La Mente Pensando


Consideramos como mente al proceso de pensar, pero ello es nada más que una de sus funciones; no la totalidad de lo que la mente es. Transformamos al pensar en el sinónimo de mente porque es lo único que conocemos de ella. Cuando la mente piensa lo hace basándose en todo lo que ella conoce, o sea, en la información guardada en la memoria, que se resume a sus experiencias, conocimientos, teorías, deseos, traumas, ilusiones y conclusiones. Desde este cúmulo de información el pensamiento pregunta, indaga, cuestiona, examina, interpreta, interroga, consulta, solicita, interpela, comunica y exige.

La mente pensando es el giro del pensamiento sobre sí mismo, o sea, es el movimiento de la mente sobre la memoria utilizando el contenido de la información que esta guarda. El pensamiento más allá de eso no puede penetrar, de modo que para ampliarse debe introducir algún tipo de intelectualidad: o de la cultura existente o de algún tipo de producción propia. Pero la introducción de más intelectualidad solamente le permite ampliarse en la cantidad de temas sobre los cuales continuara escarbando, cuestionando, justificando o argumentando.

La mente pensando es lo único que conocemos como actividad que no tiene descanso en nuestro vivir. Lo que pensemos es intrascendente. El pensamiento pasa a copar por completo la actividad de la mente a raíz del incesante parloteo que este mantiene consigo mismo y ese mecanismo es el que convierte a la mente en automática, mecánica, esquemática, reiterativa, vulgar, ordinaria, amoldada, poco original y nada creativa.

El incesante parloteo de la mente es el intento del pensamiento buscando soluciones para encontrar respuestas finales y remediar toda y cada una de las complicaciones que el mismo creo. Esta actividad incesante de la mente ciega la claridad del pensar y va creando -lenta pero segura- un deposito que cada vez almacena mas inseguridad y temor a causa de que el pensamiento no puede dar soluciones ni respuestas finales a su propia confusión. La inseguridad y el temor se acrecienta porque cada vez se encuentra mas lejos la solución en la medida que pasan los años. Así también podemos comprobar como la mente es cada vez menos silenciosa y cada vez más bulliciosa, lo cual nos lleva al desespero y este mismo desespero no lleva a pensar más sobre lo mismo.

El circulo vicioso que crea el pensar en la mente, transforma a la mente en esquizofrénica, histérica, intolerante, temerosa, imitativa y violenta. La solución que encuentra el pensar para corregir estas inaceptables e incorrectas actitudes psicológicas es crear una Cortesía Hipócrita pintarrajeada de Prudente Educación, lo cual es revestido por una Cosmética Discursiva para la Apariencia Social.

Así nos convertimos en seres Socialmente Correctos y una vez que fuimos aceptados por aquellos que hicieron lo mismo que nosotros con sus vidas, su vivir y su mente, nos tiramos en el colchón del conformismo, la indiferencia, el que me importa y el sometimiento. Pero el reverso de esta moneda es el deseo del pensamiento de querer ser libre [¿?] estupido ¿verdad?.

Deseamos ser libres pero… no nos animamos a serlo, de modo que ¿Cuál es la utilidad, el sentido, la conveniencia, la ventaja o el valor de desear algo y no ser capaz de llevarlo a la práctica en la vida diaria? Pero la mente pensante seguramente tendrá una respuesta para ello, aunque su respuesta solo sirva como consuelo psicológico puesto que en el diario vivir seguiremos siendo esclavos. Esto alimenta inconcientemente el temor, el cual nace del estar permanentemente salvaguardando la imagen para que nuestro entorno y el conjunto de la sociedad no nos identifiquen como seres socialmente incorrectos.

El parloteo incesante de la mente es un ejercito callado que avanza sobre las ruinas de la paz, la felicidad, y por lo tanto, del silencio. Nos agrada sobremanera el pensar porque es la manera más barata de distraernos con la menor reflección posible. Cuando ese ejercito callado -pero rumiador de cuanta especulación se cruza en su camino- avanza, ignoramos por completo que estamos destruyendo la paz y conquistando la obsesión, además de establecer definitivamente el cotorreo incesante como norma de vida de la mente y como molde representativo de nuestro vivir. El resultado definitivo de esta batalla es el haber conquistar una mente esquemática, irreflexiva, mecánica, dependiente y subyugada al pensar estático y arraigado en la persistencia. Este habito lleva al pensamiento a obtener el total poder de la mente, sometiendo a los demás movimientos y funciones de la mente a un anonimato casi absolutos.

