La Religión III

La ronda

El dogma es la mistificación de la realidad, de un hecho, de un misterio, que desarrolla un grupo de personas con el fin de someter y dominar a las demás. Para ello se establece la verdad [¿?] en el enunciado dogmático, con el fin de acabar con la libertad de quien no se encuentra sometido. La religión evidentemente es la experimentación personal de los misterios de la existencia, de modo que su sentido es la gracia divina de la iluminación que libera al hombre de los fenómenos ilusorios del mundo, los cuales incluyen el sometimiento intelectual-psicológico que ejerce cualquier creencia, doctrina, ideología. O sea, que la religión no tiene relación alguna con la participación en una organización religiosa ni con la aceptación de los axiomas fundamentalistas del dogma, sino que con una experiencia personal con lo desconocido, con Dios, con la verdad, con el amor, o como lo quieran llamar.

La iluminación se relaciona con la comprensión, no con el estar a favor o en contra de creencia alguna. La iluminación es independiente de las ideas, los argumentos y las opiniones, que avalan o contradicen cualquier creencia. La iluminación comprende el contenido, lo que es y lo que produce la creencia, de manera que la iluminación es la comprensión, razón por la cual no se puede creer en la iluminación, porque la iluminación es. Ella no depende de ideología, doctrina o teoría alguna, no inventa ni depende de líder o jerarquía que avalen lo correcto o incorrecto en la forma de ser de la iluminación. La iluminación es institucionalmente anárquica… es religiosamente incorrecta.

La realidad de la sociedad se relaciona con el ser humano a través del intelecto, lo que en la práctica de la vida diaria significa que por medio del intelecto podemos entender el vivir, pero la verdad se relaciona con uno por medio de la inteligencia, lo que significa que por medio de la iluminación comprendemos la vida. El vivir tiene miles de formas de ser entendido puesto que el intelecto interpreta de acuerdo a sus múltiples intereses, prejuicios, resentimientos, amoldamientos o limitaciones que tiene cada interpretador. La vida, con sus misterios, dilemas existenciales, enigmas, secretos arcanos de la mente, no se puede interpretar porque obviamente ello seria mera adivinación, de modo que solo resta comprenderla en su totalidad, o sea, tal cual es, lo que significa que lo que sabemos, sabemos; y nuestra actitud con respecto a lo que no sabemos debe ser de apertura para aprender en el momento en que la vida nos enseñe sobre ello. ¡Sí es que sucede!

La vida y sus misterios son lo desconocido, de modo que no podemos entrometer nuestra mente intelectual en ello porque la misma se mueve en el mundo de lo conocido, es solo la percepción alerta la que puede percibir lo desconocido cuando ello viene al hombre. El hombre, o sea, la mente, no puede penetrar lo desconocido, sólo lo desconocido puede penetrar al hombre cuando este está abierto a aprender y no saca conclusiones de lo percibido. Al hacer ese ejercicio intelectual se cierra la posibilidad de seguir aprendiendo, ya que sobre la vida sólo se puede aprender permanentemente sin acumular conclusiones en la memoria. La acumulación de información en la memoria es imprescindible en el mundo práctico, en el mundo fáctico, pero no así en el mundo espiritual-psicológico, porque cualquier conclusión en este mundo es el intento de finalizar el aprendizaje con el fin de tener seguridad… que es nada más que eso y es así.

Cuando la religión induce, incentiva y trata de conducir la mente con preceptos determinados y premeditados sobre lo desconocido, sobre Dios, establece lo desconocido dentro del mundo de lo conocido, de modo que ello deja de ser inconmensurable, eterno, atemporal, sagrado, inmortal, ilimitado, perenne, convirtiéndose en intelectualmente profano, esquemático, amoldado y delimitadamente finito. Evidentemente este ejercicio intelectual es lo que hace al sin sentido y vacio actual de la religión, y como consecuencia transforma en profano a lo Divino, por no diferenciarse en nada con la vulgar teoría mundana; simplemente porque lo uno y lo otro pasa a ser nada más que un erudito planteamiento especulativo mental. Con ello no queda nada por indagar, investigar y descubrir, basta con leer los libros sagrados, escuchar, repetir e imitar a las jerarquías eclesiásticas, y supuestamente el misterio de la vida es revelado.

