SOBRE EL AMOR HUMANO – Parte I

El titulo aparenta ser un sagaz juego de palabras.

Advierto al lector que no es un contrasentido, menos aún un juego de palabras, sino una expresión literal que bien merece ser dilucidada.

El presente análisis, pues, hará tal intento.
Para comenzar, el vocablo “amor” es uno de los más puerilmente bastardeados.
“Amor” y “amores”

Por un lado, se tiene “Dios es Amor”, “Amarás a tu prójimo”, “Solo el Amor os hará libres”, y sublimes alusiones similares a éstas.
Simultáneamente, se alude a “morir de amor” (desencanto pasivo), “matar por amor” (despecho activo), “te amaré por siempre” (pasión proyectada con fuerte inercia), “noche de amor” (lujuria de a dos), “y que hiciste del amor que me juraste” (lujuria cesante),“tu amor no vale nada” (pasión no correspondida), “merezco una prueba de amor” (quiero tener sexo contigo), etc., y hasta admite connotaciones tortuosas con etanol virtual y la floricultura:

Quiero emborrachar mi corazón

para olvidar un loco amor

que más que amor, es un sufrir…
Si su amor fue flor de un día,

por qué causa es siempre mía

ésta cruel preocupación…

Enrique Cadícamo, Nostalgias
Tan volátil es este “amor” (con minúscula), que incluso admite el absurdo de ser sentido como si “de propiedad monopólica, pero con retroalimentación”:

De mis labios está brotando sangre,

mi derrota la tengo sepultada,

y hoy me entrego en tus brazos como en nadie,

porque sé que mi amor sin tu amor no vale nada.

Y te voy a enseñar a querer

porque tú no has querido;

ya verás lo que vas a aprender…

José A. Jiménez, Cuando vivas conmigo

Impactante conflicto aquí entre Amor (con mayúscula) y amor (en minúscula).

Humano, demasiado humano

Por lo visto, queda muy claro que estas manifestaciones de “amor”, “amores”, “amoríos” y “desamores” no despegan ni un milímetro del terreno puramente pasional, pues a ello aluden muy explícitamente. En consecuencia, su naturaleza emocional (pasión) y hormonal (sexual) queda dilucidada sin necesitar mayor análisis.

Parafraseando a Friedrich Nietzsche, estas connotaciones se sitúan en el terreno Humano, demasiado Humano (Menschliches, Allzumenschliches, original en alemán), precisamente el título de una obra cumbre del genial filósofo publicada en 1878.

Amor, con mayúscula

Pero entonces, ¿Qué ocurre con el “otro” Amor, el con mayúscula?

¿De qué se trata? ¿Por qué suscita tanta reverencia?

¿Será algún tipo de “emoción superior”? O, muy por lo contrario, ¿será nomás un Misterio de profundidad insondable, tal vez hasta indecible?
Extremamente delicado el tema, conviene abordarlo con mesura.

Para comenzar, nuestro idioma ya juega un rol adverso, pues, como se dijo, el vocablo “amor” esta muy denigrado, “bastardeado”, si se admite la expresión. De las cuatro lenguas romances que en cierto modo comprendemos, tan solo el portugués ha mantenido precisión: Estou apaixonado por vocé (Estoy apasionado contigo), mientras que las demás han caído en la trampa –ver más abajo por qué- de tomar gato por liebre:

Te amo (castellano), Je t’aime (francés), y Io ti amo (italiano).

Severísimos errores estos tres.

Significado del vocablo Amor

Nuestras lenguas romances tienen una raíz muy precisa: el griego y el latín.

Precisamente, el vocablo “Amor” es una conjunción de ambas.
“A-MOR” está formado por el prefijo griego “a”, que significa “sin”, tal como en “a-simétrico”, “a-típico”, o “a-moral”, más la raíz “MOR” perteneciente al sustantivo Mors-Mortis que, en latín, significa eso mismo: Muerte.

Por lo tanto, A-MOR literalmente significa “Lo que nunca muere”, es decir, alude taxativamente a Lo que es Eterno, a la Inmortalidad.

En realidad, el vocablo perfecto sería A-MORTIS, pero bien sabemos que en todo idioma, la raíz del sustantivo es -por simpleza- como si el sustantivo mismo.

¿Es el Amor un Misterio Eterno, entonces? Por definición, fatalmente lo es, y, a simple vista, su dimensión sería demoledoramente inconmensurable.

Maravilloso y sublime, por un lado, pero muy conflictivo para el intelecto, por el otro, pues aquello “que nunca muere”… tampoco experimentó “nacimiento” alguno, lo que nos coloca llanamente en la más absoluta infinitud tanto “hacia atrás” como “hacia adelante”, y toda argumentación al respecto queda holgando en perplejidad.

