¿AMAR EL AMOR?

La costumbre, el hábito, la tradición y la educación, nos condicionan la mente desde el nacimiento para que veamos al amor como algo, lo que hace que nos acostumbremos a direccionarlo hacia determinadas cosas, los padres, la patria, los amigos, la esposa/o, los hijos, etc.

Esto nos lleva a confundir nuestros apegos y dependencias con el amor, o sea, partimos de la base que todo aquello con lo cual nos sentimos identificados o provoca cierta clase de necesidad, supuestamente imprescindible en términos sentimentales, lo terminamos traduciendo como sinónimo de lo que amamos.

Entonces lo que llamamos amor es nada más que aquello que nos provoca la sensación de relación de dependencia, y ésa es la necesidad que terminamos transformando y definiendo como amor.

Dios es amor, pero ni Dios ni el amor son algo, por lo tanto cuando decimos que amamos a Dios ¿Qué estamos amando? Es como amar al amor, es como el amor amándose a sí mismo pero ¿De qué manera el amor es conciente que ama?. Es ahí donde nace la dificultad, porque ¿Quién es el sujeto conciente que ama; el acto de amar o el amor?.

Ahora, si existe conciencia en el que ama, eso se transforma simplemente en una proyección intelectual que está interpretando sus dependencias o necesidades sentimentales y tiene la capacidad de direccionarlas  hacia sus simpatías personales. Esa conciencia de que ama demuestra que se ha transformado al amor en algo y ese algo está dirigido hacia otro algo. O sea, mi amor (algo) está dirigido hacia mi hijo (otro algo). Mi dependencia sentimental hacia mi hijo (que es algo objetivo) hace que yo transforme el amor en algo también objetivo para supuestamente poder demostrarlo.

Dios es amor y “Dioses soy”: Si todos es Dios ¿cómo hace Dios para ser conciente que ama a Dios?.

Esto sería igual al narcisismo del amor cuando ama al amor, o sea, a un estilo de egocentrismo inútil y sin sentido que se proyecta a sí mismo en búsqueda de seguridad, lo cual sólo le da una sensación de sentir al ser humano, cuando se asegura intelectualmente que es conciente de ese sentir, o sea, cuando el sentir ha pasado por el colador del análisis y la confirmación. De no pasar por estos coladores de la verdad […] jamás nos sentimos seguro de nuestra capacidad de amar, y ello hace que traduzcamos en interpretaciones intelectuales -todo aquello que incluso está más allá de la mente- en palabras, en expresiones.

Las expresiones, la traducción  intelectual, en definiciones de nuestras dependencias y necesidades sentimentales es a lo que terminamos llamando amor. Ésa es la razón por la cual cuando una necesidad o dependencia sentimental nos obsesiona, la terminamos confundiendo con estar enamorado, con la supuesta demostración de que amamos. En realidad, ello es nada más que la acción del miedo traducido en un parloteo incesante por la cualidad que tiene la pérdida para nosotros.

La auto-conciencia de que amo no es amar ni amor, porque al estar el amor más allá de la capacidad del intelecto, del pensamiento, él no puede ser abarcado por la mente y su entendimiento, lo que significa que el amor no puede ser direccionado hacia a quien elige amar, porque ello es la mente dándole un sentido a las simpatías, necesidades y dependencias sentimentales, que se necesitan, para encontrarse en seguridad, pero no es el estado de amor, que al estar más allá de la mente, se encuentra imposibilitado de elegir, él sólo es, sin ninguna expresión intelectual ni proceso del pensamiento, porque existe por sí mismo y ello se pierde cuando se pretende manejarlo mediante su direccionamiento.

El direccionar el amor es pretender que existe la posibilidad de amar el amor, o sea, lo subjetivo amando a lo subjetivo. Ello sólo sería posible si el amor fuera algo y, por lo tanto, el amar sería  la proyección hacia otro algo. Pero como el amor no es algo, el definir lo que amamos es nuestra máxima mentira.