Esta soberanía que obtiene el pensar sobre las demás actividades de la mente entroniza al intelecto como Dios supremo del mundo psíquico, lo cual se extiende hasta todo lo que es emoción y sentimiento, de suerte que no podemos observar nada de toda las implicancias a las cuales nos a llevado el cuchicheo que hemos enraizado en nuestra raciocinio.

El enjambre que crea el pensamiento convierte a la razón en mecánica e inconsciente, de modo que no tenemos otra opción que la de -obligadamente- convertir todos y cada uno de nuestros argumentos en verdaderos pero, ¡según nuestro criterio!. Decidimos lo verdadero, después lo defendemos, lo archivamos y lo custodiamos. Ello trae como consecuencia la violencia interna porque la decisión personal de lo verdadero nos obliga a resguardar el enfoque que adoptamos para sentirnos seguros, por lo tanto, no podemos permitir la destrucción del enjambre mental que hemos edificado y que ha convertido en nuestro transfondo psicológico. Sí este transfondo psicológico es dañado la consecuencia es la desazón, la confusión, el desconsuelo, puesto que ello nos lleva a sentirnos desorientados.

Esta perdida de la estructura psicológica generalmente se produce por un hecho de la vida que no lo teníamos calculado: muerte de un hijo, perdida de nuestro nivel económico o social, etc. Ello nos desorienta, al punto de sentirnos desconcertados por no saber como lograremos reponernos del vacío psicológico dejado por el acontecimiento inesperado y que termino destruyendo los supuestos que nuestra propia decisión le había impuesto a la vida.

El pensamiento al crear su propia verdad, obviamente que se contradice con la vida y el vivir. La verdad creada por el pensar particular, son meras razones basadas en nuestro propio parecer, o sea, no se encuentra ni confirmadas ni aprobadas por nadie, solamente por nuestro razonar confuso y conflictivo en su intento de ordenarse a cualquier precio. Crear, inventar y establecer la verdad es lo mismo que creerse Dios siendo ateo.

La mente pensando es inevitable que no omita la verificación de sus verdades creadas a su medida. Innegablemente que estas verdades [¿?] son establecidas por la conveniencia de sus intereses materiales, sociales, económicos, sentimentales y psicológicos. Aquí nace la confusión entre verdad y razón, entre verdades y razones, entre lo que es y lo que creemos que es, entre lo que es y lo que deseamos que fuera. La verdad no tiene relación alguna con el deseo, con la ilusión, con la suposición, con la creencia o con la esperanza, ella se encuentra y es ajena a lo que quisiéramos que fuera. Pero la mente pensando desea fervientemente transformarla en sus intereses para acomodar el mundo psicológico del usurero psicológico. Lo que el pensador codicioso no sabe es que la verdad no es manipulable y para demostrárselo la vida con hecho inconveniente se lo manifiesta, dejando al descubierto sus mentiras mediante la crisis subsiguiente.

Es innegable que ninguna verdad nos pone en crisis, puesto que esa exclusividad solo la posee la mentira. La verdad que nos lleva a una crisis es aquella que contradice a la mentira que hemos aceptado como verdad.

Cuando el pensamiento se adueña de la mente necesariamente tiene que convertir -o por lo menos intentar convertir- a sus mentiras en verdades porque de lo contrario no puede sobrevivir como la autoridad psicológica indiscutible capaz de dar solución a cuanto problema él mismo creo. La práctica de este constante ejercicio desarrolla una habilidad que luego pasa a ser confundida con inteligencia.

La mente pensando la asociamos con la prueba de que somos cuerdos, pero no percibimos ni por un instante que ello es falso puesto que no es por mucho pensar que somos sensatos. Pero además asociamos a la mente pensando con que ello es prueba de que no estamos desequilibrados y por sobre todo, que estamos viviendo concientemente.

