El Meditador y la Meditación

Planta

¿Existe algo mas incomodo, desagradable, insípido, insoportable e insufrible, para una mente confusa y conflictiva que el mirarse a si misma tal cual ella es? Indiscutiblemente, no. Ese es el único problema que tiene el ser humano con la meditación, puesto que ella nos revela la calidad, cualidad, estilo, condición, carácter, forma, modo, estructura, molde, esquema, índole, miedo y naturaleza que nuestro pensar contiene y, por lo tanto, lo que nuestra mente es en el ahora. Ver la mente y el contenido de nuestro pensar es lo desagradable de la meditación cuando la realizamos sin los trucos que nos permiten las técnicas, los métodos o los mantras, para escapar de ella tal cual es. Ver la mente sin intermediarios técnicos, es conocerse tal cual uno es y dejar de creer en lo que pensamos que somos o el eterno sueño de lo que creemos ser, además de estar proyectando incansablemente lo que podemos ser.

La meditación no es una entretención para darle algún escape a la mente, la meditación no es una forma de evasión que permita adornar la mente con sentimentalismos espirituales o poemas místicos, la meditación no es una etiqueta que nos permita vendernos imagen a nosotros mismo de lo que fuimos, somos o seremos, la meditación es la verdad de lo que somos ahora, tal cual somos ahora, en este preciso momento.

Meditar es tomar consciencia cabal de las raíces del embrollo, conflicto, parloteo, complicación y confusión de nuestra mente, lo cual se transforma en toda la quinta esencia de no ser libres total y absolutamente, inteligentes e iluminados. La prisión de la mente en su propio pensar: proyectos, ilusiones, deseos, aspiraciones, vanidades, sueños, envidias, arribismos, arrogancias, es lo que aprisiona al ser humano en su propio laberinto obsesivo e ilusorio, que le permite creer ignorantemente que el aparentar exteriormente significa el ser algo interiormente. Mientras este sueño se intenta realizar todo lo que fluye secreta y subterráneamente es el sufrimiento interior, pero se insiste en el asegurar y el aparentar frente a los demás que todo esta bien y somos felices.

Meditar es la acción de la inteligencia que se canso de las mentiras del propio pensamiento y de la sociedad. Meditar, en este caso, es intentar buscar una salida honesta a la deshonestidad generalizada que impone la sociedad y a la cual nos sometemos por conveniencia, hipocresía y el temor de no ser reconocidos, amados o tomados en cuenta. El fin de la meditación es acabar con nuestro propio temor de ser lo que no somos para ser lo que somos y liberarnos de los condicionamientos, moldes y esquemas que nos atan y subyugan a lo que los demás desean, pretenden y quieren de nosotros. Mientras intentamos satisfacer a todo el mundo la desdicha fluye por todo nuestro ser, sin importar el precio de sufrimiento constante que pagamos por ello. Nos motiva mas aparentar que ser. La apariencia, vale decir, el empaque tiene más valor y sentido que el contenido. La ostentación, la reputación, el que dirán, se transforma en la forma, motivación y el sentido por el cual vivir, de manera que perdemos la razón, la sensatez, la coherencia, la cordura y por sobre todo, la inteligencia a cambio del aspecto exterior.

La meditación permite hacerse consciente de la inutilidad, inmadurez e insensatez de esta mentira que hemos adoptado con la finalidad ser aceptado y vanagloriado por los demás. No percibimos que dicha inmadurez nos lleva a estar constantemente intentando adelantarnos a los demás para que nada nos tome por sorpresa, o sea, nos sometemos y esclavizamos al fingimiento y falsedad permanente y con ello nos autorizamos a no ser naturales.

Meditar es liberarse de todo tipo de esclavitud impuesta o adquirida, meditar es animarse a ser tal cual uno es sin esperar beneplácito, conformidad, anuencia, complacencia o aprobación de los demás, de los otros, es no depender de la aceptación, condena o crédito de los demás. Meditar es el intento de dejar de lado el ser mediocre, pusilánime, trivial, mezquino y estupido. Meditar es tomar consciencia que el miedo no nos permite ni nos da otra opción que la de ser mediocres. Comprender la mediocridad en la cual nos hemos envuelto es el principio de la meditación.