¿Eternidad interrumpida?

Quizás la faceta más estúpida de la arrogancia humana sea aquella de inventar “zonas grises” para fingir eludir realidades, y ni hablar de tales escapismos cuando se trata nada menos que de afrontar realidades atemporales. Tal es el caso cuando nuestro intelecto es posicionado ante la insondable ecuación Amor = Inmortalidad.

Por lo general, nuestra estupidez “escapista” no es volitiva, sino inducida. Por caso, las religiones organizadas no niegan la Eternidad, pero la aluden como cuestión del “más allá”, de “la vida después de la muerte”, con lo cual pretenden imbuirnos en la falacia de que la Eternidad queda “súbitamente interrumpida” a partir de nuestro nacimiento y que, al momento de nuestra muerte, inmediatamente “retoma el control”.

Ontológicamente, tal argumento es un absurdo de orden superior, éticamente es una bajeza incalificable, y espiritualmente, es una herejía de dimensión satánica.
El aberrante resultado de argumentativamente “desactivar” la inmanencia de lo Eterno en el Aquí y Ahora es que…idéntica “desactivación” se infringe al Amor, pues por propia definición, Amor e Inmortalidad conforman una identidad sagrada, mejor dicho, sagradas serán sus esencias por su idéntica cualidad de inmutabilidad.

Denigrar la omnipresencia de la Eternidad durante nuestro tránsito terreno es denigrar la virtual omnipotencia del Amor en el humano encarnado, así induciéndole a no intentar establecer contacto con ambos tesoros. Tal es la función diabólica de las Religiones Organizadas, que así operan para arrogarse el “monopolio” del vínculo del creyente con lo Eterno en el “mientras tanto”, es decir, durante su vida íntegra.
En suma, el Anticristo actuando en vivo y en directo.
Amor e Inmortalidad

Habiendo mencionado los términos Sagrado y Eternidad, para desalentar a quien honestamente pudiere inferir que quien escribe estuviese “filosofando”, basta referir a la raíz de todos los idiomas – el sánscrito, lengua sagrada por antonomasia- para advertir con que dicción alude a la Inmortalidad (Eternidad).

En nuestra lengua grecolatina, AMOR (AMORTIS) significa Inmortalidad.

Y en sánscrito, el vocablo Inmortalidad es… AMRTA (fonética).
Sabiendo que ni el idioma caldeo, ni el árabe, ni el hebreo, ni el sánscrito tienen vocales escritas, la pronunciación sánscrita de AMRTA es AMORTA (agregando la vocal faltante), con lo cual la sublime ecuación Amorta = Amortis = Inmortalidad subsiste incólume, sea abordada desde lengua grecolatina, sea desde el sánscrito.

Incredulidades aparte, la ecuación queda resuelta al derecho y al revés, pero subsisten los interrogantes: ¿Qué es el Amor?, ¿Qué relevancia tendría el Amor para el ser humano?, y, en ultima instancia, ¿Cómo hago para acceder a ese Amor?

¿Vale la pena adentrarse en semejante universo de cuestionamientos?

Vale la pena, absolutamente. Indagaremos por qué vale la pena.

El contexto de nuestra naturaleza humana

¿Qué relevancia tendría el Amor para el ser humano?

Esta pregunta es inconmensurable, pero además, ni siquiera es posible intentar abordarla por lo prematuro del presente análisis.

Corresponde primero referirnos a nuestra naturaleza humana, pues el bagaje de arrogancia (egocentrismo) es tan pesado que hasta nos impide advertir lo burdamente obvio: nuestra tan cercana biología humana conceptualizada como lo que no es.

Error crucial: Es muy cierto que nacemos con virtudes y defectos, y que, en el curso de nuestra vida, perfeccionamos nuestras virtudes (o las dilapidamos), purgamos alguno de nuestros defectos por el daño que infringen, a la vez que adquirimos otros vicios, seamos concientes de ellos o no. Tal realidad nos atañe a todos por igual, pero no es el tema de fondo.

El tema de fondo es que no llegamos a comprender que no nacemos para vivir, sino que nacemos… para morir. En otras palabras, seamos ateos o devotos, fuere el Amor una redención o una quimera ilusoria, seamos millonarios o bien vivamos en indigencia extrema, seamos frugales o libertinos, la verdad es que nuestra vida terrena es nada mas que un Derecho de Uso, donde nuestra masa biológica (nuestro cuerpo y sus funciones) va adquiriendo decrepitud a partir de nuestros escasos siete años de vida.