Lo innombrable, lo sagrado, lo divino, es la esencia de la espiritualidad del cosmos y del hombre, es aquello que no puede ser atrapado por mente humana alguna, por estar más allá de los límites del pensamiento y la imaginación ilusoria que puede crear la mente. Es aquello en donde el hombre se debe sumergir solo, en donde la desolación absoluta es la única herramienta que tiene el buscador para conocerse así mismo, encontrar el sentido de la vida y posibilitar el invitar a lo desconocido para que el misterio de la fuente de la vida se revele. Esta aventura personal con Dios es religión, el aventurarse es lo religioso.

La gracia divina sólo se puede percibir, vivir, no por destreza intelectual, por capacidad o habilidad mental alguna, sino que ello acontece cuando el intelecto se encuentra sin salida, se encuentra en silencio. El intelecto al no entrometerse en lo que no conoce posibilita la claridad absoluta de la mente, posibilita el vacío de absoluta conciencia, vacío imprescindible para que penetre lo desconocido, vacío en el cual la mente se encuentra completamente alerta, libre, abierta, lo que posibilita su capacidad de percepción y comprensión instantánea sin ningún tipo de fiscal intelectual que apruebe, desapruebe, compare, juzgue, condene o avale dicha experiencia; de modo que la mente se encuentra sin temor, y es en este estado mental en donde lo desconocido puede revelar algo de su contenido. Al mantener ese estado de mente, la revelación de lo desconocido se transforma en permanente.

El vacío de absoluta conciencia es energía pura que invade la totalidad de la mente y el cuerpo sintiéndose con mayor intensidad en el pecho, lo que a su vez produce un cierto sentimiento de leve temor por aquel estado desconocido que es para la mente esa energía pura. Con el paso de los minutos posteriores ese estado de temor leve se diluye, la mente entonces percibe y comprende lo que empieza a suceder en su interior; luego de la revelación surge una dicha absoluta que no tiene causa, simplemente es el resultado de dicho estado. A continuación de todo esto la mente queda en un estado parecido a cuando uno se encuentra mareado, la diferencia es que uno se encuentra como suspendido, pero con absoluta paz y satisfacción interior y sin temor alguno, sin miedo a nadie ni a nada; es un estado de absoluta totalidad entre uno, los demás, el mundo y el universo. Es la conciencia y la dicha absoluta.

Este vacío de absoluta conciencia es sagrado porque no puede ser construido por el pensamiento, no puede ser premeditado por el intelecto, no puede ser controlado por la mente, ni puede ser creado por ansiedad, ilusión, deseo o buena intención, simplemente surge cuando la mente se encuentra en estado de absoluta ausencia de ambición, egoísmo y avaricia. Acontece cuando la mente no ambiciona ni siquiera a Dios, acontece cuando la mente no busca como premio personal, o sea, egoísta y vanidosamente, un encuentro premeditado con lo sagrado con el fin de vanagloriar al ego. Lo sagrado es intocable por el pensamiento, por el intelecto, de modo que el intelecto sólo tiene utilidad en la función de describir hechos, pero no para penetrar lo desconocido, por lo tanto, se requiere de una gran valentía para encerrar al intelecto con el fin de que no se entrometa en aquello donde no tiene utilidad alguna como lo es en el mundo psicológico, el mundo espiritual. Este es el estado de religiosidad en donde el hombre vive la religión sin muletas intelectuales teológicas, filosóficas, teóricas o doctrinarias, que amoldan el pensar, esquematizan el intelecto y estructuran la mente y, por lo tanto, niegan lo sagrado.