El meditador inexorablemente tiene sus urgencias porque para él todo debe tener un resultado como consecuencia de lo que hace y ese resultado debe ser ayer. Creer que sentarse con el propósito de conocerse es equivalente a una inversión bursátil instantánea, es en realidad errar el primer paso y conseguir la consecuente desilusión inmediata. Intentar conocerse es una tarea eterna, comienza pero no termina, puesto que conocerse es conocer la vida y el vivir. Y eso es nuestra vida y nuestro vivir, vale decir, nosotros mismos. El meditador comienza creyendo que la meditación tiene un principio y un inmediato final, y él después de conseguir este final feliz puede descansar en los laureles de la paz, lucidez y felicidad eterna, sin que nada mas le suceda.

Comprender es el principio de la meditación y alcanzar este estado de comprensión (no entendimiento intelectual) es el final de la mente obsesiva, parlanchina, temerosa, de modo que ello es el principio del aprendizaje. El meditador debe acompañar los procesos saltimbanqui del pensar, puesto que no puede aprender sobre lo que ilusiona, quiere o proyecta, sino sobre lo que le sucede de instante en instante. Intentar adelantarse a lo que le sucede es perder tiempo ignorantemente y alimentar la desilusión sobre si mismo.

La meditación no es un negocio intelectual, sentimental ni psicológico. Pretender meditar con la finalidad de conseguir resultados no es meditación, es alimentar la ambición, la codicia, la ilusión y la esperanza, lo cual es la negación de la meditación.

La moda de la meditación dirigida es intentar cambiar la pesadilla que provoca el parloteo y la obsesión mental, por un sueño ilusorio que dura hasta tanto la vida nos golpee nuevamente, y dicho sueño se desvanece frente a la realidad. Cambiar pesadilla por ilusión siempre será agradable pero nunca contendrá una transformación liberadora desde la cual pueda florecer una mente prístina, lucida, inteligente.

Creer que la meditación es dejar la mente en blanco es saber mucho sobre absolutamente nada sobre meditación. Estamos plagados de nada meditativa en donde se cree que una meditación sin técnica o guía premeditada, no es meditación. Perseguir objetivos, metas, fines, culminaciones, sensaciones o propósitos -que supuestamente debe entregar como resultado la meditación- es buscar puntos fijos y estáticos en la mente. Soñar por cuenta propia o a través de una meditación guiada, es como creer que leyendo un mamotreto de exquisitas recetas de cocina, se nos pasara el hambre. Usar cualquier técnica o una meditación guiada para conocernos a nosotros mismos es auto-engaño, porque ello es intentar engañar a la mente con sutiles entretenimientos intelectuales-psicológicos. Solo nos podemos conocer sin intermediarios, ni personales ni psicológicos, vale decir, que únicamente nos podemos conocer directamente: ni maestros, ni guías, ni técnicas, ni cuentos celestiales con finales de ángeles y arcángeles. Esta moda nueva era, es tratar a la meditación como una mercadería de shopping espiritual en oferta para estafar incautos, confiados, seres infantiles e ingenuos… y ello es todo, no meditación.

El inicio de la meditación es para el meditador, tomar consciencia de su conflicto, parloteo, obsesión y confusión mental. A partir de aquí debe acostumbrarse a ver el contenido de su pensar suprimiendo el análisis de lo que sea que vea. La ausencia de costumbre de ver sin analizar crea un nuevo desconcierto puesto que pasa a llamar al descubrimiento de su locura y el consecuente análisis; ver. El habito costumbre de analizar es lo que domina la mente hasta que se hastía y lo abandona por cansancio. Mientras este presente este habito difícilmente se salga del nivel del entendimiento intelectual de cada experiencia que se tenga.

Ver sin juzgar es el arte de la meditación, no juzgar es la meditación, tanto en el acto de meditar como en la practica del diario vivir. Juzgar es el análisis desde las propias limitaciones que impone el patrón de pensamiento que ostentamos y que sin prejuicio alguno creemos que es verdad absoluta… por ello discutimos para defenderlo.

