros más productivos de la historia. El más destacado: Albert Einstein; aunque también han hecho escala otros lumbreras de la talla de Kurt Gödel, John Milnor, Niels Bohr, Stephen Wolfram, John Von Neumann, etc. Todos ellos tenían una conducta estrafalaria o exhibían alguna habilidad extraordinaria.

Algunos (entre los que se incluyen muchos científicos) los acusaban de vivir literalmente en la Luna. Puede que sea cierto. Pero cuando decidían aterrizar se abría una nueva puerta en el horizonte de la historia.

Queda claro que algunas sociedades se organizan en formas que desarrollan hábitos de pensamientos que hacen posibles la ciencia. Y hay otras sociedades, que también pueden ser muy prósperas, cuyas organizaciones sociales, códigos de conducta y creencias la ahogan.

La revolución científica es el único método merced al cual la mayor parte de los seres humanos puede obtener los bienes básicos como esperanza de vida, liberación del hambre, supervivencia de los hijos, etc. En nuestra sociedad lo tenemos tan asumido que ni siquiera nos lo plantamos. Pero hay que pensar que la mayor parte de la humanidad carece de estas cosas. Hay quien afirma, que se estaba mejor antes y que el progreso es algo malo y peligroso. Parafraseando a Manrique, “cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Tendemos mucho a idealizar el pasado. Respecto a ello, basten las palabras de J.H. Plumb:

Ninguna persona sensata preferiría haber nacido en una época pasada a menos que hubiera estado bien segura de poder venir al mundo en el seno de una familia acomodada, de haber disfrutado de una salud extraordinariamente buena y de haberse considerado capaz de aceptar estoicamente la muerte de la mayor parte de sus hijos.

¿No son razones suficientes para que cuidemos de la ciencia y la hagamos un poco más nuestra?

Fuentes: “Todo lo que hay que saber para saberlo todo”, Jesús Purroy “Els silencis de la ciència”, Santiago Ramentol “Las dos culturas y un segundo enfoque”, C. P. Snow “Historias curiosas de la ciencia”, Cyril Aydon