Lo sagrado, al ser completamente libre de todo condicionamiento humano, es obvio que necesita una mente de la misma cualidad para el casamiento vibratorio entre el ser humano y lo desconocido. Este casamiento vibratorio requiere de la imprescindible libertad mental porque es una comunión de energías entre el hombre y Aquello. El casamiento vibratorio es el enlace de energía que se da entre el silencio del receptor y lo desconocido que lo bendice. La bendición de lo desconocido impregna con su vibración al receptor, de modo que la influencia de lo desconocido sobre lo conocido, transforma completamente el amoldamiento mental conservador, temeroso y culpable que posee al receptor. Es el fin del hábito-costumbre de la mente de introducir el pasado en nuestro vivir debido a que esta vibración muta el mecanismo del pensar al presente, abre la puerta de la comprensión de lo inútil del recuerdo del pasado en el mundo psicológico.

El pasado como recuerdo en el mundo psicológico es conflicto, confusión y el consecuente estancamiento mental, porque la realidad y la vida no fueron ayer; la realidad y la vida están aconteciendo hoy. El recuerdo invade y toma por asalto a la libertad mental que se necesita para percibir y tener claridad con lo que está aconteciendo ahora. Frente a esto el recuerdo actúa como tapón entre la percepción y el intelecto porque encierra a la percepción en la cárcel del pasado y da rienda suelta a la memoria con todo el contenido de cicatrices psicológicas que esta contiene. El casamiento vibratorio con lo desconocido es quien acaba con este ejercicio masoquista del pensamiento, lo cual convierte a este hecho en la mayor celebración religiosa. A partir de este hecho espiritual la religión se transforma en realidad en el ser humano y ello marca la profundidad de lo religioso. Religión es la esencia sagrada del ser humano que es vivida a través del acto religioso en el casamiento vibratorio con lo desconocido, lo cual permite conocerse así mismo, transformando a la mente en su regreso a la inocencia perdida por los mecanismos conservadores del pensar. Esta mente es la mente religiosa. Este regreso a la inocencia tiene una cualidad especial ya que la mente retorna a ella pero con la sabiduría que brinda la experiencia del sufrimiento. El precio pagado por el alejamiento de la inocencia es el conflicto, la confusión y la consecuente desdicha. Esta experiencia se convierte en sabiduría sólo cuando el ser humano aprovecha el sufrimiento para aprender de la causa que lo provoca: la mente y su mecanismo asociativo de pensar en el mundo intelectual-psicológico.

El mecanismo comparativo de pensar en la dimensión psicológica es quien produce el sufrimiento porque crea la ambición, el egoísmo, el deseo, la violencia, los celos, la envidia, la vanidad, la competencia, el egocentrismo, el resentimiento, la avaricia y el orgullo, como valores y motivaciones necesarias para darle un sentido a la vida y al vivir. Esta aglomeración de miserias humanas que produce la ignorancia es la que nos aleja de la inocencia original en algún punto de nuestro camino, produciendo el conflicto entre nuestro pensar, la realidad y la vida, con el consecuente sufrimiento como final de nuestra corrupta manera de autoengaño al desear convertir en virtud todas estas miserias humanas.

Por lo tanto, religión es transformar la cualidad esencial del ser humano: la mente. El trabajo de autoconocimiento para encontrar el camino o los medios para la transformación de dicha cualidad es lo religioso. La religión es religiosa cuando esta abocada a esta transformación por llevar al ser humano a vivir la espiritualidad. Lo demás es verborragia fundamentalista.