El lucrar con la espiritualidad y la meditación es ausencia de realización, inseguridad, absoluto temor-miedo y nada de fe. El discurso que se tenga para explicar lo espiritual puede ser muy verosímil pero ¡solo el ejemplo revela virtudes sin palabras! de modo que lucrar con aquello que la vida dio de gracia es abusarse de la ignorancia y la desgracia ajena y obviamente ello no contiene nada de espiritual. Asistir a simposios de meditación o a charlas espirituales, a cincuenta dólares la sesión es la creencia de la ignorancia que ni siquiera supone que ello es un negocio redondo exclusivamente para el gurú y su sequito puesto que la propia inversión comercial-espiritual en sabiduría, es ignorancia. Creer que la sabiduría se puede comprar y puede ser alcanzada en los shopping modernos de los garúes hindúes y de los maestros de la Nueva Era, es como creer que el agua alguna vez va a dejar de ser liquida.

Las opciones de engaño que se le presentan al buscador espiritual son tantas y tan variadas que sin información previa es inevitable que no caiga en alguna que se basa en una mezcolanza de temor, esperanza, salvación anticipada, culto a la personalidad del gurú, filosofía sentimental y chantaje de consciencia.

La degradación de la meditación y sus consecuencias con lo espiritual surge a partir de la ausencia de austeridad, la exuberancia, la opulencia y la insaciabilidad por el dinero de los gurúes que dominaron el escenario espiritual en el final del siglo xx. La avaricia la disimularon con sus discursos y la exagerada propaganda y publicidad… ¡pero ninguno murió pobre! Este es el panorama con el cual el buscador espiritual se encuentra y en el cual se confunde puesto que los sistemas impuestos por estos garúes, dividió en clases sociales-espirituales a los buscadores: millonarios y clase media alta por un lado, clase media arribista e intelectual por otro y atorrantes-pobres en el extremo de la exclusión espiritual sin tener gurú que los ampare. Los argumentos y discursos para justificar su miedo, inseguridad, falta de fe y avaricia por el dinero son múltiples, expresados al mudo con la combinación perfecta de filosofía rebelde y diplomacia mística. Pero ninguno fue capaz de vivir desde la entrega total a la vida y a su supuesta fe en lo inconmensurable.

El Hollywood espiritual excluyo a los pobres del jet set de discípulos con garúes multimillonarios que hablaban de cómo liberarse del miedo mientras ellos no dejaban de acumular riquezas para tener cada vez más seguridad. El beneficio de esta situación de exclusión del status quo espiritual es que fueron empujados a la soledad, y en esa situación es evidente que no queda otra cosa que comprender la soledad -porque no se puede escapar de ella- y enfrentar el miedo.

El estar solo permite la posibilidad de sumergirse en el mundo interior del meditador sin intermediarios -que aprueben o desaprueben- y con ello poder descubrir y comprender las causas que mantienen viva la codicia, la inseguridad, el deseo, la arrogancia, los celos, la ilusión, la ambición y el temor, además de poder ver como la mente mantiene y alimenta estas miserias humanas pasajeras. La sobresaturación de sobredosis de meditación termina por despertar el ojo de la sabiduría del meditador con el cual puede percibir con perfecta claridad todo el campo de la vida.

Es menester que el meditador entienda como premisa ineludible que al cerrar sus ojos se encuentra completamente solo y con todo el contenido de su pensar y, por lo tanto, con su mundo interior, de manera que debe evitar el sin sentido de culpar a la meditación, o a la vida, o al vecino, o a la sociedad, o al papá, o a Dios, del contenido de su pensar, que como es obvio odiara, rechazara, fastidiara y encontrara que no es su reiterativo mecanismo de pensar el cual es el responsable de sus estados de animo, si no lo que esta haciendo, o sea, lo molesto y odioso es la meditación, no su mente y su contenido. No entender esta premisa de entrada lo llevara a perder mucho tiempo hasta que se haga consciente que lo que no soporta no son los lugares, personas o actividades, sino su propia chatura mental reiterativa, imitativa y rutinaria.

Cerrar los ojos permite visualizar el contenido de nuestro pensar, y la insistencia sin cesar ni desmayo alguno en meditar, lleva finalmente al despertar de la comprensión lo cual revela definitivamente la limitación del intelecto para captar la realidad y para dar una respuesta final. La Realidad, la Vida, son inextinguibles y ello es la razón por la que rehúsan exponerse ante el intelecto porque jamás pueden agotarse, mientras que el intelecto se agota en su propio contenido.

