La Paradoja de la Búsqueda

Cuando la arrogancia
se establece;
te oscureces.

Cuando la arrogancia
se desvanece,
la bienaventuranza
de la luz propia
aparece.

La búsqueda espiritual, que iniciamos en nuestro paso por este mundo, no es mas que la salida que intenta encontrar el desespero producido por la desdicha que causa la insatisfacción de no encontrarle solución y sentido al vivir y a la vida, a pesar de haber probado todas los medicamentos, recetas y medicinas del mercado: pareja, casa, matrimonio, estudios, títulos, hijos, amigos y la cuota necesaria de lectura y charlas, además de una considerable sobre dosis de diversión, distracción, sueños, proyectos, ilusiones, deseos e imaginaciones múltiples.

Vemos nuestro mundo interior y lo encontramos abarrotado de soberbia, ambición, violencia y temor. Es, este cuarteto de puercos miserables, quienes deciden (una vez informados que existe algo llamado espiritualidad) buscar la verdad, la iluminación, la paz, la felicidad y a Dios. Vale decir que la ambición y sus familiares cambian el objetivo a conquistar y obviamente la arrogancia no puede pretender menos que Dios. Debemos tener en claro que no se puede buscar independientemente del contenido de nuestro mundo interior, y es obvio que no es la humildad la que desea ni ambiciona logro alguno.

Apenas comenzada la búsqueda y frente a la ausencia de beneficios inmediatos la arrogancia, la soberbia, la violencia y el exitismo demandan, reclaman y exigen que, sea quien sea; Dios, Mesías, santos, espíritus o maestros encarnados y desencarnados, se presenten a rendirles cuenta sobre el porque, después de tanto esfuerzo y sacrificio, la ausencia de frutos de su búsqueda y, por lo tanto, le aclaren directamente la razón, la verdad, el sentido, la intención y el propósito tanto del vivir como de la vida.

Es incontrovertible y manifiesto que la soberbia, la arrogancia, el exitismo y la codicia no pequen de ignorantes, y que dicho oscurantismo no les permita ver que la familia completa que ellas componen, sean el problema y la barrera para descubrir, llegar, conquistar, obtener o que le regalen el logro final que reclaman, y que fehacientemente ellas confundieron, conflictuaron, oscurecieron y embrollaron.

Las miserias humanas son fuente y usina generadora del sufrimiento humano, de modo que desde el comienzo de la búsqueda hasta su culminación en la ILUMINACIÓN, dichas miserias acompañaran al buscador, puesto que somos lo que somos, vale decir, somos nuestro contenido interior con todo lo que ello involucra, de manera que el problema se subsita desde el comienzo mismo de la búsqueda puesto que al ser ambiciosos, codiciosos, arrogantes, orgullosos, temerosos y violentos, la búsqueda se transforma en absoluta confusión por la calidad y cualidad de quien la conduce: las miserias humanas. De suerte que el desamparado, infortunado y hambriento buscador espiritual, no tiene ni encuentra forma para desembarazarse de dicha tribu de chanchas ignorantes que lo están llevando al cada ves mas desesperante chiquero de la confusión, el conflicto, la desdicha, la desilusión y la ignorancia; y ello durara hasta tanto el indagador no averigüe y comprenda por el mismo, que esta manada de puercos miserables son todo el impedimento para encontrar lo que busca y, como consecuencia, el conflicto reinante continuara hasta que los abandone definitiva, categórica, decisiva, irreversible, irrevocable, y concluyentemente.

Este abandono se puede producir, en el rastreador de la verdad, de dos maneras: por comprensión o por dolor y hastío.

Creer que la manera correcta y que se puede comenzar a buscar sin ambición y sin codiciar, es malabarismo de palabras que surgen de intelectualidad y filosofía barata. Comprender esto es sabiduría; abandonar y trascender dicha ambición es Iluminación. Nadie comienza indagando sobre si mismo, sobre la verdad, sin sus miserias humanas y nadie es impulsado por otro agente interno que no sea la ambición, la confusión y la arrogancia.

La ambición y la arrogancia están imposibilitadas para encontrar porque sus atributos particulares son poseer, ostentar, capturar, atrapar, saquear, aprisionar, para luego arrogarse para sí los logros, y en esta situación particular no hay logro que pueda ser atrapado, capturado o poseído, porque todo lo buscado pertenece al reino de lo intangible e inconmensurable, de forma que por razones de condiciones particulares no podrán (ninguna de las dos comadres) apoderarse o encarcelar la Auto-Naturaleza, la Mente Original, el Reino de los Cielos Interior, la Sabiduría, porque todo ello es inatrapable por el intelecto. Lo que es equivalente a decir que; para encontrar es necesario e imprescindible renunciar a “la ambición de lograr”; NO renunciar a la búsqueda.