Indiscutiblemente el ser concientes dista mucho de la auto-definición sobre lo que consideramos como ser concientes. Ser concientes no significa el estar de acuerdo con nuestro pensar y actuar en consecuencia porque ello también puede ser una demostración de irreflexión e insensatez. Ser concientes es percibir lo que es como es, o sea, significa no traducir los hechos en ideas. La mente consciente se nos revela cuando no intentamos escapar de los desafíos de la vida o problemas mediante argucias intelectuales como la esperanza, la promesa, la utopia, la creencia, ni mediante consuelos psicológicos como las entretenciones, la búsqueda de placer, la auto-compasión, el enamoramiento, puesto que todo ello ayuda a la mente a la inconciencia del problema real y, por lo tanto, a la continuidad y persistencia de la ignorancia.

La mente pensante tiende a traducir y a expandir todo, sin percibir que sus expansiones son giros de 360 grados. Tiende a traducir la verdad e intenta expandirla porque cree que la verdad se puede resumir en una frase intelectual ignorando que la verdad no pertenece al campo del pensamiento, de modo que jamás el pensamiento podrá dar con la verdad porque es obvio que ella no se encuentra resumida en una conclusión, en una definición, ni en ninguna teoría o doctrina; lo que significa que ella jamás puede ser expresada por opiniones particulares -nuestros razonamientos- ni opiniones colectivas -ideologías, doctrinas, teorías, creencia, dogmas- ni tampoco puede ser descrita por la interpretación de símbolos esotéricos o arquetipos psicológicos, pero a pesar de ello creemos que somos conscientes.

Cuando la mente pensante se cansa de buscar la verdad en todo el mamotreto intelectual existente recurre a los rituales o drogas creyendo que un estado de consciencia diferente le podrá mostrar lo que la verdad es o revelársela por capricho de la naturaleza. No hay droga o ritual que tenga la capacidad o condición por si misma de ser capaz de manifestarla. Lo máximo que puede producir un ritual o una droga es evidenciar las mentiras guardadas en la conciencia: ilusiones, deseos, proyecciones, esperanzas, creencias, ansías, egoísmos y ambiciones.

El pensamiento no puede decidir donde encontrar la verdad ni hacer un mapa intelectual para ubicarla. La historia humana demuestra que el pensamiento solo ha servido para ponerle nombre a todo y sellar con aseveraciones lo que desconoce, lo que ignora, siendo esas aseveraciones aceptadas por todos, y en un pacto de silencio, convertidas en verdad. Conocer la verdad no es poseer una definición intelectual especifica que pueda describir lo que ella es, de manera que solo podemos conocer la verdad cuando tenemos una mente libre, abierta, sin conflictos ni confusiones, sin dualidad, una mente que no este atada a opiniones, dogmas, doctrinas, creencias o puntos de vistas particulares y específicos que hacen diferencia y las distinciones.

La mente pensante no tiene la capacidad de percatarse que el poseer una definición intelectual para describir lo que es la verdad, significa crucificar la verdad a un concepto intelectual fijo, estático, inamovible, muerto, y ello innegablemente niega por completo la dinámica y el movimiento que tiene la verdad porque ella pertenece a la dimensión de lo que esta vivo.

Al no ser la verdad un concepto intelectual que el pensamiento pueda encarcelar en los limites de la memoria, el pensar entonces recurre a crea un patrón de pensamiento que incluso habla de la libertad de pensar pero, ¿si existe la libertad de pensar como es que la verdad puede estar esclavizada a un concepto verbal? Si la podemos esclavizar ¿Cómo es entonces el libre pensar?. Es indiscutible que lo que esta encarcelado no puede ser libre ¿verdad?.

La libertad de pensar es uno de los tantos slogan que el pensamiento a creado y que la humanidad -en ese pacto de silencio de transformar las mentiras convenientes en verdades- a aceptado ciegamente porque jamás cuestionamos la veracidad de si todos pensamos distinto o si en realidad todos pensamos iguales.

¿Pensamos todos distinto? No, porque no existen distintas maneras de pensar, lo que existe son distintas ideas en que pensar, lo que revela que no sabemos como pensar. De manera que esas ideas distintas y diferentes en las que pensamos, no logran cambiar ni transformar nuestra manera mecánica, automática, amoldada y autista de pensar, y ello demuestra que la forma y el método de pensar se encuentra regido por el mismo mecanismo universal en el hombre que se resume a pensar en la información guardada en la memoria, y punto.