El despertar de la comprensión permite al meditador ver y vivir el hecho de la imposibilidad y el impedimento que tiene el intelecto para penetrar los misterios insondables de la vida, de forma que el meditador de aquí en más debe tener mucho cuidado para no reemplazar las falencias e incapacidades del intelecto por la imaginación, la cual puede tomar cualquiera de estas variantes encandiladas: imaginación alucinada, seducida, fascinada, adoctrinada, cegada, dogmática o disparatada. Ante este dilema mental el meditador debe recurrir a alguna pregunta pertinente que lo mantenga en la sensatez de su mundo interior, por ejemplo: ¿Dónde esta mi esencia ahora? Esto se hace pertinente porque mientras el meditador carezca del ojo de la sabiduría, solo se imaginara cual es el estado de la mente ideal que se debe alcanzar. Ello, indiscutiblemente es especulación, y dicha especulación se transforma en peligrosa porque el meditado empeñara su energía, esfuerzo y pasión en el intento de alcanzar lo que supuso.

El no saber que luchar internamente por alcanzar una suposición es desgaste de energía y tiempo, lo que además lleva impreso un absoluto sin sentido, arrastra como consecuencia el hastío, agotamiento, cansancio, postración y la consecuente frustración al no obtener resultados; terminando por derrotar al meditador en su afán de lograr y conquistar lo que busca. Si el meditador busca lo que supone, irrevocablemente el fin de su búsqueda tendrá consecuencias fatales para sus expectativas, lo cual lo empujara al abismo de la autoindulgencia, autocompasión, autocondena y a la agradable y siempre complaciente victimización caracterizada por la frase del millón: “Yo no estoy capacitado para esto”.

La auto-incapacidad evidentemente que dizcapacita a quien la proclama, porque la propia decisión de que uno no puede, automática y mecánicamente establece el límite que uno mismo se impuso y desde esa posición no hay salida posible para el dilema que se intenta resolver… sea cual sea el dilema.

Este es uno de los mas frecuentes problemas con los que se encuentra el meditador -el derrotismo auto-impuesto- y ello nace del afán de resolver todo… ayer. La impaciencia y la ansiedad, por llegar y conquistar la meta propuesta, crea el plazo y el tiempo en que ello debe ser concretado. Plazo y tiempo es pensamiento, y mientras el pensar este preocupado en llegar y no en comprender, todo el enjambre que armo, difícilmente encuentre salida al laberinto ficticio que él armo… justamente por que es ficticio… vale decir… no existe, e indiscutiblemente no se puede encontrar solución y, por lo tanto, salir de algo que no existe.

En esta situación la salida mas practica -para que el meditador no siga profundizando en nada- es plantearse la seria y honesta pregunta: ¿Se o no se nada sobre lo que me estoy planteando? La pregunta permitirá frenar todo tipo de especulación. Pero ello sucederá si a partir de aquí no comenzamos de nuevo dándole autoridad y alimento al intelecto para que responda dicha pregunta, pues de ser así nos encontraremos nuevamente en lo mismo con un tema diferente.

La meditación y el meditador no son dos cosas diferentes, distintas, desiguales, incompatibles o separadas. El meditador es la meditación, la meditación es el meditador. No hay meditación independiente del meditador a excepción de que el meditador se deje engañar por alguna técnica o por una meditación dirigida que le permita el auto-engaño, lo cual no es meditación, es entretención, evasión y escapismo de uno mismo. La meditación no tiene sentido si no esta relacionada directamente con nosotros mismos, con lo que somos, porque de no ser así ¿Qué utilidad tendría? Seria simplemente un nuevo juguetito con el slogan de algo serio e interesante.

La meditación es sí, manifiesta y resalta algunos inconvenientes para el meditador de los cuales él no puede liberarse fácilmente, que son a saber:

1°) La revelación de un mundo habitual pero desconocido para él, vale decir, un mundo mental lleno de especulaciones que no cesa de parlotear

2°) La consciencia de que su mente es conflicto y confusión.

3°) La consecuente desesperación para salir de ese mundo que siempre lo acompaño pero del cual nunca fue consciente y de todo lo que le generaba.

4°) La especulación mental que empieza a inventar posibles soluciones con la finalidad que el pensamiento encuentre una salida lo mas rápido posible.