Pero a esto no lo advertimos como realmente es.

Contrariamente, fingimos la irrealidad de ser “eternamente jóvenes”, una jugosa fuente de ingresos para la industria de la cosmética y el negocio de la cirugía plástica, que prometen revertir (o al menos retrasar) nuestra inexorable decrepitud física.

Pero esto es ilusorio, pues cada día de vida nos aproxima más a la muerte, con maquillaje rejuvenecedor o sin el. Por supuesto, mejor ni pensar en la muerte, un tema que nos da tanto escalofrío que se ha convertido en tabú social: de eso mejor ni hablar.

Este aspecto –nuestra naturaleza efímera- no ha sido soslayado por nuestra formación judeocristiana, no intencionalmente. Ocurre que la roca basal del Antiguo Testamento -El Eclesiastés, del Rey Salomón- fue erróneamente traducida.

En su parte medular – “¡Vanidad! ¡Vanidad sobre vanidades!”- la raíz hebrea que alude a “vanidad” también indica “vaciedad”, por lo que la enseñanza original era: ¡Vaciedad! ¡Vaciedad sobre Vaciedades!, con lo cual el sentido cambia drásticamente, pues así Salomón no aludiría a algo tan obvio como nuestra arrogancia, sino más bien a nuestra naturaleza efímera, una cuestión notoriamente más difícil de advertir: Estamos vivos, claro que sí, pero… pero no por mucho más.

Semejante error de traducción fue descubierto accidentalmente por un rabino norteamericano – Rami M. Shapiro- quien, muy impactado ante ello, escribió un maravilloso libro en el que se arrojó a la tarea de reinterpretar el Eclesiastés para así restaurar su sentido original.

Bien vale una breve cita de su obra:

Eclesiastés I, 3-4 (reedición por Shapiro)

You suffer because you hunger for permanence

and there is only impermanence.

One generation arising from the dust of another,

only to collapse itself en the heap of history.

Even the earth is passing away;

its permanence is an illusion –

it passes more slowly than you,

and you mistake its slow death for eternity.

Eternity is not the infinite stretching of time,

but the ending of time.

Rami Shapiro, The Way of Solomon, p. 15

Harper San Francisco, USA, 1999
Sufres por causa de tu hambre por permanencia,

y solamente existe la impermanencia.

Una generación emerge del polvo de otra,

solo para colapsar sobre si misma en el bulto de la Historia.
Hasta la Tierra se está muriendo;

su permanencia es una ilusión –

se muere mas lentamente que tú,

y tú confundes su lenta muerte como “eternidad”.
La Eternidad no es un estiramiento infinito del tiempo,

sino la extinción del tiempo.

(Traducción del autor)
Nos agraden o no, las cosas son como son, pero es preciso aclararlas porque tal vez una arista importante de eso que llamamos “sabiduría” nomás sea… tener algunas cosas bien en claro. Y si fuese con humilde aceptación, tanto mejor.

Sobre la mediocridad de la biología humana

¿Somos los humanos los reyes de la Naturaleza?

Biológicamente, no lo somos, no en absoluto, ni por asomo.

Una tortuga puede vivir hasta 400 años y hay moluscos que viven 1.500 años, la visión de una abeja es diez mil veces superior a la nuestra, la relación peso/potencia de una hormiga es 20 veces superior a la del hombre, un leopardo lanzado en ataque puede alcanzar hasta 180 kilómetros por hora, los tiburones nunca duermen, la capacidad olfativa de un perro nos supera por quince veces, un albatros puede volar hasta seis mil kilómetros sin hacer ninguna escala ni alimentarse, y un becerro recién nacido tarda nueve minutos para poder caminar, mientras que nosotros necesitamos al menos diez meses para poder hacer lo mismo.
Todas estas especies nos humillan con su excelencia, salvo en el altísimo desarrollo de nuestras manos para aptitudes manuales, único rango en el que somos primeros dentro del espectro del reino animal. En todas las demás aptitudes, nunca mejoramos del trigésimo puesto en el ranking de prestaciones, por un lado, mientras que por el otro, para mantenernos medianamente sanos precisamos ejércitos de médicos, clínicas, bioquímicos, enfermeras, kinesiólogos, una monumental amplitud de fármacos, y todo ello con el apoyo de una sofisticada red de equipamiento de diagnostico. Vemos que precisamos todo un marasmo de sostén que el resto de los animales prescinde por completo. En suma, somos de baja calidad biológica y de alto costo de mantenimiento, lo que, expresado en términos económicos, nos convierte en una mala inversión.