Cuando se sabe en que pensar la mente gira en ese laberinto mecánico de ideas preconcebidas, lo que demuestra la ausencia de libertad en el pensar. Llamamos libre pensar a la opción que tiene el ser humano de elegir en el mercado de las ideas la que se le antoje: religiosa, política, espiritual, social, filosófica, etc., para luego adoptarla y en consecuencia enunciarla como su pensamiento, lo que él piensa. La idea obviamente es de otro, pero el adoptar ideas de otros no nos hace meros imitadores… ¡sino libre pensadores!. ¿Cómo se es libre cuando ni siquiera pensamos por nosotros mismos? ¿Cómo es que somos libre pensadores cuando hemos adoptado un patrón de pensamientos que amolda nuestra mente a un punto de vista particular que nos convierte en mercenarios del pensar? Esa idea debe ser resguardada y defendida, lo que nos lleva a separarnos de aquellos que no adoptaron la misma idea que nosotros. ¿La libertad de pensar es conflicto y confusión?

Una vez que nos amoldamos y nos encasillamos en una idea particular, es innegable que nos encontramos enfrentados secretamente, a todo el que no piense igual a la idea que hemos apadrinado, a la idea que patrocinamos y que obviamente defendemos como verdadera. El libre pensar ¿es el patrocinador de guerras, enfrentamientos y derramamiento de sangre? ¿Cuál es la libertad que existe en el enfrentamiento, en la guerra?

Es irrefutable que hemos construido un mundo social y mental lleno de divagaciones que se sustentan en escasas reflexiones serias sobre la veracidad o falsedad de nuestras afirmaciones. El pensamiento hablando a creado el contenido intelectual, social, religioso, político, económico, moral y filosófico de este mundo, además de la cultura y tradición de cada sociedad particular. Somos nosotros los que le damos la jerarquía máxima -con calificativo de verdadero- a lo que nos conmueve psicológicamente, razón por la cual terminamos afiliándonos a alguna tendencia que nos identifique, y ello lo hacemos a través del amparo en alguna teoría, ideología, doctrina, dogma o creencia que unifique intelectualmente nuestros intereses.

Cuando la mente piensa desde su visión particular y despliega intelectualmente esa visión, el resultado es la creación de un sistema de pensamiento que permite el desarrollo de las distintas disciplinas de la sociedad y del conocimiento. Por lo tanto, el pensamiento ha creado las bases de la confusión particular como el conflicto colectivo que existen en el mundo al desarrollar teóricamente la ideación de lo mejor. A partir de este hecho las distintas disciplinas empiezan a influir sobre el hombre y el hombre sobre estas disciplinas. Ejemplo: La mente crea la economía, la economía influye el pensar del hombre, lo cual termina afectando a las relaciones humanas.

Todas las disciplinas creadas por el pensar presionan al ser humano hacia la dualidad aceptación-rechazo, como así también al inevitable examen analítico y la consecuente evaluación comparativa positivo-negativo, lo cual alimenta el proceso oculto del cuchicheo verborragico del pensar, o lo que es lo mismo, al parloteo incesante de la mente.

Toda la estructura de la sociedad se ha construido sobre las creaciones del pensamiento, de modo que es toda la sociedad incentivando al ser humano a rehuir del silencio y a quedarse preso en el parloteo como forma de vivir, de modo que se banaliza el silencio haciéndolo impopular asociándolo con la enajenación, la demencia, el desequilibrio, la alienación o la excentricidad. De esta manera se institucionaliza el parloteo convirtiéndolo en normalidad para terminar aceptándolo como algo que necesariamente tiene que ser así. Esto inevitablemente moldea a la mente y le impone su propia limitación, o sea, el permanente parloteo. Esta es la limitación de la mente porque el parloteo no puede funcionar más allá del contenido de la memoria.

