Sobre la Muerte II

La muerte ha producido eternamente todo tipo de conflicto, confusión y dualidad en nuestra mente, alma y corazón. Sobre la muerte poco podemos decir porque es un problema que no tiene solución para la mente. El dolor consecuente se trasciende cuando “no introducimos el pensamiento” en el dolor, puesto que si lo hacemos lo transformamos en sufrimiento, porque el dolor es un sentir, el sufrimiento es la obsesión sobre el hecho doloroso, o sea, es el pensamiento tratando de resolver y diluir un sentimiento desdichado, angustiante y desesperante, y es ello lo que prolonga el conflicto, la confusión y el dolor.

Para salir de la obsesión, confusión y el conflicto subsecuente que trae la muerte, debemos comprender todo su contenido, puesto que el intentar solucionar dicho conflicto mediante el consuelo o la esperanza es escapar de la confusión en que se encuentra atada la mente, ya que cualquier esperanza o consuelo que encontremos, será cambiar las antiguas utopías por utopías e ilusiones nuevas, lo cual, tarde o temprano, será destruido por la vida nuevamente, o sea, será mas de lo mismo.

Toda mente que se encuentra en conflicto y pretende trascenderlo, solo tiene la posibilidad de hacerlo mediante el enfrentar el conflicto sin intentar interpretarlo, analizarlo, de acuerdo a ciertos valores, juicios, dogmas, creencias, doctrinas, opiniones premeditadas, argumentos preestablecidos, y ello permite que esa mente se transforme en absolutamente conciente. Es así como esa mente y esa racionalidad despertaran a la dicha del vivir, a la dicha de la realidad presente, eximiendo el parloteo de la mente confusa y conflictuada que busca en el consuelo y la esperanza la manera de evitar el tener que enfrentar el conflicto y la confusión que la obsesionan por lo que no comprende […] que es el mecanismo repetitivo de su pensar.

Una mente en conflicto es una mente destructiva, violenta, esclava, prisionera de su obsesión, y una mente que se encuentra en conflicto tiene incapacidad y quizás jamás comprenda lo que sucede y lo que le sucede. Los conflictos no se calman mediante la represión, el consuelo, la esperanza, la creencia, el dogma, la ideología, “sino mediante la comprensión del propio conflicto”; y una vida sin conflicto, es una vida sin fricciones, sin destrucción, sin violencia; y cuando esa mente actúa todos los problemas están resueltos puesto que no actúa desde una motivación psicológica, actúa desde la realidad del presente.

Todos podemos vivir una vida sin conflicto, lo cual no significa en lo absoluto el convertirse en vegetal. Por el contrario, viviendo sin conflicto la mente se vuelve extraordinariamente sensible, conciente, inteligente, llena de energía y de pasión, puesto que viviendo en conflicto y confusión se disipa y diluye la inteligencia en la auto-compasión.

Si podemos vivir nuestro problema sin juzgar y sin identificarnos, se revelaran ante nosotros las causas que subyacen en él. Para comprender el conflicto debemos dejar de lado nuestras apreciaciones, deseos, experiencias acumuladas y patrones de pensamiento. La dificultad para ello no está en el problema en si, sino que en el enfoque con el cual lo abordamos; puesto que las cicatrices psicológicas del ayer nos impiden abordarlo correctamente, ya que nuestro condicionamiento traduce el problema de acuerdo a sus limitaciones y modelos preexistentes, lo cual no libera al pensamiento-sentimiento de la nostalgia, angustia y dolor del problema. Traducir e interpretar el problema no significa en lo absoluto comprenderlo, puesto que para comprenderlo y trascenderlo es imprescindible que abandonemos toda traducción e interpretación del mismo.

No percibimos que el único problema creador de conflictos es el pensamiento; ese es el único problema, el único conflicto, la única confusión. La muerte no es un problema porque no tiene solución, es así, es el final por lo menos de esta vida, pero el pensamiento crea el problema, el conflicto y la confusión subsecuente, y ello hace de la muerte el eterno tabú a no ser tratado, hablado, conversado o compartido con los demás.

Cuando hablamos de la vida lo hacemos independientemente de la muerte, la vida es una cosa, la muerte otra, que no se relacionan entre sí. Separamos la vida de la muerte y no consideramos que sean parte de un proceso integrado, porque entendemos la vida y el vivir “como un proceso de continuidad y pertenencia en el que hay identificación”. “Yo y mi” casa, “yo y mi” esposa, “yo y mi” hijo, “yo y mi” cuenta bancaria, “yo y mis” experiencias, “yo y mis” creencias, eso es lo que entendemos por vida ¿verdad?. El vivir para nosotros es nada más que un proceso de continuidad y pertenencia en la memoria; tanto conciente como inconscientemente, con los diversos conflictos, confusiones, luchas, reyertas, incidentes, experiencias, deseos, ilusiones, utopías, y todo lo demás. A todo esto es lo que llamamos vida, y en oposición a eso está la muerte, la cual pone fin a todo eso. Pretendemos crear un puente entre lo conocido y lo desconocido a través del pensamiento, y por medio de ello creemos encontrar una relación entre el pasado y el futuro porque solo nos podemos reconocer como “entes continuos y posesivos”, que tenemos y proseguimos, que poseemos y continuamos en el tiempo; y la muerte se convierte en un problema porque pone fin a todo este mecanismo, a toda esa utopía. Ello es lo que se transforma en el miedo a la muerte.

