¿CÓMO SE DICE TE AMO?

¿Se puede decir “te amo”? ¿Y cómo se dice te amo?, ¿qué significan esas palabras? ¿Se ama por la belleza? ¿y qué será la belleza, algo en ella o algo en mí? ¿se ama por la ternura, por la humildad, por el orgullo?. No he sabido lo que es eso, amar, en mis 52 años de vida. Sin embargo, me han pasado cosas. Estos 52 años no han sido estériles, han generado cambios en mí. Lo primero que recuerdo fue el deseo. Antes de desear no recuerdo nada, no sé cómo vivía antes de sentir la necesidad de poseer. No digo que necesitara cosas, solamente recuerdo que sentía que las necesitaba, que me eran indispensables, y sin ellas simplemente era infeliz. Por lo tanto todo mi actuar estaba orientado a satisfacer esos deseos, todos mis pensamientos estaban ocupados por las estrategias que debía aplicar para obtener la posesión de los objetos o situaciones deseadas. El deseo, entonces, es la primera motivación que recuerdo en mí. Nunca vi otra razón, motivo o causa de mis acciones, y tampoco me di cuenta que cuando cumplía un deseo siempre surgía otro, y obtenido lo deseado, se perdía totalmente el interés en ello, para poner la atención en otra cosa. Si no se podía conseguir lo deseado, habían dos caminos: o se generaba una obsesión, o se reemplazaba ese deseo por otro, cosa ésta última más rara, ya que siempre me gustó conseguir lo que quería, y si no era posible, aparecía el sufrimiento.

Muchos años duró esta situación, independiente de lo que estuviera haciendo, siempre fue mi guía el cumplir deseos. Nada más. De pronto me fui cansando de ello, y apareció la desesperanza. Llamo desesperanza a la percepción, el darse cuenta que sea cual sea el deseo de turno (o  los deseos) el hecho de fondo es que son eso, deseos. Entonces, mientras esos deseos sean mi motivación, existe la esperanza, o sea, la expectativa de que se cumpla el deseo. Eso es lo que siempre que existe un deseo  estoy haciendo: esperando. La desesperanza, entonces, es el darse cuenta que solamente existen dos situaciones en las cuales poner la atención: en el deseo, o sea, en la expectativa de que se cumpla, lo que lleva mi atención hacia el futuro, o en lo que hay ahora, o sea, en lo que es, y elegir conscientemente quedarme con lo que es, con lo cual dejo el deseo sin sustento, sin fundamento, sin cimientos.

Pero, debo aclarar que esta desesperanza tiene como condición sine qua non ser consciente, ser una elección, la que ocurre una vez que he recorrido el proceso de engendrar, alimentar y perseguir deseos, y me he dado cuenta de su mecanismo. Porque lo que vulgarmente se conoce como desesperanza, es un estado de deseo intenso, en el cual no se ve solución, no se ve camino para hacer realidad el deseo, y entonces se cae en una especie de desolación (aflicción, angustia, desamparo, tristeza, dolor, pesar), y a eso le llaman desesperanza. Un ejemplo de esto sería el de un opositor a un régimen autoritario que se eterniza y al cual no se le ve salida, pero este opositor desea intensamente que cambie ese régimen, pero no ve cómo, entonces se desespera. Esa, en realidad, no es a la desesperanza que me refiero, como ya lo precisé. Entonces, ¿se puede vivir en la desesperanza, o lo que es lo mismo, sin esperanza? Eso quiere decir, vivir sin deseos. Dicho de otra manera, ¿existe otra motivación para la acción que no sea el deseo?, o más allá ¿existe acción sin deseo?  En lo personal, me cansé de los deseos. No es que no los tenga, no he alcanzado ese estado que los budistas llaman libre de deseos y que dicen que es la puerta para abandonar el sufrimiento. Pero como en un matrimonio agotado, sin comunicación y sin amor, mi relación con mis deseos es pésima. Los reconozco, los veo, me acucian, pero no me da placer el que existan.

