El Espíritu de Nuestra Epoca

Nubes

Describir el mundo hoy es describir las puertas del Apocalipsis, pero si uno realiza esa tarea, será acusado de fundamentalista, de manera que el principal problema que se nos presenta es comprender nuestro papel en el mundo y, por donde empezar para intentar la transformación urgente e imprescindible que necesita el mundo. Ante esta situación la pregunta que debemos hacernos es: ¿puede cada uno de nosotros, que somos responsables de la confusión, conflicto y miseria personal y, por tanto del mundo, no permitir que nuestra mente, alma y corazón no estén abarrotadas de teorías, creencias, dogmas, filosofías e ideas erróneas y desatinadas? Si nosotros que hemos creado la crisis interior, con el consecuente sufrimiento, no cambiamos radicalmente ¿producirán las charlas, conferencias, leyes, tratados, acuerdos, teorías, sistemas económicos o revoluciones de derecha o izquierda: orden, paz y sabiduría? ¿No es imprescindible que nosotros nos trasformemos primero antes de peticionar la transformación del mundo? Lo que nosotros somos ¿no es la copia fiel de lo que es el mundo? ¿No se expresan acaso nuestros conflictos internos en los desastres externos?

Si nos observamos atentamente comprobaremos que nuestra irracionalidad, vale decir, nuestros problemas interiores son los problemas que presenta el mundo, de modo que únicamente somos nosotros quienes podemos solucionarlos, ningún otro. Porque el político, el reformador, el general, el revolucionario, el conservador, el economista, el diplomático, el liberal, el sacerdote, son como nosotros somos: oportunistas, cínicos, astutos, arrogantes y especuladores. Pero nuestro problema, el interno conflicto humano de confusión, conflicto y miseria, con la consecuente existencia vacía que produce todo tipo de calamidades y desastres angustiosos en el mundo, es obvio que requiere algo mas que maquinaciones astutas, reformas superficiales del político de turno, acuerdos de diplomáticos basados en el malabarismo de palabras y publicitadas por el propagandistas de moda, arreglos de empresarios con el poder prometiendo mejor calidad de vida; para ello se requiere un cambio radical de la mente humana y ningún otro puede hacer que esta trasformación se efectúe, a excepción de nosotros mismos.

Es básicamente elemental comprender que lo que nosotros somos, eso es lo que nos rodea; nuestro líder, nuestra sociedad, nuestro grupo, nuestro mundo. Sin nosotros la sociedad no es, el mundo no es, de manera que en nosotros esta el principio y el fin de las cosas. Ningún grupo revolucionario, ningún inversionista multimillonario ni ningún líder pueden establecer los valores eternos, excepto nosotros mismos. La crisis, la catástrofe, la miseria se hace presentes cuando los valores sensorios, ilusorios, artificiales, utópicos, predominan sobre los valores eternos. Los valores eternos no son el resultado de nuestros intereses, de nuestros temores, de nuestras creencias; porque la creencia en la reforma, en la revolución o en Dios, no significa que estemos experimentando los valores eternos, puesto que tan solo la forma de nuestro vivir mostrara si ello es realidad. La opresión, la violencia, la explotación, el abuso, la agresividad, la dureza e impiedad económica, inevitablemente suceden cuando La Realidad se ha perdido. La hemos perdido cuando con la finalidad de saciar nuestra lujuria justificamos el régimen económico, todo tipo de dictadura, se ha perdido cuando profesando el amor a Dios y disculpamos y justificamos la matanza de nuestros semejantes, cuando regalamos premios Nobeles a quien justifica el asesinato en masa en nombre de la paz y la libertad. Es obvio que mientras demos importancia suprema a los valores sensorios, existirá conflicto, confusión, desdicha, hambre, miseria, derramamiento de sangre, dolor y miedo. El explotar o matar a otro nunca puede ser justificado, e innegablemente cuando esto sucede perdemos la significación trascendente del hombre porque permitimos que los valores sensorios dominen nuestra vida de manera predominante.

Se mantendrá la miseria y las mortificaciones en tanto la economía (de mercado o dirigida) y la religión sean sustentadas como política de estado, porque ello contribuye a tolerar la fuerza organizada como instrumento del estado, lo cual alimenta, protege y alienta la opresión, el abuso, la intolerancia y la ignorancia. ¿Cómo es posible que la economía y la religión, aliadas con la política, puedan cumplir una sola función verdadera para revelar y mantener los valores eternos? Cuando perdemos La Realidad y no la buscamos, la consecuencia es la permisividad para todo y cualquier tipo de abuso con la consecuente desunión del hombre contra el hombre; sutilmente (injusticia económica) o abiertamente (la guerra). La confusión, la ignorancia y la miseria no pueden ser desterradas por reformas, por el proceso del olvido a través del tiempo o por la idea de la evolución (social, económica, política, religiosa) que solo engendra pereza, sumisión cómoda y el resignamiento ante la catástrofe; por ello es que no deberías permitir que el curso de vuestra vida sea dirigido por otro en aras del futuro, nosotros somos responsables de nuestra vida, no otro, de modo que ningún otro puede trasformarnos. Esto significa que cada uno tiene que descubrir y tener la experiencia de La Realidad, que es lo único en lo cual hay dicha, serenidad y sabiduría suprema.