Todo lo que poseemos y continua sentimental, material y psicológicamente no conoce renovación, en ello no hay creación, no hay nada nuevo en todo aquello que tiene continuación y posesión. Simplemente cuando la continuidad y la posesividad llegan a su fin surge la inteligencia, y es el fin del poseer y de la continuidad lo que nos causa pavor puesto que la terminación de algo la suponemos como el fin de lo conocido, y la muerte se encuentra en la dimensión de lo desconocido. Solo en la terminación puede estar lo nuevo, la dicha, la inteligencia, la renovación, lo desconocido, porque ello no se encuentra en el llevar de un día para el siguiente nuestras experiencias traumáticas, nuestros recuerdos desagradables y nuestros infortunios. Cuando no morimos a todo lo conocido de instante en instante, es obvio que debemos separar la vida de la muerte.

Cuando buscamos la verdad, lo que es real, por medio de la continuidad de nuestra desdicha, solo buscamos un milagro que la solucione, y es obvio que nada encontraremos, excepto lo que nuestra mente proyecta y desea como consuelo para rellenar el vació dejado por la experiencia de la muerte del otro. Lo que la mente proyecta no es real, ni el consuelo, ni la esperanza, porque ello es la continuidad de sí misma, es la continuidad del miedo.

La necesidad de seguridad crea tanto el miedo como la continuidad. El miedo nos fuerza no a saber como pensar, sino al saber en que pensar, ya que el miedo tiene que existir en relación a algo, él no puede existir en relación a nada, y el miedo a la muerte es solo miedo a la perdida de lo conocido, porque no se le puede tener miedo a lo desconocido por algo obvio […] no lo conozco, ¿cómo le temo a lo que no conozco?. Es ello lo que nos obliga al saber en que pensar y esta es la razón por la cual pretendo tender un puente entre lo conocido y lo desconocido, entre el pasado y el futuro, entre mi pensar y la existencia, porque siempre estamos tratando de escapar de lo real, de la verdad, de lo que es, de la realidad; y es solo la mente que interiormente se encuentra libre del miedo la que puede conocer la bendición de lo real, de lo verdadero, de lo que es, de la realidad. La mente solo puede estar libre del miedo y, por lo tanto, de la posesión y de la continuidad cuando no hay dependencia alguna, puesto que el problema no es la muerte, sino el miedo que tiene la mente de dejar de existir.

Nos apegamos a lo agradable y rechazamos lo desagradable, manera que nos permite fortalecernos en la satisfacción, el placer, y ello nos permite escapar de nuestra desdicha sin percibir que la vida nos traerá un nuevo desafío que hará reflotar la desdicha por no haber aprendido de ella. El escape por medio del consuelo o la esperanza es nada mas que el apegarnos a nuestros viejos y añejos esquemas de pensar, renovándolos con nuevas ilusiones. Pero si no hemos abandonado lo que acumulamos como experiencia, sin pretender recompensa alguna, jamás existirá lo inmortal, lo eterno, puesto que solo ello nos hará comprender que la vida no es lo opuesto a la muerte, ni la muerte la encargada de achatar y oscurecer nuestra vida.

Morir a todo lo que hemos aprendido es aprender, y esta muerte no es el fin de nada, ni el acto final de la vida, es morir a cada instante para renacer a la vida eterna a cada instante, porque solo la realidad del presente es la eternidad y en ello el pensamiento no sirve en lo mas mínimo.

¡O morimos voluntariamente o morimos por obligación!

La muerte nos causa dramas psicológicos, miedos, conflictos mentales, confusiones en el pensar, porque nuestro egocentrismo no acepta el final de su existencia, ni la de los demás, a pesar de saber que la muerte es ley de la vida, es para lo único que nacemos. Nacemos en un hospital y todo lo que hacemos durante setenta u ochenta años es caminar hacia el cementerio, lo que realicemos en ese tiempo es intrascendente, puesto que sino hemos aprendido a vivir jamás sabremos morir, y todo lo que acumulemos material o psicológicamente no servirá para estar preparado para enfrentar lo desconocido, lo cual es la muerte.

Para saber sobre la muerte tenemos que saber de la vida, para saber de la vida debemos saber sobre nosotros mismos, para saber de nosotros mismos debemos saber sobre nuestra mente, para saber de nuestra mente debemos saber sobre los mecanismos de nuestro pensar, para saber sobre los mecanismos de nuestro pensar debemos saber sobre sus demandas, exigencias, deseos, utopías e ilusiones, ya que solo el conocimiento de nosotros mismos nos permite aprender sobre lo inconmensurable, lo eterno, lo inmortal, lo real, la realidad presente… y sobre lo verdaderamente trascendente.

Si no sabemos sobre nuestra vida ¿por qué creemos que sabremos sobre la otra? Si no sabemos vivir esta vida ¿Por qué creemos que sabremos vivir en la otra?.