La Enseñanza IV

Estacionamiento de supermercado

Una mente que ha creado un muro de autoprotección con el fin de sentirse segura, es obvio que no tiene posibilidades de relacionarse con los demás sin sus prejuicios, traumas, temores, preconceptos, aprensiones, recelos, manías, obsesiones, de modo que cuando esa mente mira a otra persona no la puede ver tal cual es, puesto que es inevitable que no lo haga desde el contenido de su trasfondo psicológico, lo que significa que es imposible que esa mente se pueda relacionar con alguien, puesto que su punto de vista es inamovible: porque su razón es la verdad. Por lo tanto, esa mente sólo puede simular el estar relacionada, condicionando dicho vínculo a la imposición de su verdad.

La mente que organiza su verdad, es obvio que necesita aliados que avalen dicha suposición transformada en verdad. Cuando esta verdad [¿?] encuentra un aliado, pasan a conformar un organismo corporativo que, en la sumatoria de mentes aliadas, se transforman en la institución encargada de la divulgación masiva de dicha especulación intelectual-psicológica. Y esta es la causa por la cual en nuestro mundo existen, son expuestas y… defendidas tantas verdades [¿?].

El hecho de que muchas mentes se reúnan bajo la consigna de compartir un objetivo común, no es sinónimo de que se encuentren conectadas, relacionadas y en comunión, puesto que la unión para llevar a cabo y alcanzar una meta es nada más que utilización mutua. La relación basada en la utilización mutua, no es ni contiene conexión ni comunión alguna; todo lo que ello contiene es solo comunicación verbal, y como sabemos, la simple comunicación verbal es superflua, vana y sin sentido, aunque se intente, por el ideal común, inventarle a esa comunicación un profundo sentido.

Todo objetivo, meta, finalidad, es una acción individualista, egoísta, aunque se encuentre disfrazada de objetivo común, puesto que la meta colectiva es siempre la acción y la suma de las voluntades individuales, de modo que psicológicamente para la mente particular la meta colectiva es inevitablemente mi meta, lo que significa que en la mente individual ello funciona con el considerando que… mi manera de ver y hacer las cosas es la correcta; lo cual se opone a la manera de ver y de hacer de los otros, de forma que la meta, el objetivo, es lo que divide, separa y, por lo tanto, impide la relación, porque la propia meta es un muro de resistencia, de autoprotección para encontrar seguridad, para sentir que se pertenece a algo, con el propósito de no ser lastimado. Y el hecho de estar de acuerdo en un curso de acción a seguir, revela que nuestra relación es utilización mutua, de forma que la relación pasa a ser solo una idea, un patrón de pensamiento, una utopía que se desarrolla y se mueve en simples compromisos externos. Así la mente se replega en sus propias conclusiones, análisis, suposiciones, o sea, queda esclavizada en el aislamiento de su trasfondo psicológico autista. Ello no permite abrir la mente, expandirla, hacerla florecer.

La enseñanza genuina no propone ni tiene metas a alcanzar, puesto que sería un simple consejo de lo que se debe hacer y, por lo tanto, el final de la enseñanza como reveladora de la esencia de las cosas, de lo que es. El consejo que nos dice lo que debemos hacer, no permite ni nos enseña a pensar por nosotros mismos, pero lo que sí hace es esclavizarnos en nuestro mundo psicológico lleno de traumas, complejos, alineaciones, prejuicios. Indicarle a los demás lo que deben hacer, es transformar la enseñanza en un consejo temporario, que debe ser constantemente reformulado, corregido y finalmente reemplazado por otro. Esa no es una enseñanza atemporal, porque la característica de esta, es la tener la cualidad de enseñar al hombre eternamente sin ser reformulada, corregida o aumentada.

La diferencia entre enseñanza y moralismo radica en que la enseñanza debe tener la cualidad de trascendental en el tiempo, perdurando por sí misma, mientras que el moralismo es un consejo que debe reformarse constantemente porque es reajustado a pautas e intereses psicológicos del moralista que los impulsa. El moralismo es un consejo de cómo comportarse, la enseñanza es una opción de ser; el moralismo establece lo que está bien y mal, la enseñanza describe la esencia; el moralismo establece lo que es verdad, la enseñanza invita a buscar por sí mismo lo que es la verdad; el moralismo es un código de conducta, la enseñanza es la posibilidad de aprender constantemente; el moralismo es norma, disciplina, conducta y ley, la enseñanza es sugerencia, señalamientos e insinuaciones; en definitiva: el moralismo es saber de memoria sobre lo que es y lo que no es, la enseñanza es comprender.