El terrorismo intelectual ha invadido desde hace milenios la religión, haciéndonos olvidar la tarea de transformación propia por medio del conocimiento de nosotros mismos, a cambio nos ha entregado la mayor retórica seductora para convencernos que religión es creer en [¿?]. Las mayores argucias argumentativas se encuentran en los tratados teológicos y en los artículos de fe, que hacen a la esencia de la ideología de toda religión organizada. Estas argucias retóricas nos alejan de la religión porque la ideología, la doctrina, nos condiciona por ser la propia ideología, en sí misma, condicionante del pensar. La doctrina, la creencia, la ideología, la teoría, nos hace observar con una imagen previa, de modo que el creer en Dios con una imagen previa, nos condiciona en el conocimiento de lo desconocido, de modo que es imposible penetrar Aquello por medio de lo premeditado por el intelecto. Ello sólo puede llevar a encontrar lo proyectado por la mente, no la verdad ni lo verdadero.

El malabarismo de palabras argumentativas es imprescindible en la doctrina para justificar y mostrar una apariencia que represente y sea descifrante y descifradora de lo verdadero, de la verdad. Para ello recurre en forma eterna, permanente y constante, a la distribución y creación de culpas y condenas, con el fin de presionar al ser humano para que el mesianismo egocéntrico que pregona, como única salvación, sea aceptado como verdad indiscutible por ser absoluto; y esa es su verdad [¿?]. Este condicionamiento es obvio que limita toda indagación sobre la vida, Dios, la verdad o como lo quieran llamar, y esa limitación es la muralla que impide plasmar el casamiento vibratorio eterno con la sabiduría.

La limitación que provee el condicionamiento doctrinario obliga al adepto a defender los argumentos establecidos como verdad, ya que de lo contrario se queda sin nada, lo que significa el consecuente desajuste y desequilibrio de la mente por la destrucción de los argumentos intelectuales que la sostenían. Ello inevitablemente conduce al fanatismo fundamentalista por estar obligado a sostener, alimentar y mantener los pilares especulativos en los cuales se apoya la mente, usándolos en la forma de muletas psicológicas que sostienen a la invalidez mental que produce la ignorancia de la creencia. El acto de sostener argumentos evidencia la limitación que impone la creencia para ir más allá de lo que ella establece como verdad, porque la descripción intelectual de la verdad, por más verborrágica que sea, jamás nos puede llevar a ella, por no pertenecer esta a la órbita del pensamiento, de la mente; ella solo puede ser vivenciada por una experiencia ajena a toda intelección, a toda intelectualidad, por más que representen a la máxima especulación académicamente erudita creada por hombre alguno. Sólo se vive dicha experiencia cuando la mente esta en silencio.

El sostener, alimentar y defender argumentos, crea en la mente la imposibilidad del silencio imprescindible para vivir la experiencia máxima transformadora de la mente arcaica y conservadora que simplemente sabe parlotear con sus propios intereses mezquinos y egoístas que nos terminan por privar del sentimiento de totalidad de la vida, con la consecuente ausencia de amor durante el vivir, durante la eterna existencia si persiste el autismo mental del pensamiento intelectual-egocéntrico.

El teórico religioso defiende la postura del intelectualismo egocéntrico que representa su creencia a sabiendas de que ella no es la verdad, lo hace simplemente porque ello le da sustento psicológico con el cual intenta suplantar el temor que le ha quedado como residuo de su fracaso en la aventura solitaria que requiere el encuentro con la verdad. Al ser la verdad un estado del ser, el cual se estampa en el hombre después de la experiencia de la iluminación que es producida por el casamiento vibratorio con lo desconocido, no se siente temor, de modo que no se necesitan argumentos para defender lo que por sí solo se defiende: la verdad. Argumentos son sólo necesarios en el campo de la mentira porque esta sí que necesita ser defendida.
El pensamiento inventa, desarrolla y crea la mentira a partir de un hecho, pero se encuentra imposibilitado de poder desarrollar, crear e inventar la verdad. La mentira puede dar sensaciones y sospechas que es así, la verdad es una confirmación de un estado que es un hecho que es así. Este estado es un hecho que se ha convertido en realidad en el ser, lo cual no precisa ser confirmado por examen intelectual alguno; es una forma de vivir, es una forma de ser: la encarnación de la religión