La charla permanente de la mente consigo misma y su temática monocorde establecen el mecanismo de pensar esquemático, inconciente, involuntario y mecánico. Para la sociedad el silencio es un martirio, al igual que la meditación, pero la verdadera lacra que es el pensar constante, obsesivo e inmanejable, es una bendición. Este pensar solo trae confusión y conflicto, pero insistimos en idolatrar al parloteo.

El conflicto nos martiriza pero seguimos despreciando al silencio. El conflicto nos agrada porque fácilmente nos coloca en la posición de victimas. Deseamos desprendernos de él pero lo sujetamos con la victimización y de esa manera le damos continuidad en el tiempo. El deseo de salir del conflicto no significa tener la energía ni la constancia para enfrentar la causa del conflicto que es nuestro pensar. La mente cuchichiando es el motor de arranque del conflicto de manera que comprendernos es la forma de enfrentar el conflicto, puesto que el mismo no es algo que pueda ser calmado mediante la represión, el consuelo, la esperanza, la promesa, el recuerdo, la ciencia, la creencia, el dogma, la doctrina, la ideología, sino mediante la comprensión del propio conflicto, que es nuestro pensar, que es nuestra mente, que en definitiva somos nosotros mismos. ¿Cómo nosotros podemos ser algo diferente de nuestra mente, de lo que pensamos?

El problema que es el conflicto, no lo comprendemos por el enfoque con el cual lo abordamos -además de partir mirándolo con la visión de la auto-compasión, lo cual diluye y disipa la inteligencia en la sensiblería- de modo que siempre estamos visualizando el conflicto como causas ajenas al enfoque, al punto de vista que tenemos de la vida, del vivir, o sea, de nosotros mismos. Nuestro punto de vista es la visión y la guía que conduce nuestras acciones y reacciones, lo que se traduce en el diario vivir como la respuesta mecánica ante cualquier desafío que la vida nos traiga. De manera que al ver los sucesos externos como causa de nuestros conflictos, confusiones, desordenes, desconciertos y complicaciones, perdemos de vista la causa real del problema que somos nosotros mismos.

Aceptamos ciegamente como causantes y responsables de nuestros problemas y conflicto a la acción exterior de los demás: … porque no son buenos, sensibles, educados, compasivos, tolerantes, respetuosos y etc., etc. La mente pensando crea el mundo de la victima, y ese mundo pasa a ser interesante para el ego porque es el centro, de la misma forma que el ego es el centro cuando la mente pensante crea al triunfador, al exitoso y el pensador se convence de que él es eso. Pero de la misma forma considera que los demás son los causantes y responsable que él no sea mas exitoso todavía de lo que es, de modo que es la misma victima pero con resultados económicos y marketineros distintos.

La mente pensando crea nuestro punto de vista, nuestro mundo interior y, por lo tanto, la manera que tenemos de ver y juzgar al mundo exterior. Con ese paquete intelectual viajamos en el camino de la vida hasta que la muerte nos sorprende, pero mientras tanto, en el trayecto que va de la cuna al cementerio, el pensamiento perfecciona el sufrimiento, haciéndolo mas pulcro, mas hipócrita, mas educado, mas farsante, mas santurrón, para que ante la sociedad sea teatral-mente correcto, ya que ha hecho de la apariencia y el narcisismo la razón de vivir y por la cual vivir.

El pensamiento corrige constantemente su sufrimiento interior para que no interfiera en el glamour que imprescindiblemente necesita el narcisismo, porque, cueste lo que cueste, lo trascendental es aparentar ser un triunfador. Ello alimenta la ambición, motivando el impulso que es deseo, poder y posición, lo cual convence al narcisista y al pesimista de que ver la vida como algo que hay que derrotar o morir, es lo correcto.

El pensamiento en acción diseña la brújula con la que dibuja el mapa psicológico de su vivir la cual le indica, por medio del auto-convencimiento, sobre como son las cosas, como deberían ser y como desearía que fueran. A este auto-convencimiento el hombre lo designa como el norte de su vida. Si concreta algo se siente un exitoso, si no concreta nada se siente un perdedor. En el exitista nace la soberbia y la violencia, en el infortunado nace el frustrado y la victima eterna.

Lo extraordinario de todo esto es que, ese tipo de mente se juntan para diseñar, dibujar y construir la sociedad. Simpático ¿verdad?