Cuando el moralismo toma en sus manos la enseñanza, la deforma en culto a la ley, al reglamento, a la norma, a la conducta, al comportamiento, de manera que lo importante pasa a ser la imagen de como uno debería ser, no lo que uno es. El comportamiento es el amoldamiento de la mente a un patrón particular de conducta fijo, esquemático, rígido, inamovible, en donde el cumplir con la norma establecida lo es todo. Como los consejos disfrazados de enseñanza se encuentran centrados en el cumplimiento de la ley, quien sea capaz de someterse totalmente a este requisito insalvable, entonces es merecedor de ascender a un grado superior en la escala en que dividieron la enseñanza.

Centrar al moralismo como eje de la enseñanza a ser impartida, obliga que el método no sea otro que la coacción del chantaje psicológico de la conciencia a través del temor, lo que traducido a la práctica es amenaza, intimidación, amedrentamiento, o sea, miedo basado en premio y castigo.

El moralismo hace de sí mismo un camino espiritual, pero tropieza con una insalvable dificultad para ser espiritual: que todo camino espiritual debe estar cimentado en la libertad de la mente. Si un camino espiritual no tiene como premisa básica en su enseñanza la absoluta libertad de la mente, es un sendero que conduce a cualquier lugar y ha cualquier cosa, menos a lo espiritual. El moralismo lo único que no puede ofrecer es libertad de la mente porque ello es su fracaso, es él fracaso en sí mismo y sin opción.

Es innegable que sin libertad en la mente no existe inteligencia, y sin inteligencia ¿cómo podremos percibir nuestras miserias humanas y trascenderlas para luego comprender lo divino, lo inconmensurable, sin hacer de ello un ideal, una doctrina fija, esquemática e inamovible? El establecer una doctrina moral como centro de una enseñanza con el fin de domesticar el pensamiento y someter las miserias humanas que martirizan la mente, es decidir sepultar la inteligencia en el inframundo del limbo del conformismo y la indiferencia. Allí se llega por la violencia ejercida sobre la mente para esclavizarla a una conducta ejemplar incuestionable con la finalidad de que cumpla con la ley. Es obvio que esta disciplina metódica, al ser aplicada a uno mismo o a los demás, trae como consecuencia inevitable, el regreso de la espiritual…¿?… inquisición terrorista psicológica sobre la mente humana y la consecuente ausencia de libertad en la misma.

Como podemos ver, se empieza a sembrar la ausencia de libertad y, por lo tanto, de inteligencia, cuando nos afiliamos y adoptamos cualquier tipo psicológico-intelectual de autoprotección, llámese ello doctrina, ideal, creencia, puesto que erigimos un muro entre nosotros y la esencia de las cosas, entre nosotros y la realidad, entre nosotros y el vivir, entre nosotros y lo que es, entre nosotros y el mundo, entre nosotros y la vida tal cual es. O sea, de un lado estamos nosotros con nuestras interpretaciones que surgen del trasfondo psicológico, que es nuestra conciencia y su contenido, y del otro lado esta la realidad, el mundo, el vivir y la vida desnuda, tal cual ella es. El separarnos de la vida y el vivir por medio de la creencia, la doctrina, el ideal, nos fracciona internamente en relación con los demás, puesto que el muro psicológico debe ser continua y constantemente resguardado, protegido, salvaguardado. Eso implica la constante preocupación para que el muro ideal de los demás no derrumbe el nuestro, lo cual en la practica de la vida diaria es el derrumbe y la destrucción del esquema y la estructura mental que nos sostiene y nos aísla de la obsesión y la locura que ello significa.

