Fama Exito Poder

La fama, el éxito y el poder, nos convierten en Algo […] que nos permite y nos da la posibilidad de ser lo que no somos. Buscamos fama, éxito, poder, tratando de escapar del sótano mental que nos ahoga y nos presiona con sus exigencias de salir del anonimato porque eso es equivalente a no ser nada, un fracasado, y nuestra sociedad sólo premia a quien salió de ese sótano. La fama, el éxito, el poder, nos trasmiten la sensación de seguridad, pero en realidad el buscar a cualquiera de estos tres miembros del “trío miserable” es condenarse voluntaria y eternamente al miedo porque la propia búsqueda de fama, éxito o poder, engendra en sí mismo el miedo permanente al fracaso.

La mayoría de la humanidad busca de una forma u otra el encontrarse con uno de estos tres miembros del “trío miserable” porque todos queremos y deseamos llegar a la cima y esto nos obliga a la competencia permanente ya sea en los negocios, el deporte, la moda, el colegio, la política, lo cual se transforma en conflicto tanto interior como exteriormente, conflicto con nosotros mismos y con nuestro entorno, y esa ambición y deseo permanente nos mantiene tenso y apremiados mental, intelectual y psicológicamente, lo que significa que hemos sido conducidos hacia el mundo de la competencia constante, la ambición, la envidia, el resentimiento, los celos, la vanidad, el odio, el miedo, el conflicto, y ello inevitablemente ayuda al alimento que necesita la guerra para ser desatada -nuestro granito de arena- que es nuestro propio conflicto, rencor y odio.

El miedo al fracaso destruye la naturalidad e incita al aislamiento psicológico porque lo que impulsa a la búsqueda del “trío miserable” es nuestro miedo-centrismo y ello nos encierra en el individualismo de pensar en nosotros mismos todo el tiempo, o sea, nos convertimos en devotos de “YO” y es esta actividad auto-centrada la que produce el aislamiento. Cuando el mi mismo se convierte en el centro de todas nuestras actividades es inevitable que el fracaso no sea el pánico, el temor, y que ello exista como hermano gemelo de la fama, el éxito y el poder, puesto que es la otra cara de la misma moneda.

El deseo de búsqueda de fama, poder, éxito, nos dice que el alcanzarlos me hace alguien y es evidente que en ello encontramos un tremendo placer y la sensación de que ahí se encuentra la seguridad que tanto buscamos. El propio deseo de alcanzar… al trío… condiciona nuestra mente y la encierra en la ambición, lo cual introduce en nuestra vida el deseo, la vanidad, la envidia y el egoísmo. Una vez adquiridos los valores […] que consideramos valederos porque todo el mundo los tiene, nuestra vida se va transformando en miserable, de forma que es solamente el ser humano desdichado, derrotado, corrupto, fracasado, que lucha y tiene ansias de fama, poder y éxito.

Cuando uno se encuentra satisfecho consigo mismo no busca por fuera lo que le sobra por dentro; sólo cuando la vida de alguna manera nos ha derrotado es que corremos en busca de lo exterior y para ello nada superior a la conquista del trío miserable. ¿Cuál es la necesidad de ser famoso, exitoso o tener poder? -la pregunta es sobre la necesidad de ser Alguien-.

La creación de una imagen de sí mismo involucra la demanda que considera ser merecedora, y que permanentemente se encuentra en estado de necesito, lo que significa el ser una víctima de la vida, pero vendiendo la imagen de triunfadora, lo cual es el eje del conflicto interno porque ello lleva a cuestas la apariencia de invulnerabilidad, pero con el precio que significa arrastrar el miedo a no ser. La recurrencia eterna, permanente y constante, del mesianismo egocéntrico, que es el ser una cosa por dentro y otra totalmente opuesta por fuera, se convierten en el impedimento natural para que exista una ausencia de inteligencia en estas mentes divididas y fraccionadas por la ignorancia de creer que el ser alguien consiste en el reconocimiento de los demás. La imagen psicológica que uno crea sobre sí mismo lo hace creer que uno tiene una identidad independiente, única, exclusiva y especial, y ello mismo es el esclavizarse al miedo porque la consecuencia es el aislarse del entorno, aislarse del resto del mundo, lo que significa que el propio miedo-ego es la limitación, ya que él depende para su existencia del alimento de la imagen constante y ello hace que la mente no sea libre porque se encuentra prisionera de una entidad psicológica-intelectual que no existe, y que debe ser alimentada por la ilusión del devenir, soy esto pero quiero ser aquello, lo cual jamás permite que veamos nuestra realidad y lo que somos… tal cual somos; por lo tanto, debemos inventar constantemente esperanzas futurísticas, siendo las mismas pura ilusión que se contradice con la realidad y es en este tipo de ideas contrapuestas en donde encuentra su lugar el miedo para establecerse en nuestra alma, mente y corazón, porque siempre en la vereda de enfrente -del éxito, de la fama y del poder- se encuentra esperando el fracaso. “En el mundo del poder, la fama y el éxito, se encuentra todo calculado […] menos el fracaso”