Al no tener la capacidad, ni la arrogancia ni la ambición, para encontrar, en el ser humano se produce la desesperación que aumenta en la medida que el tiempo transcurre y nada se encuentra, se soluciona o se esclarece. Mientras todo esto sucede interiormente, exteriormente se refuerzan las actividades intelectuales y espirituales como forma de presionar y ensayar formulas para acortar el tiempo que falta para el logro final. Pero a pesar de todo el esfuerzo, ganas y deseos, nada acontece, lo cual presiona y desespera al desespero. Mientras tanto, la ambición como la arrogancia, empiezan a ingresan en el camino de la desilusión y piden refuerzos a su tía la violencia para que realice motines soberbios y grandilocuentes con la finalidad de que nadie sospeche que van camino a la mas escandalosa derrota por primera vez en su vida.

En medio de este torbellino de decepciones y desengaños se encuentra el intelecto intentando darle solución o consuelo a todos sus engendros de miserias humanas, que se encuentran desencantados, despechados, desalentados y, por sobre todo, desesperanzados, para que no se revelen por causa de no haber encontrado el fin deseado para estar en paz y satisfechos con el nuevo logro esperanzador que suponen los liberara del eterno conflicto interno.

Mientras tanto la angustia, el desconsuelo, el sufrimiento y la desdicha se incrementan, aumentando así la oscuridad para encontrar una salida intelectual a este laberinto que significa el dilema de la existencia y su relación con ella, de modo que, en su interior el ser humano buscador lo único que vive, siente y ve que aumenta, es el conflicto, la confusión, el desorden, la anarquía, el caos y el desconcierto, con la consecuente amargura y la insoportable impotencia.

A estas alturas hablar es blasfemia y quedarse en silencio es engaño, puesto que, el agotado caminante buscador no percibe que mientras los guías de su búsqueda sean la arrogancia, la soberbia, la ambición, el orgullo, la envidia, los celos, los deseos, las ilusiones, vale decir, que mientras los guías que lo conducen en su búsqueda por el sendero espiritual sean la familia completa de las miserias humanas, no tiene posibilidad de encontrar un elefante y una jirafa juntos, en su plato de sopa, y obviamente, mucho menos a él mismo (que es lo que sucede) debido a que estos guías no tienen más capacidad ni sabiduría superior al “GRUÑIDO” de un cerdo, de suerte, y de manera inequívoca, la única meta posible de ese camino señalado no puede ser otra que: “el chiquero”. Por lo tanto, hablar en ese estado y condiciones es blasfemar, y en silencio es imposible que se quede, puesto que se esta revolcando en su propio lodo, lo cual transforma a ese silencio en engaño, porque en realidad lo único que hace infatigablemente es gruñir como sus guías. [Es indiscutible que cada una de las miserias humanas no es superior a un puerco].

A estas alturas de la búsqueda, la mente es meramente y nada más que eso; un chiquero, en donde cada cerdo se lleva por delante al otro, terminando por revolcarse en el fango de las conclusiones desperadas y desesperanzadoras de un intelecto incapaz de poner orden es sus progenitores a través de una solución final posible, lo cual llevaría paz al chiquero.

El chiquerismo (costumbre del puerco de revolcarse en su propio fango) se convierte en la actividad excluyente del chiquero en el que fue convertida la mente por las miserias humanas que se postularon como guías elocuentes y sabias, dando como resultado final el gruñido generalizado que termina componiendo la sinfonía inconclusa-confusa del fracaso de la ambición, la arrogancia y la violencia como conductores de la búsqueda de aquello que desconocen e ignoran.

La mente se encuentra desesperada por llegar… donde sea… y en este estado es que: o comprende que debe “abandonar y renunciar al espíritu de logro y conquista”, propuesto por las miserias humanas, por voluntad propia; o el dolor, cansancio y hastío, de una búsqueda infructuosa, hará que abandone, se rinda y se entregue, a la locura por la locura misma, y de esa forma abandone y renuncie, por dolor y padecimiento, la ambición de lograr.

Debemos renunciar al punto de vista que cree y ambiciona conquistar, conseguir y triunfar, para luego arrogarse para si dicho logro, no a la búsqueda. Después de la renuncia por comprensión o el abandono por dolor, de este punto de vista falso, el ser humano queda en una actitud de inmentalidad inconsciente, donde solo es consciente de la desdicha y el miedo absoluto que lo invade, pero no espera nada, de nada, de nada. En ese estado es cuando acontece el florecimiento y brote de la luz propia y todo el universo se ilumina para, exactamente, esa misma mente que un minuto atrás deseaba la desaparición total de ella y de la existencia.

El resultado final es que el chiquero se ha convertido en el más bello de los jardines existentes, donde las margaritas florecen y exhalan su perfume sin temor a ser comida por los puercos, y donde un humilde jardinero, sin mayores pretensiones, excepto el de regar y cuidad las plantas, las cuida y riega, disfrutando y riéndose de su nuevo descubrimiento; ese jardín siempre estuvo ahí, solo el intelecto lo había convertido en habitad para los cerdos.

Debe ser maravilloso salir a buscar como un vulgar, cochino y sucio cerdo; arrogante, ambicioso, soberbio, orgulloso, codicioso y violento, y regresar al hogar como un anónimo y humilde jardinero que le brota la dicha y el deleite absoluto, y que en regar sus plantitas y oler su perfume encuentra el agradecimiento por el regalo que le a dado la existencia de simplemente estar vivo. Debe ser maravillo ¿verdad?

¿Por qué no probamos por nosotros mismos si es así o no?