5°) La irrelevancia e incompetencia del intelecto para dar las respuestas y soluciones finales.

6°) El descubrimiento de una mente obsecuente, alienada, reiterativa, rutinaria con ausencia de creación e inteligencia.

7°) La inutilidad de todo lo conocido para transformar esa mente perturbada, analítica, violenta, egoísta, vanidosa, ambiciosa, arrogante, celosa y temerosa.

8°) La toma de consciencia del exilio que tienen la visión, la observación y la atención libres del cualquier tipo de pensamiento en el diario vivir.

9°) El descubrimiento que la paz y la felicidad no tienen relación alguna con el dinero, la posición social, la fama, el éxito o el reconocimiento, sino con una mente en donde han emigrado los conflictos y confusiones.

9°) El develamiento del contenido de una mente culpable, condenatoria, juzgadora, que es incapaz de ver los hechos sin convertirlos en ideas.

10°) LA MEDITACIÓN EVIDENCIA PARA AL MEDITADOR CÓMO ES ÉL, LO CUAL, DADA SU FORMACIÓN, NO NECESARIAMENTE LE AGRADA, POR LO QUE BUSCARÁ EVITAR LO QUE VE, PERO CON ESTO SE GENERARÁ CONFUSIÓN O CONFLICTO, YA QUE SUS DEBILIDADES Y HÁBITOS SE ENCARGARÁN DE HACERLO TROPEZAR CUANDO SE HA PROPUESTO NO HACERLO Y LE EXIGIRÁN REALIZAR UN ESFUERZO PARA NO CAER, CON LO CUAL SE TORNA DIFÍCIL NO INCURRIR REITERADAMENTE EN JUICIOS

11°) El buscar satisfacer el deseo irrefrenable de no pensar

12°)Y este enjambre hace al meditador tomar consciencia del valor de la inocencia y de la ultra necesidad que necesita la mente del silencio.

El silencio al meditador es como la sal al océano. Ahora bien ¿Qué hacer en la meditación mientras no exista en la mente el silencio? Observar el pensar, tornarse consciente de toda la producción del pensar sin juicio, condena o análisis alguno… solo ver, mirar, estar alerta y observar el pensamiento. Las revelaciones que brinda la meditación tienen contenidos agradables y desagradables. Frente a este tipo de sucesos tampoco se debe opinar ni formar juicio alguno porque ello será una forma inconsciente de alimentar el miedo y la ignorancia, ya que solo se intenta llegar a una conclusión cuando se busca seguridad.

La revelación del miedo, que guarda y esconde el meditador, -lo cual la meditación se lo transparenta y le da consciencia del mismo- debe ser mirado de la misma manera; sin juicio, análisis u opinión. Cualquier argucia, truco, como el buscar distracción mediante las producciones intelectuales o evasiones sin la menor reflexión posible, es permitir la continuidad del miedo y una forma sutil de seguir escondiéndolo, lo que además alimenta inconscientemente la ignorancia. Al miedo se le debe enfrentar, y enfrentar el miedo es quedarse con él sin evasión alguna.

La consciencia del miedo que revela la meditación al meditador es, por sobre toda las cosas, el mayor de los mayores embarazos, obstáculos, e impedimentos para seguir adelante. El meditador descubre que el miedo es quien ha regido y rige toda su vida, por lo tanto, sospecha que el parto será con mucho pero mucho dolor… y sin asistencia, por lo cual, ante tal panorama, se asienta la sensación de tener más miedo que antes, o sea, el meditador ante esta situación tiene la impresión de que… ¡estaba mejor cuando estaba peor!.

El meditador, durante mucho tiempo, intenta ser algo distinto de la meditación, además de creer que existe una distancia entre él y la meditación, distancia que considera puede aprovechar para mirar los sucesos de la meditación como algo separado de él. Esta ilusión (ya que nadie puede ser distinto de lo que hace, piensa o siente) le facilita el seguir con sus entretenciones y antiguas diversiones irreflexivas e infantiles. Dicha distancia inexistente también la hace extensiva a la observación de su mente en el diario vivir, considerando que para observarse debe separarse de lo que observa. Dicha acción mental lo induce inevitablemente al análisis, lo cual no le permite percibir el autoengaño que fomenta la supuesta posibilidad de separarse de lo observado, de modo que se encuentra en el mismo punto pero creyendo que ha avanzado con respecto a su estado anterior a la decisión de meditar y ver el funcionamiento y los contenidos de su pensar.