A la conquista de la fama, del éxito, del poder, le llamamos progresar, y ese tipo de progreso consiste en “tener” […] mejor ropa, mejor cuerpo, cuentas bancarias, todo tipo de tecnología hogareña, autos, casas de fin de semana amplias, lujosas y confortables, etc., o sea, a la vida que era algo simple y sencillo, la convertimos en algo complejo, complicado y esquizofrénico, y a todo esto le llamamos progresar. ¿Es esto el progresar, o el progresar se encuentra en el amor y la compasión?. Todo lo que hemos hecho es definir como progresar a la constante expansión de la ambición, la vanidad, los deseos y a la satisfacción del egocentrismo. La pregunta que se impone a continuación es si ¿Todo este proceso de avaricia y expansión puede terminar con nuestras miserias interiores, con nuestro dolor, sufrimiento y constante conflicto? Porque es evidente que si, a pesar de la acumulación avarienta y la expansión de nuestro egocentrismo la desdicha no llega a su fin ¿Cuál es entonces el sentido de todo esto? Debemos reconocer que la conquista del trío miserable no tiene ningún valor real para nuestras vidas porque si la desdicha, el sufrimiento y el conflicto, desaparecieran podríamos decir que ello vale la pena ser conquistado, pero ¿vale la pena conquistar algo que es la ampliación de nuestra confusión, conflicto, sufrimiento e ignorancia? ¿Verdad que no?.

La tradición, la cultura, la educación, la política, la religión, no nos enseñan a ser simples, nos inducen permanentemente a conquistar, a llegar, a tener, […] conquistar el mundo, tomar el poder, llegar a Dios, tener dinero; lo que significa que desde que nacemos estamos impulsados y somos sometidos a introducir en nuestra vida “la ambición de ser”… lo que sea, pero ser Alguien […] Aceptamos este tipo de educación, amoldamiento y esquemas culturales sin cuestionarlos y proseguimos con ellos dándole continuidad a través de la educación, los hábitos y los chantajes emocionales y psicológicos que ejercemos sobre nuestros hijos, para que ellos también sean Alguien. La historia y nuestra propia experiencia personal nos demuestra que nada de eso sirvió para trascender nuestra propia miseria humana porque es desde nuestra envidia, vanidad, orgullo, ambición, deseo, avaricia, que incentivamos a nuestros hijos a realizarse, y ello es equivalente a tener y poseer status, dinero, prestigio, reconocimiento, poder y en el último de los casos fama y éxito… ¡si es posible! […]

Sólo buscan fama, éxito y poder los desdichados, los egocéntricos, los seres humanos psicológicamente débiles y miserables mental e intelectualmente, porque la exhibición pública y el ser reconocido por los demás es la última alternativa que les queda para escapar de la decrepitud interior que les carcome el alma, la mente y el corazón.

En la realidad del diario vivir ocupamos nuestras mentes en puras trivialidades, en nuestra apariencia personal, en nuestra vanidad, en la codicia, la envidia, la murmuración, en la condena, el juicio, la crueldad, y para equilibrar toda esta miseria y despojo humano nos adherimos a nobles causas, pero sólo en la dimensión intelectual, creando así el conflicto entre lo que somos y lo que queremos ser, pero toda mente que vive en un mundo de apariencias por más que crea y se adhiera a nobles ideales sigue existiendo, viviendo y siendo, una mente aparente, una mente trivial, una mente mediocre. Lo importante no es, en todo caso, en que se ocupa nuestra mente, si en trivialidades o en causas e ideales nobles y profundos, sino ¿si puede la mente librarse de la trivialidad, de la apariencia, de su egocentrismo?, porque, en el que, deberíamos ocupar nuestra mente es simplemente infantilismo, falta de madurez.

La mente que conocemos es simplemente la mente que es el resultado de lo que nuestra memoria es y esa memoria se perfecciona para sobrevivir, no sólo físicamente sino que por sobre todo intelectual y psicológicamente, y para ello desarrolla ciertas cualidades y habilidades mediante la acumulación de experiencias, de la auto-reafirmación del sí mismo, de la conquista de algunas virtudes, de la confirmación de la importancia de su actividades egocéntricas, y ello hace obvio que ha creado su propia cárcel y esclavitud mental lo cual impide liberarse de la trivialidad, de su chatura y de esa manera no puede dejar de ser libre y artesanal.

La mente para poder liberarse de sus propias limitaciones tiene que reconocer y por sobre todo comprender sus propias actividades, porque en ese reconocimiento y en esa comprensión, mediante una permanente alerta y observación, de todas sus trivialidades que ha incorporado en su vivir, ella se aquieta, y en esa tranquilidad surge un testigo que tiene en sí un estado de creador, y es solamente este factor el que puede transformar la mente La imitación, la reiteración, la reproducción, es simplemente la mente girando sobre sí misma y en ello no hay posibilidades de transformación alguna, lo que significa el regreso a la eterna búsqueda del trío miserable como meta para ser alguien en el vivir con la consecuente desdicha.

Nuestra liberación, de todas las actividades egocéntricas que nacen del miedo, surge cuando no queremos cambiarlas, controlarlas, condenarlas, justificarlas o modificarlas; simplemente nos liberamos cuando somos capaces de enfrentarlas y mirarlas tal cual ellas son. Reconocemos que todo tipo de actividad miedocéntrica es perjudicial, dañina, pero sólo la percibimos en una determinada dirección que resulta ser siempre en los demás. Cuando en el relacionamiento con los demás la percibimos en nosotros inmediatamente la queremos modificar y para ello nos ingeniamos métodos, formas, técnicas, que nos permitan disimularlas y de esa manera escapamos para no enfrentarlas, asumirlas y hacernos concientes de ello. Mientras usemos la conciencia, el pensamiento, la mente, como una actividad más del miedo, simplemente no nos quedará otra alternativa para el auto- engañarnos que la fama, el éxito y el poder, los cuales son la motivación existencial y esencial para la actividad miedocéntrica.