Salvo la remarcable versatilidad de nuestras manos (una tremenda ventaja, sin dudas), hasta podríamos decir que la Providencia fue muy mezquina al “equiparnos” con una biología tan mediocre (si comparada con la asignada a otros animales), por más que Charles Darwin haya dictaminado lo que se le antojó decir.

La magnificencia de nuestro espectro cognitivo

Sin perjuicio de nuestra mediocridad biológica, corresponde destacar que esa misma Providencia nos “compensó” infinitamente al privilegiarnos con un conjunto de aptitudes neurológicas y mentales con virtudes incomparables.

Aparte de ello, nos asignó una aptitud de cualidad universal, cuya naturaleza etérea trasciende toda explicación posible (véase más adelante).
Para comenzar, poseemos un “cerebro reptil” (hipotálamo) que, idéntico al de cualquier otro mamífero, actúa como fiel regulador de nuestra vitalidad fisiológica, endocrinológica, inmunológica y biofísica. En suma, nuestro “piloto automático”.

Pero en segundo lugar, nos dotó de una psique individuada (intelecto), que el resto de los animales carecen, la cual tiene a su disposición una pasmosa combinación de elementos de uso: un enorme reservorio de Campo Emocional (el Sistema Límbico), más un colosal instrumento de percepción, de raciocinio y de discernimiento: nuestra majestuosa Corteza Cerebral, un “hardware” (CPU) tan vasto, tan sofisticado y tan perfecto que ni en sus más ambiciosos sueños ningún conjunto de genios del Silicon Valley podría llegar a dimensionar su potencial, menos aún podrían intentar escrutar su diseño, ni tan siquiera pueden –ingenieros y neurobiólogos- seguir su funcionamiento, actualmente resignados a tan solo mapear lesiones (y ello por virtud excluyente de poder usar tomógrafos y resonadores, porque sin éstos aparatos, nuestros neurólogos seguirían tan indefensos y desnudos como Adán en el Edén).
La aptitud cósmica en el humano

En los párrafos precedentes, la descripción de nuestro maravilloso sistema cerebral no ha desafiado el criterio científico. Las mencionadas funciones han sido verificadas una y mil veces. Escaso lugar para discrepancias, pues.

No obstante, el autor introdujo –casi imperceptiblemente- dos elementos de naturaleza inmaterial presentes en el ser humano, lo cual coloca al presente análisis de bruces con el llamado “Mundo Científico”, contienda que no se intentará evitar.

Vamos al punto, pues.

Mejor dicho, abordemos ambos puntos:

En primer lugar, es innegable que el ser humano (digo el ser humano, no el cerebro humano) de hecho posee una psiquis individuada. Es en virtud de ello que el hombre puede pensar por si mismo, puede planificar y especular (el “libre albedrío”) a su entero gusto, puede incluso usar su propio intelecto durante veinte años seguidos antes de ejecutar una acción, fuere dañina o benigna, imaginando estratagemas, ideando medios idóneos, procurando aliados, creando coartadas o “cortinas de humo”, y al mismo tiempo puede ponderar las consecuencias ulteriores a su acción, sea larga o cortamente premeditada. Asimismo, paralelamente puede urdir –pergeñar- un “Plan B”, su opción alterna para lograr el fin personal que se hubiere propuesto.

Ningún otro animal puede hacer absolutamente nada de todo esto, como también es cierto que no existen dos intelectos iguales (el vocablo “individuo” adquiere aquí su verdadera dimensión), al mismo tiempo que nadie puede pensar por otro, pues la capacidad intelectiva –y más aún la capacidad creativa- son definitivamente privativas de cada individuo específico, indelegables, inimitables, hasta quizás… irrepetibles en tiempos contemporáneos y aun en tiempos por venir.

Por caso, el danés Niels Bohr era más inteligente (y más versátil, además) que Albert Einstein, pero hubo “un solo” Bohr y “un solo” Einstein. Wolfgang A. Mozart era libertino y extrovertido, mientras que Ludwig van Beethoven era austero y huraño, pero solo hubo “un” Mozart y “un” Beethoven. Seres totalmente irrepetibles, pues.

En tal contexto, el autor afirma que el hombre posee una psiquis individuada, y si no fuese así, el vocablo “individuo” no tendría cabida en nuestro léxico.

Lo expresado es sustentable en el rango del “que”, más no en el aspecto del “cómo”, y aquí se introduce el aspecto espinoso: ¿Qué es la psiquis (psique)?
Por Horacio Casse
Especial para Autoconocimiento.Net