Este muro psicológico, intelectual, sentimental, emotivo, debe ser constantemente reforzado, apuntalado y elevado para su conservación en razón del peligro que supone su destrucción, para lo cual se utiliza toda clase de argumentos, justificativos, teorías, razones y auto verdades para sostenerlo y mantenerlo vivo. Como este muro es un invento del pensamiento humano -de modo que no tiene relación alguna con la verdad la cual no puede ser inventada por la mente- es obvio que necesita de toda clase de invención intelectual y del chantaje sentimental para ser sostenido en contra de lo que la vida es en realidad y en esencia, lo que en definitiva da como resultado el total encegecimiento de la mente ante lo que es. El no ver lo que es -por ser suplantado por lo que debería ser- termina por ser la cosecha que se recoge como recompensa de la ceguera que produce el temor a ver la vida tal cual es y no como desearíamos que fuera. En resumen, esta cosecha solo recolecta los desechos de la mente que se ha sepultado a sí misma en la esclavitud por buscar seguridad psicológica en una doctrina, en un ideal, en una creencia.

La mente que siembra en sí misma una doctrina cosecha autoprotección, la mente que siembra autoprotección cosecha temor, la mente que siembra temor cosecha esclavitud, la mente que siembra esclavitud cosecha su suicidio, la mente que siembra su suicidio todo lo que le queda por cosechar es simplemente… su entierro.

La dificultad para resucitar a este tipo de mentes radica en el cementerio donde se encuentran sepultados sus restos, que es a saber… la propia mente; de manera que al no estar enterada de que esta muerta, sólo existe en la dimensión del zombi, o sea, siente que esta sobreviviendo… pero se comporta como un cadáver.

Toda siembra tiene como consecuencia una cosecha, la cosecha es el resultado de lo que se siembra. Al sembrar en el suelo de la mente esquemas fijos e inamovibles, se recoge como cosecha una mente rígida y agarrotada que solo puede sacar conclusiones, analizar, pero que no puede comprender; ni siquiera que el pensamiento no tiene capacidad para resolver los problemas que el mismo creo. El pensamiento siembra la esclavitud de la mente y después desea cosechar libertad… imposible ¿verdad?

El mecanismo del análisis y la conclusión está basado en la asociación de ideas que surgen de la información, del conocimiento almacenado en la memoria, de ese modo la mente se encuentra incapacitada para comprender, puesto que para ello es imprescindible la libertad y la consecuente inteligencia, no la memoria psicológica y el consecuente lastre intelectual que sólo tiene la capacidad de interpretar. El conocimiento, la información, le da a la mente la sensación que sabe y esta sensación es la que va moldeando la rigidez y la estructuración de la mente en puntos de vistas inamovibles que terminan por esclavizarla en el esquema de la ideación de lo mejor. La ideación de lo mejor brinda a la mente una imaginaria madures que surge de la supuesta preocupación por los demás, lo cual se supone es sinónimo de sensatez; surge así la tranquilidad de estar haciendo las cosas correctas en el interior de su mundo intelectual-psicológico lo que, cómo consecuencia, lleva a la auto consideración de que se es bondadoso, altruista y compasivo.

Es obvio que esa mente sólo desea aprender sobre lo que es de su interés y conveniencia psicológica, lo que implica estrechar el cerco que la esclaviza, puesto que todo aquello que este por fuera de su conveniencia es mecánica y automáticamente descartado; así se llega a la imposibilidad de aprender a raíz de la ausencia de amplitud y libertad mental.

Quien siembra en su mente auto conveniencia cosecha ignorancia; quien siembra autoconocimiento cosecha aprendizaje. Aprender es comprender a cada instante, minuto a minuto, lo que esta sucediendo, tanto exterior cómo interiormente, o sea, aprender es cuestionar, investigar, indagar, dudar sobre el contenido y el mecanismo de nuestro pensar, además de todo aquello que hemos aceptado como verdad sin saber si lo es o no. Aprender es tener la mente abierta para comprender… comprender tanto aquello que nos desagrada como lo que nos agrada, sin juzgar lo que se percibe ni como bueno ni como malo; es ver las cosas y los hechos tal cual ellos son, sin adherirle contenidos psicológicos ni interpretaciones morales o intelectuales que nos sirvan para calificarlos negativa o positivamente.

