Sobre el Placer y el Deseo

Quisiera tratar, si es posible, que veamos las connotaciones que tienen para nuestras vidas el pla-cer y el deseo. Les quiero pedir que sean serios con ustedes mismos; de lo contrario, estaremos perdien-do el tiempo en especulaciones intelectuales y estare-mos de regreso al permanente hábito de nuestra mente de encontrar y convertir, absolutamente todo, en un juguete psicológico.

La mente se acostumbra a transformar todo en juguete psicológico debido a que en lo que encuentra mayor placer es en el pensamiento. Un hecho cual-quiera que nos proporciona placer -un amanecer, una relación sexual- puede durar media hora, pero la mente, por medio del pensamiento, lo puede hacer durar un día, una semana, un mes, un año o toda la vida. La prolongación, por medio del pensamiento, de un hecho que nos trae placer se convierte en el nuevo juguete psicológico por dos razones: 1ª)porque nos recuerda algo agradable y 2ª) porque creemos que en la prolongación de lo agradable y placentero encontraremos, como consecuencia, la felicidad.

¿Es el placer algo bueno o malo para nuestras vidas?. Si observamos profundamente y somos total-mente imparciales con respecto a las opiniones mora-listas e inmorales (las primeras condenan todo, las segundas lo justifican) veremos que no es ni bueno ni malo y que el placer surge como un problema en nu-estras vidas cuando no ocupa el lugar que debe tener.

Cuando nos identificamos con el punto de vista de los moralistas, lo condenamos, lo rechazamos, lo reprimimos, con lo que deviene en algo malo para nuestra vida, porque inevitablemente debemos man-tener esta posición frente al placer recurriendo a la violencia interna. Entramos de este modo en conflic-to, fraccionamiento, división y una lucha permanente entre lo que anhelamos y nuestro punto de vista.

Al identificarnos con los que todo lo justifican, nuestra mente es incapaz de descubrir que la otra cara del placer es el dolor. Justificamos todo y nos su-mergimos en la satisfacción permanente de aquello que nuestra mente juzga que es necesario hacer para ser feliz, aunque sólo sea momentáneamente. Esta po-sición termina siendo negativa para nuestra vida porque al transformar al placer en el amo pasamos a ser meros esclavos.

El placer no es ni bueno ni malo en tanto ocupe el lugar que le corresponde. Pero cuando se erige en el meollo del vivir todo lo que pensamos, sentimos y hacemos es en función de la búsqueda de placer, el cual se convierte en el motivo y sentido de nuestra vida.

Cuando nos abocamos a realizar cualquier cosa con el fin de conseguir la consiguiente satisfacción que deriva del placer, nuestra mente se encierra en sí misma y se obsesiona con el objeto de deseo que tiene en vista.

Para poder descubrir el contenido y lo que significan, no sólo el placer sino cualquier continúen-cia en nuestra vida, lo que debemos hacer, desapasio-nada y voluntariamente (sin opinar interiormente, si esto está bien o esto está mal) es simplemente obser-varlo y vivirlo. Cuando uno ve y vive cualquier cir-cunstancia desapasionadamente, sin ponerle ningún adjetivo, nos daremos cuenta que es posible ver y vi-vir con un gran afecto, un gran amor, sin juzgar y sin condenar. Cuando vivimos y nos vemos introspecti-vamente con profunda atención y, por ende, con pro-fundo amor, advertiremos que ésta es la única senda para ver y vivir la vida en su totalidad. Descubrir la importancia, el valor y el inmenso significado que tie-nen el deseo y el placer en nuestras vidas es de vital trascendencia, porque todo lo que hacemos tiene co-mo objetivo el placer. Hagamos lo que hagamos, lo hacemos para conseguir placer y es esto lo que no nos permite aprehender que tenemos que hacer las cosas simplemente porque hay que hacerlas. Cuando cual-quier acto nuestro tiene como objetivo la conquista del placer no nos damos cuenta de que encerramos la mente en el egoísmo más lóbrego, y es a partir de este egoísmo interior que nos relacionamos con el mundo, la familia, los amigos, la sociedad. ¿Qué esperamos del mundo? Aguardamos que nos gratifique perma-nentemente. Lo que ignoramos es que el resto del mundo espera lo mismo de nosotros, y es en este en-tramado donde cada uno exige del vecino la corres-pondiente gratificación, sin obligación de retribuir y sin pretensiones de recibir algo a cambio.

La consigna de nuestra vida es: si tú me das, yo te doy. ¿No es esta la máxima expresión del egoís-mo?.

Dar al placer el lugar que se merece lo transfor-ma en algo natural, en lo que es: un hecho que tiene su valor mientras acontece. Una vez que finaliza, ¡se acabo!, no sigamos proyectándolo con el pensamien-to para no quedar presos, so pena de que el placer nos esclavice.

21 de Septiembre de 1991
Los Maquis-Cordillera de los Andes