Los diferentes autoengaños, con los que se encontrara el meditador, son ofrecidos por las diferentes religiones y organizaciones espirituales, las cuales preconizan alguna forma de plegaria, mantras, métodos de contemplación, etc., que suponen permite entrar en comunión con una realidad superior, y para ello definen a esa realidad con diferentes nombres: Dios, Atman, Absoluto, etc., pero ¿ello lleva realmente al meditador a una Realidad Trascendental?

Lo que el meditador debe comprender es que toda repetición de formulas sagradas [¿?] calma la agitación de la mente y la adormece. La plegaria, el mantra, la técnica, el método, son calmantes que permiten vivir en el interior de un recinto mental, el cual priva el exceso de actividad del pensamiento, pero sin experimentar la necesidad de destrozarlo, de destruirlo. El mecanismo de cualquier formula sagrada (como todo mecanismo) produce resultados mecánicos. No existe plegaria, mantra, técnica o método alguno que pueda traspasar la ignorancia de uno mismo. Toda formula dirigida a aquello que es ilimitado, presupone indiscutiblemente, que un espíritu limitado sabe donde y cómo alcanzar lo ilimitado, lo que significa que él tiene ideas, conceptos, teorías, creencias sobre todo eso y que se halla esclavizado en todo un sistema de explicaciones, vale decir, en una prisión mental. De manera que lejos de liberar las formulas sagradas, aprisionan.

Si el meditador, desde el mismo principio de su búsqueda, no comprende que la libertad es la esencia misma de la religión, el verdadero sentido de las palabras religión y espiritualidad, esta libertad esencial es negada; y esa negación es practicada incansablemente por todas las organizaciones religiosas y espirituales, a pesar de lo que digan. El conocimiento de uno mismo, lejos de ser un estado de oración, mantra, técnica, dogma método, teoría teológica, doctrina filosófica, es la puerta de la meditación. Por lo tanto, no es ni acumulación de conocimiento sobre psicología, filosofía, teología, y mucho menos un estado de sumisión llamada de espiritual o religiosa, en donde se espera la aprobación del superior: sacerdote, instructor o maestro.

Esto es lo que derriba las disciplinas impuestas por la sociedad, los partidos políticos, la iglesia o cualquier organización espiritual. Es un estado de atención total y no una concentración sobre algo en particular. Al estar la mente sin movimiento del pensar, silenciosa, observa el mundo exterior y ya no proyecta ninguna imaginación ni ninguna ilusión. Para observar el movimiento de la vida, la mente debe ser tan rápida como la vida misma, estar activa y sin dirección. Solamente entonces lo inconmensurable, lo desconocido, lo atemporal, lo infinito, puede surgir. Eso es verdadera religión-espiritualidad.

El meditador debe comprender que ese despertar no es cuestión de tiempo, o sea, de proceso gradual alguno, puesto que es una explosión revolucionaria que surge en el mismísimo origen de todas las cosas e impide la cristalización y solidificación -por los recuerdos, experiencias, vale decir, los residuos del pasado- de una estructura mental condicionada. Esa lucidez aborda cada problema a medida que se presenta y, de ese modo, la importancia del problema se vuelve secundaria. Si no surge, y pervive, esa explosión de lucidez, que es energía sin causa, y que no es ni individual ni colectiva, el meditador y el mundo no conocerán la libertad, la paz ni la felicidad.

Por ello, ocuparse de las problemáticas del mundo y participar en su solución sin que se tenga consciencia de las confusiones y conflictos propios, (además de no haberlos trascendido, lo que significa ausencia de claridad en el pensar) es la representación viva de la ignorancia, puesto que se cree tener la solución para el mundo cuando no se sabe solucionar la desdicha, la insatisfacción, ni el miedo propio.

El meditador debe introducirse en la meditación para descubrir y examinar cual es la cuestión esencial en la vida. ¿Cuál es la cuestión esencial de la vida? Religioso, espiritualista, devoto, meditador, ser humano común, ¿Podéis responder esa pregunta?