Aprender no es pensar sobre. Pensar sobre esto o aquello es el resultado inevitable de nuestra proyección intelectual-psicológica sobre: Dios, la vida, el mundo, el vivir, la sociedad, la naturaleza, o sobre como somos nosotros mismos, y ello es realizado desde el contenido de nuestra conciencia, o sea, desde el conocimiento, la información que tenemos o adoptamos. De manera que el pensar no es trascendente, puesto que al pensar, simplemente realizamos un ejercicio intelectual basado en lo que ya conocemos y ello es lo que se permite calificar al pensamiento como bueno o malo. Y cuando juzgamos ya hemos cerrado nuestra mente a la comprensión.

Al ser el pensar el movimiento del contenido de la memoria, se transforma en intrascendente por la limitación que le imprime ese contenido, de modo que es imposible aprender desde el pensar. Lo que sí debemos comprender es sobre el pensamiento y su limitación, lo que significa que para trascender el contenido de la memoria y comprender sobre lo trascendente e inconmensurable, debemos usar la herramienta que se encuentra fuera del tiempo psicológico, o sea, la inteligencia, la percepción.

El sembrar pensamientos basados en análisis, ideales, razones, conclusiones, argumentos, teorías, creencias, produce como resultado la cosecha del consecuente conflicto y la confusión, que nacen de la propia limitación que tiene el pensamiento: él sólo se puede mover en su tiempo psicológico atrapado en el pasado y el futuro, de suerte que no puede resolver los conflictos que el mismo creo y que se presentan en la mente ahora.

La inteligencia, la percepción, al no pertenecer al campo del tiempo psicológico en el cual se mueve el pensamiento, son las herramientas que pertenecen al campo de la intemporalidad, de modo que quizás sean estas herramientas las que pueden resolver los problemas creados por el pensar.

Quien siembra conocimiento e información en su mente, cosecha conflicto, confusión y, en el mejor de los casos, buena memoria; quien siembre silencio cosecha percepción e inteligencia, puesto que la percepción y la inteligencia no nacen ni dependen del pensar, surgen cuando la mente ha cesado en su movimiento, cuando se encuentra por completo en silencio. El silencio es el vacío atemporal que no tiene ni pertenece a tiempo ni espacio alguno, de suerte que la inteligencia y la percepción sólo pueden surgir desde ese vacío intemporal por ser la acción del ahora, en donde pasado y futuro se encuentran total y absolutamente ausentes.

La verdad organizada es la interpretación del pasado y el futuro que se expresan en lo que fue y lo que será.

Quien siembra verdades organizadas cosecha mentes mecánicas, esquemáticas, dogmáticas y estructuradas; quien siembra enseñanza no cosecha nada porque todo lo que produce son hombres libres.

Cuando la enseñanza genuina no es sucedida ni propagada por mentes que trascendieron el nivel humano: rutinario, imitativo, obsesivo y temeroso de pensar; se transforma en dogma supersticioso, en amenaza, en la sutil coacción del castigo, de manera que la misma se pierde en el delirio religioso, en el fundamentalismo, en la creencia, en el sometimiento; y es innegable que en donde exista una mente creyente, supersticiosa, obsesiva, fundamentalista, temerosa, el amor esta ausente.

Una persona puede creer en Dios, Ala, Brahmán, Moisés, Mahoma, Jesucristo, Buda, Krishna, Mahavira, o quien sea, eso no es equivalente a amar, de modo que la pregunta que se impone es: ¿cuál es la razón que nos lleva a creer que la creencia y la superstición son sinónimos del amor? ¿Por qué la creencia pasó a ser más importante que el amar? ¿Por qué nos satisfacemos, nos complacemos, nos regocijamos, en la creencia, en la superstición, mientras que hemos olvidado por completo el amar? ¿Por qué la creencia, el dogma, la norma, la superstición, ocupa en nosotros el lugar del amor? ¿Es el pensar más importante que el sentir y vivir las cosas?

La creencia ha pasado a tener mayor importancia que el amor por el valor que le hemos dado al pensamiento. Creer es pensar en, el estar de acuerdo con, es afirmar la existencia de, la autoafirmación sobre; todo lo cual es el pensamiento proyectándose sobre lo desconocido, y es a esta especulación intelectual a la que hemos endiosado hasta convertirla en el sinónimo de la sabiduría. Pensar sobre, no es saber sobre lo que se piensa, es suponer que lo que se piensa es así, lo que significa simple especulación.