¿Cómo podemos entonces llegar a tener esta experiencia? ¿A través del cambio de las circunstancias externas o mediante la transformación interna? El cambio exterior implica el dominio de la sociedad a través de la legislación, la reforma económica y social, la represión, a través del conocimiento científico-psicológico-intelectual y todo tipo de innovaciones reformistas inestables, ya sea por medios violentos o graduales. Pero ¿podrán estas modificaciones exteriores modificar y producir una revolución trasformadora interna en el hombre? ¿No es necesaria primero la transformación interna para producir un resultado externo? Es obvio que por medio de una ley podemos prohibir la ambición, ya que ella engendra la crueldad, la arrogancia con la afirmación de sí mismo, la competencia y el conflicto, tanto interno como externo: pero ¿se puede desarraigar, extirpar, acabar con la ambición desde el exterior con una mera legislación? Intentamos eliminar, aniquilar, prohibir, suprimir ciento de cosa por medio de la legislación (como la violencia y el narcotráfico, por ejemplo) pero ellas ¿no se afirman en otra distinta? El motivo interno, el pensamiento-sentimiento-acción particular ¿no determina siempre lo exterior? Lo que significa que para producir una transformación pacifica externa ¿no deberíamos primero efectuar un profundo cambio mental en nosotros? Porque ¿puede lo exterior, por mas agradable que sea, producir un contento duradero?

El apasionado y ardiente anhelo interno siempre modifica lo exterior. Lo que somos interiormente; intelectual, psicológica, emocional y sentimentalmente eso es nuestra sociedad, nuestro estado, nuestra economía, nuestra política, nuestra cultura, nuestra religión, nuestra educación, nuestra tradición, etc. Si somos ladinos, violentos, envidiosos, codiciosos, egoístas, arrogantes, temerosos, ambiciosos, ignorantes, entonces nuestro ambiente, nuestra sociedad, será eso que somos, porque nosotros creamos el mundo en que vivimos. De modo que para que exista ese cambio radical, debe haber por parte de nosotros una voluntaria e inteligente transformación interna.

Esta mutación mental no debe producirse a través de coacción, apremio, imposición o exigencia alguna, puesto que de ser así se produciría tal conflicto y confusión que nuevamente la sociedad se precipitaría al desastre. El florecimiento, la regeneración interna debe ser voluntaria, inteligente, no obligada, por lo tanto, debemos primero buscar La Realidad porque entonces y solamente entonces, habrá paz y orden alrededor nuestro. Dicha Realidad es nuestra realidad interna, pues si no sabemos ver -traslucidamente- esa realidad, lo que veamos de la realidad externa será solamente especulación, suposición, teoría, imaginación, de modo que cuando abordamos el problema de la realidad y la existencia desde fuera, ponemos en marcha el proceso dual del pensar y, como sabemos, ese proceso es conflicto interminable y, dicho conflicto, no hace otra cosa que embotar la mente-corazón. Mientras que cuando abordamos el problema de la existencia desde el interior no hay división entre lo interno y lo externo, la división cesa porque lo interno es lo externo; -el pensar y el pensador-la acción y el actor-el sentimiento y el que siente- son uno, inseparables e indivisibles. Pero nosotros separamos falsamente el pensamiento del pensador, el sentimiento del que siente, la acción del actor, lo cual no nos permite darnos cuenta que con ese método tratamos solamente con la parte; dominar, educar y modificar la parte, porque creemos y esperamos que de esa forma transformaremos el total. El problema que esto presenta es que la parte va haciéndose más y más dividida y así, cada vez existe mayor conflicto, en otras palabras: debemos preocuparnos del pensador, del que siente, del que actúa, desde dentro y no con la modificación de la parte, su pensamiento, su sentimiento, su acción. La desdicha y desgracia de todo esto es que nosotros nos encontramos atrapados entre la incertidumbre de lo exterior y la incertidumbre de lo interior. Pues bien, esta mutua incertidumbre es la que debemos comprender.

Al existir en nosotros la ausencia de certeza en los valores, produce como consecuencia el conflicto, la confusión, el dolor y el temor, lo que impide que continuemos un camino claro de acción, sea este del exterior o de lo interior. O sea, si siguiéramos lo externo dándonos cuenta absoluta, percibiendo su significación total, entonces ese curso de acción inevitablemente nos llevaría a lo interno; pero, para nuestra desgracia, nos perdemos en lo externo por no ser lo suficientemente serios y flexibles en la indagación de sí mismo. Si examináramos los valores sensorios que nos enloquecen y por los cuales son dominados nuestros pensamientos-sentimientos-acciones y al volvernos conscientes de ello, sin juicio, condena o selección alguna, veríamos como lo interno se aclara. Esta percepción, este descubrimiento, traerá libertad y la consecuente alegría creadora. Es obvio que esta percepción, este descubrimiento, esta experiencia, no puede hacerla nadie por nosotros, ello seria como cree que al tener hambre por mirar como otro come quedaríamos satisfechos. De modo que es a través de la propia autopercepción, de la experiencia propia, que debemos despertar al descubrimiento de los falsos valores para descubrir así el valor eterno. Solo cuando el pensamiento-sentimiento-acción se desenreda de los valores sensorios, que son los causante de la desdicha, el conflicto, el dolor, la violencia y el temor, es cuando puede existir un cambio fundamental en lo interno y externo. Antes de ello… todos son sueños bien intencionados pero… nosotros y el mundo seguiremos exactamente igual… como ayer y hoy.