Tal vez debería hacerme cabalista, ya que ellos plantean que no es la ausencia de deseos la finalidad a conseguir, sino que hacernos uno con el creador. La “meta” de los cabalistas no es disolver el ego, como en el budismo, sino elevar el ego hacia la divinidad, para fundirlo con ella. Así, se logra mantener a la esperanza en la ecuación. Los defensores de la filosofía del absurdo, Albert Camus entre ellos, sostenían que la esperanza siempre se cuela, siempre existe un resquicio por donde penetra en nuestra concepción de la vida, y por lo tanto, veo aquí otro dato interesante de cómo funciona el intelecto: a través de la esperanza. La única manera de deshacernos de ella, es con la atención en presente, haciéndonos uno con la vida, sin pensamientos entre medio de la vida y el ser. Ahí no hay cabida a la esperanza. Por lo tanto, si ella aparece, es el intelecto que está detrás con sus trucos para mantenerse en pie, opinando, evaluando, juzgando, calculando, comparando, asustando, proyectando y todos los ando que se les ocurra.

Por lo tanto, y para volver al amor, pregunto, ¿se puede decir te amo desde la esperanza, desde el deseo, desde la disociación, en suma, desde el pasado?. ¿Se puede amar a una persona por su apariencia, su “belleza”, su encanto, su dulzura, en suma, por sus adjetivos?  ¿O ese amor es el resultado de una comparación entre mi condicionamiento y lo que percibo, y que se me antoja parecido? Porque nunca es igual lo imaginado que lo percibido, a pesar de que a veces es muy, pero muy similar. ¿Le puede decir mi ego “te amo” a otro ego? ¿O tal vez  podré mirar, percibir, en un instante eterno, y comprendiendo la profundidad de ese instante conectándome con él, me fundo en esa totalidad, me hago uno con el otro, me completo, y así me entrego? Cuando quiera hablar de ello, ya pasó, y solamente me podré referir al recuerdo, pero aquel arrebato de amor, ya pasó. Por lo tanto, cualquier palabra que yo  diga, como por ejemplo “te amo”, o “te amaré siempre”, lo está diciendo un intelecto, un depósito de información que interpreta, evalúa, juzga y calcula, comparando con los paradigmas previos.

Si la comparación es satisfactoria, entonces se apega a ella, y bautiza ese apego como “amor”. Desde ahí en adelante, se perseguirá aquello en forma obsesiva, y todos los excesos que se cometan en nombre de ese apego, serán bautizados como “locuras de amor”, u otro nombre similar. Ese sentimiento es un deseo. Entonces, si he descubierto que ese u otro deseo cualquiera son la misma cosa, es la ambición del intelecto por retener la vida que fluye, ¿me he quedado fuera del amor? ¿Cómo le llamo ahora al sentimiento que ha justificado mi vida, a lo que siento por mi familia, mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanas, y por el que estoy dispuesto a dar la vida?. ¿Estoy dispuesto realmente?.

He escrito estas reflexiones porque me encuentro en un limbo, frente a una pared que me impide moverme, y ya no veo horizonte, meta ni camino, no veo verdad ni veo vida. Sólo una eterna DUDA. No es depresión, angustia ni desesperación. Sé todo lo que no es. Es simplemente no saber. No saber qué hacer, qué seguir si no hay nada que seguir, hacia donde caminar, si ni siquiera sé si debo caminar, quedarme quieto, trabajar, emprender, o sentarme y abandonar, abandonarme en los brazos de la vida. Si elijo actuar, ¿desde donde actuar, si ya no quiero hacerlo desde el deseo? ¿Cómo conectarme con la fuente de la inteligencia? Ese es el purgatorio en el que me encuentro. Esa es la duda: ¿seguir? ¿Por qué seguir, si no hay deseo que colmar, meta que alcanzar, premio que ganar? ¿Y qué le digo a mi mujer cuando me pregunta si la amo????