Una vez que hemos entronizado al pensamiento en el altar de la máxima importancia, convirtiéndolo en el sumum de la existencia humana -además de considerarlo la única herramienta posible capaz de resolver y encontrar solución a cuanto problema se nos presente- hemos desechado por completo a la percepción, a la inteligencia, de modo que no hemos podido silenciar la mente y con ello, consecuentemente, también hemos desechado al amor, a la compasión, puesto que es innegable que dichos estados surgen en nosotros cuando la mente se encuentra por completo en silencio, sin movimiento alguno. Por lo tanto, nuestra mente se ocupa de todo aquello que ha sido creado por el pensamiento, de modo que al ser la creencia un invento del pensamiento humano, es el pensar en lo que sea lo que tiene y ocupa más tiempo y valor en nuestra vida. Llamo creencia a cualquier idea o pensamiento que la mente supone o considera que puede o debe ser, en definitiva a todo lo que la mente invente en sentido de la ideación de lo mejor, para sí misma o para los demás.

La mente, el pensamiento, es la causa de la desdicha, sufrimiento y temor que domina al mundo, de manera que es en el suelo de la mente donde se debe sembrar la semilla de la libertad. Semilla que no tiene relación alguna con la llamada libertad política, social o económica, puesto que sabemos que nada de ello es libertad en absoluto. Ello es nada más que otro invento del pensamiento, el cual a logrado la esclavitud de la mente sometiéndola en la ilusión a través de la creencia de supuesta libertad que nos da la democracia, ignorando con ello que para la existencia de la libertad exterior es imprescindible la libertad interior como premisa ineludible. Es utópico, ilusorio, irreal, el suponer que la libertad exterior existe y que nos dará como resultado la ansiada libertad interior, puesto que ello sólo se consigue con el conocimiento de uno mismo, ya que sin él es irrelevante todo lo que afirmemos, justifiquemos y argumentemos sobre la libertad de cualquier índole.

Es obvio que el conocimiento propio es el ABC de la libertad interior, de modo que toda enseñanza debe apuntar a liberar al aprendiz de toda miseria humana, o sea, de todo temor, de todo miedo. El miedo siempre es en relación con algo, el miedo jamás surge con relación a nada, a raíz de nada, de modo que es imprescindible el conocer el mecanismo de nuestro pensar, con sus estructuras, esquemas y amoldamientos, para descubrir y comprender lo que nos mantiene en conflicto, confusión, temerosos, y la consecuente desdicha.

Para que la enseñanza sea trascendente, su único propósito debe ser el de producir hombres libres por ser la libertad imprescindible para poder descubrir lo que es verdadero y lo que es falso porque es obvio que sin libertad somos esclavos de todo tipo de influencias y cuando estamos influenciados es imposible diferenciar lo falso de lo verdadero, de modo que nuestro vivir pasa a ser una sobre-vivencia insípida con escasa profundidad, que jamás nos dejara saber como liberarnos de la desgracia, confusión, conflicto y desdicha del presente, si no vemos que lo realmente importante es descubrir eso… cómo ser libres.

El ser libre de toda y cualquier tipo de influencia es el principio del camino de la libertad. La mente influenciable es una mente flácida, hipócrita, que usa la arrogancia como símbolo de fortaleza psicológica -fortaleza que obviamente no tiene- con el fin de convertir sus ilusiones en verdades supuestamente reales, las que debe sostener por medio de la jactancia, la soberbia.

Es obvio que no basta con ser libre de las influencias intelectuales-doctrinarias sino que también de todo tipo de evasión espiritual como lo es el esoterismo, el milagrerismo, el magnetismo, la mediunidad, las profecías, la visión de espíritus, el contacto extraterreno, etc., puesto que innegablemente todo ese tipo de don y habilidad sirve para la evasión del conocimiento de uno mismo y evidentemente todo tipo de conocimiento o habilidad que se tenga sin conocimiento propio es irrelevante, intrascendente.

La enseñanza verdadera nos libera de todo lastre psicológico, no nos somete a uno nuevo por más emotivo, sentimental, noble o altruista que pretenda ser.