LA DIFICULTAD PARA TRASCENDER

         Trascender nuestras miserias humanas se torna difícil y casi imposible porque centramos nuestra mirada en el sujeto concreto, en la persona o la cosa que nos llevó a la situación que permitió que exploten. Acumulamos, por ejemplo, odio, rencor y resentimiento, pero se nos hace imposible el trascenderlos, puesto que fijamos todo nuestro ser en la persona que odiamos, no en la energía del odio en sí. Lo mismo pasa con los celos, la envidia, la vanidad, la ambición y etc.

         Fijar nuestra mente en algo objetivo, factual, es de suma facilidad, pero dejar la mente alerta para que sólo podamos sentir la energía que contiene la miseria que nos afecta, es de extrema dificultad. No podemos trascender el odio mientras no estemos odiando, vale decir, el odio (o cualquier miseria humana) se trasciende cuando se nos presenta, no antes ni después. Pero el secreto para trascender el odio es quitar nuestra mente del objeto odiado (la persona o el hecho que disparó nuestro odio) y dejar que la energía que contiene el odio se manifieste en su totalidad, sin el intermediario que lo despertó. El intermediario (la persona que lo despertó) es intrascendente, puesto que nuestro problema es el odio, no la persona. De manera que dedicarnos a tratar de olvidarnos de esa persona, jamás nos liberará del odio, el cual se manifestará nuevamente con otros hechos, circunstancias y personas. O sea, seguiremos esclavizados eternamente al infierno que produce el odio por causa de haber errado el blanco al cual apuntamos.

         La energía de nuestras miserias humanas sólo se sostiene con nuestro pensar, y cuando una de ellas se despierta, nuestro pensar se dispara apuntando al objeto y sujeto que la despertó, que la provocó y que produjo el consecuente estallido en nuestra mente. A partir del estallido, la situación de nuestro pensar es obsesión infernal, la cual se centra en el sujeto particular que odiamos, no en el odio en sí mismo. Pero el secreto para trascender (en este caso el odio) consiste en la energía del odio en sí misma, y esto vale para enfrentar cualquier miseria humana, no sólo el odio.

         El sujeto (el ser humano) o la situación (un hecho) que lo despertó, mientras esté presente en nuestra mente, será la barrera para trascenderlo. El sujeto sólo fue el disparador de nuestro infierno, pero nuestro infierno no está sustentado en el sujeto sino en la miseria humana que alimentamos, vale decir, en la energía que contiene cualquier miseria humana. Esa es la esencia del infierno interior: la energía que le hemos dado.

         Quedarse con la energía desnuda que contiene la miseria humana que nos han provocado, es la dificultad; quedarnos con el sujeto que la provocó, es mecánico y automático, pero también es la barrera que nos imposibilita enfrentar de una vez por todas nuestro infierno interior… y trascenderlo. El arte, por lo tanto, se encuentra en la “esotérica” (palabra que significa “hacia dentro”) energía acumulada, de la cual se alimenta la miseria humana, y es con ella que nos debemos quedar hasta que nos destruya, sin juzgar o condenar, sin analizar o especular; simplemente tenemos que “NO OPERAR SOBRE LA ENERGÍA” , porque hacerlo produce su evasión y a la vez, como contrapartida, su alimentación, vale decir, la energía pura y desnuda ya no está, pero nosotros al fijar la mente en la situación o el sujeto que la despertó, la alimentamos.

¡¡¡ ES SIMPLE… PERO NO FÁCIL!!!